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Y doña corrupción tan campante

Carlos López Torres

N o resulta nada extraña la demora del partido de los azulinos durante más de dos sexenios, para que al fin se decidiera a presentar un proyecto de ley de combate a la corrupción institucionalizada, fortalecida políticamente a partir del Pacto por México, cuyos pésimos resultados en materia política económica y social mantienen al país en vilo.

Aunque el PAN sostuvo durante décadas su oposición a la existencia de la contraloría como parte del aparato burocrático, por considerar que tal instancia no era sino una tapadera de los gobernantes en turno que actuaba como juez y parte, dado que quienes fungían como titulares de la dependencia al ser designados por el Ejecutivo federal o los estatales, actuaban invariablemente atendiendo a la lealtad con su patrón y no conforme a la ley y los intereses de la mayoría.

Sin embargo, en cuanto los panistas se hicieron de la presidencia de la República empezaron los asegunes y el tembladero de manos para desaparecer las inservibles dependencias contraloras. Al contrario, empezaron por encontrar cierta lógica a la existencia de esas dependencias que, como la de la Función Pública y las contralorías estatales y municipales, han ido confirmando en la práctica su verdadera inutilidad al fracasar estrepitosamente en la lucha contra la corrupción.

Más aún, a pesar de su existencia, ¿o acaso por ello mismo?, la extendida y creciente corrupción lejos de atenuarse ha adquirido proporciones insospechadas hasta convertirse en una verdadera pandemia que ha logrado penetrar hasta lo más recóndito del tejido social, evidenciando lo gravoso e inmoral que resulta mantener esas instancias encargadas de mantener la institución de instituciones: doña corrupción.

Después de reconocer que el costo de la excrecencia de la corrupción “para México es alarmante”, Ricardo Anaya, dirigente máximo de los azulinos, anunció la propuesta para crear el sistema nacional anticorrupción, “sistema que evitará los fracasos del pasado en materia de combate a la corrupción”.

Vaya que ha sido un fracaso como lo patentizan los casos de los hijastros de Fox, el monumental fraude de Oceanografía, el caso de los moches, por citar sólo algunos de los más sonados.

La iniciativa ha sido recibida con beneplácito por quienes han dado el mayor aporte para la institucionalización del endémico mal que reina en el sistema político mexicano. En efecto, los primeros en dar la bienvenida a la iniciativa de sus primos han sido los tricolores, artífices a su vez del gran pacto por la impunidad que conforma la decadente clase política que, en aras de asegurar la reelección de los jefes partidistas, sus cúpulas y operadores políticos, sin cuestionamientos que hagan trastabillar sus intensiones de permanencia en el poder, pretenden amarrarse aunque sea un poquito las manos. Mientras tanto, dona corrupción sigue tan campante.

JSL
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