Patriotismo
4 enero, 2016
Aptitudes
4 enero, 2016

Y tu sublime cuerpo mujer

Luis Ricardo Guerrero Romero

Sinceramente, habrá que pensar más de una vez la idea de Salvador Dalí acerca de lo sublime que nos dice: “La existencia de la realidad es la cosa más misteriosa, más sublime, y más surrealista que se dé.” Ya que, comenzar con la idea de la realidad vista desde el pincel de Dalí no es nada sencillo, asimismo francamente, poco nos es útil la palabra sublime ante tanta vulgaridad que nos enmarca en una sociedad desvalorizada y embarcada en un mundo desvirtuado de la realidad, ya en las prosaicas obras humanas, ya en las formas de vida moral y en el ejercicio de lo artístico.

Establecer qué cosa es lo sublime o qué parece tal, es menester de estar en lo alto, en el aire, en un etéreo apogeo. Distinguimos que la palabra sublime ya se usaba desde hace tiempo en la antigua Roma, enunciada en el latín sublimis, y con relación del verbo sublevo, levantar del suelo, y pasó a nuestra lengua como sublime, la cual designa lo sumamente excelso.

Es característico por ejemplo que, entre todos los elementos entendamos el fuego como el más puro y sublime de estos, desde tiempo antiguo se sacrificaba y honraba a los dioses relacionados con el fuego más que a otros y se pedía siempre más fuego. Nos dice el Dr. Sánchez Vázquez, –en su libro: Invitación a la estética– que en este sentido son sublimes los fenómenos naturales, las maravillas de la creación, como lo es también sublime una encomiable labor humana donde se concatenan la virtud y el coraje.

Es así que lo sublime supone una relación con la naturaleza estética y no estética. No obstante, debemos puntualizar que el hecho de lo sublime se perdería cuando el objeto se vuelve el todo y el sujeto la nada. En el arte siempre hubo y habrá ideas en torno a lo que ahora desarrollamos, puesto que se ve reflejado en las expresiones que nos arrebatan por su grandeza e infinitud por lo cual se enmarcan en una categoría estética.

El crítico literario del medievo: Longino o pseudo Longino –pionero en la teorización de lo sublime–, dice en su tratado De lo alto (Περι υψυος), que lo sublime “no es más que el eco de un alma grawnde”; Boileau enriquece esta definición después de varios siglos indicando que lo sublime es como “cierta fuerza del discurso para elevar y seducir el alma.” Y el filósofo y esteta Burke hace la certera distinción entre lo bello y lo sublime –antes que Kant–, afirmando que lo bello es pleasure (placer) lo sublime ews delight (deleite).

También podemos entender que esta apreciación de lo sublime puede ser la capacidad de levantar-se del suelo, de aislarse de lo mundano en una buena medida, es decir no estar sujetado en los límites terrenales. Sabemos que esto de lo sublime puede ser tan subjetivo como en aquellos que dicen que lo estético lo es, pongamos el caso de una pintura y tres autores, La tentación de San Antonio (optamos por este nombre genérico y más o menos equivalente por ser una obra que los tres realizaron) de: Dalí, Grünewald y Martin de Vos; estos pintores tan magníficos, retratan lo sublime, no en el hecho en sí, más aún en la esencia, el motivo del santo que por medio de un instrumento religioso hace sublime la tentación. Bastaría ver con detenimiento cada una de las obras para constatar lo que acá decimos.

Cuando algo excede los límites de lo bello y bueno en nuestro haber, cuando hay un arrebato en nuestro sentido emocional debido a tanta hermosura, entonces sabremos que es sentir lo sublime. Para algunos hombres contemplar una figura femenina –suerte de femme fatale–, es suficiente para sentir tal conmoción, para otros, no basta sólo eso, sino hasta poseerla, sublimarse en el erótico empate sexual. Con lírica inteligencia lo cantaba Carlos Mejía Godoy: “Son tus perjúmenes mujer, los que me sulibeyan, los que me sulibeyan, son tus perjúmenes mujer.”