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¿Y si hacemos un cordero?

El mundo que pinto no sé si lo invento,
yo creo que más bien es ese mundo el que me inventó a mí.
Leonora Carrington
Para Ricardo M. Rosel.

María del Pilar Torres Anguiano

Dicen que toda obra tiene un poco de autobiográfica, directa o indirectamente. En su libro Tierra de hombres, el piloto y escritor Antoine de Saint-Exupéry cuenta que su avión cayó en el desierto del Sahara. Se encontraba solo, desorientado y deshidratado, por lo que tanto él como su acompañante comenzaron a experimentar alucinaciones. Días después, fueron rescatados por un beduino. Como sabemos, entre esa historia y El Principito hay puntos en común. Especialmente en la literatura,  pero también en cualquier otra expresión artística, con frecuencia encontramos que se diluyen los límites entre realidad y ficción; tal vez hasta para el propio autor.

Si mi obra es autobiografía, lo es a pesar de mí”, dice la artista española Esther Ferrer. Esto se aborda también desde el punto de vista psicológico, si tomamos en cuenta que toda obra tiene un componente proyectivo, por mínimo que sea. Las cosas se conocen por sus operaciones, dice la filosofía aristotélico tomista. En este sentido, se entiende que las operaciones internas de alma perfeccionan al alma misma, convirtiéndola en aquello a lo que estaba destinada a ser y hacer.

Volviendo al Principito, el narrador nos cuenta que se encontraba en medio del desierto, con su avión accidentado y que, mientras dormía, la voz de un niño lo despierta pidiéndole que dibuje un cordero. En esa parte del relato se incluye el dibujo que involucraba al sombrero –muy extraño–, a la serpiente –muy peligrosa– y al elefante -muy grande– así como a una serie de intentos fallidos por lograr un cordero. Por fin, el piloto dibuja una caja y le explica al niño que el cordero se encuentra ahí dentro, y que puede verlo a través de los agujeros de la caja.

El Principito muestra el encuentro de dos seres y de dos mundos distintos. La situación desesperada del piloto que se halla en medio de la nada y que no cuenta con la paciencia que le exige el extraño personaje que acaba de conocer. El piloto, en su miedo a morir en medio de la nada, no es capaz de captar lo mágico de la situación y adopta una actitud impaciente y reacia. En este contexto ¿tiene algún sentido hacer dibujitos con un extraño en pleno desierto? El cordero oculto simboliza, entre otras cosas, el reto a la razón, el salto creativo y el puente que solo el humanismo puede construir.

Seguramente cualquiera que haya leído la obra podría charlar durante horas sobre la manera en la que el principito logra que el piloto se eleve al plano creativo, que es lo que permite ver un cordero dentro de una caja o un elefante dentro de una serpiente. En 75 años, han corrido ríos de tinta sobre la manera en la que el Principito nos invita a cambiar de conducta y de actitud (no omito mencionar que el libro se encuentra en los primeros lugares de la lista de aquellas obras que la gente finge haber leído).

Por mucho que se diga, nada iguala a la inspiración que resulta del encuentro directo con la obra y su primera gran enseñanza: solo quien posee una mente abierta puede ofrecer (y aceptar) soluciones creativas. El propio Antoine nos da la pauta cuando sugiere que, si uno quiere construir un barco, el comienzo ideal no es buscar madera, cortar tablas o distribuir el trabajo, sino evocar primero en las personas el anhelo del mar libre y ancho.

La creatividad es una cualidad humana que permite construir realidades y ámbitos mejores y –paradójicamente– a ser más críticos. Tanto la creatividad como el pensamiento crítico, son habilidades que pueden ser desarrolladas en el individuo y la comunidad. El pensamiento no creativo se apega a respuestas rígidas y binarias, sin dar oportunidad a la tolerancia y al respeto de la opinión de los otros. Ser creativo, en cambio, implica dirigir al pensamiento al encuentro de múltiples ideas y soluciones para resolver situaciones y problemas diversos, siempre con la finalidad de construir un acercamiento a la realidad; como dibujar un cordero dentro de una caja.

A lo largo de su vida y su obra, Saint-Exupéry muestra entre líneas su preocupación por la guerra y los crímenes fascistas, y encuentra en la literatura un intento de rescatar la esperanza y el humanismo: “no tengo derecho a decir o hacer nada que disminuya a un hombre ante sí mismo. Lo que importa no es lo que yo pienso de él, sino lo que él piensa de sí mismo. Herir a un hombre en su dignidad es un crimen”. Ofender a todo un país con falsas generalizaciones también lo es.

Del otro lado de la frontera norte (pero también de este lado, en la frontera sur) se atenta contra la dignidad humana al referirse a los migrantes en términos racistas y ofensivos, al tratarlos como basura, agredirlos con amenazas y movilizaciones que hacen gala de la más profunda megalomanía.

Más allá de la política exterior, la no diplomacia y la política económica, la sociedad civil debe aprender a buscar soluciones creativas; a pensar crítica y creativamente, a lograr empatía, un manejo adecuado de la agresividad y de evitar la violencia. Es necesario seguirle trayendo belleza en este mundo. La creatividad promueve modos de confrontación no violentos: Gandhi, Luther King o Nelson Mandela han sido grandes confrontadores y a la vez, grandes pacifistas, mentes creativas y críticas que lograron ver al cordero dentro de la caja.

En este sentido, también leer, escribir y reflexionar sobre El Principito, puede ser un acto de resistencia en medio de la agresión. Después de todo, decía Gilles Deleuze que no hay mayor acto subversivo que el pensar.