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¿Yo, a quién me parezco? Pregunta mimética

Luis Ricardo Guerrero Romero

A ntes que pase un día más, de que alguien más nos haga saber algo sobre nosotros, La Jornada San Luis explicará por qué resulta indispensable aquella sentencia reiterativa: “primero yo, luego yo y siempre yo”.

Sin que esto tome un rumbo rígido, recordemos que hablar de este pronombre personal es hablar también de un proyecto de sustancia individual con naturaleza racional, parafraseando a Torcuato Severino Boecio, quien trató definir el concepto: persona. No descartamos aquella otra descripción de yo, que sonaba melódicamente en la voz de Pedro Infante: “Yo soy quien soy, y no me parezco a nairen, me cuadra el campo, y el chifilo de sus aigres”. Podemos constatar que Pedro Infante era un discípulo de la filosofía de Boecio, pues hizo eco de aquella sustancia individual. Ambos sabían de gramática y de ontología, ambos distinguían que yo es pronombre personal que indica la primera persona del singular, y habrá que añadir que bien puede tratarse del femenino o masculino, algo así como un pronombre neutro.

En expresiones como yo leo La Jornada San Luis, yo soy buen ciudadano, encontramos que existe evidentemente la actividad de alguien. No obstante la diferencia de: yo y el yo, recordemos a Sartre en Trascendencia del ego, que nos dice: “El Yo no aparece más que en el nivel de la humanidad y no es más que una cara de Mí mismo: la cara activa”.

El génesis de esta palabra puede entenderse a partir de la voz helena: Εγο (Ego), que fue adoptada por los romanos con igual fonética, –seguramente en la conquista, estos sisaron el yo heleno, de allí su riqueza cultural. Por lo cual tenemos un origen del latín vulgar donde, yo, se anunciaba Ego y este pronombre latino sufrió la pérdida de la consonante /g/ quedando eo, (en el portugués esto se verifica mejor pues el pronombre yo, se enuncia eu, lo cual indica que no se logró cerrar la última vocal). El diptongo eo sucedió al ie, a causa de su cercanía vocálica produjo el io italiano, generando posteriormente nuestro yo.

Debemos aclarar que nuestro fonema /y/ en la lengua griega funcionaba como vocal, y para nosotros se acuñó en el grupo de las consonantes. Este pronombre yo, en otros idiomas es fonéticamente doloroso, quizá por su escasa identidad a causa de la diversidad moral o amoral, por ejemplo en el inglés yo, es I [ai], onomatopeya del sufrimiento. Sin embargo, esta vocal I que representa el pronombre yo en inglés ocupa el mismo noveno lugar alfabéticamente de la Ι (iota) griega, y el número nueve en la numerología tiene mucho que ver con la creación. Por su parte nuestra palabra yo se conforma de un valioso elemento maternal y paternal, la Y, es comparada con la vasija jeroglífica egipcia, y simboliza el recipiente donde se mezcla la vida, entiéndase la matriz.

El Yo en sicología, de manera sucinta, es el conjunto que se le da a los actos mentales. Existen enormes diferencia entre: Yo y el Yo. Benveniste (lingüista) nos dice que cuando uno usa la palabra yo, parece que se estuviera refiriendo al verdadero Yo, (a mí), pero no es así. Pues el yo solo, es una categoría lingüística. Si decimos: yo tengo un cincel, la realidad es que yo sólo tengo una piedra. El uso del pronombre yo, no engloba todo lo que le pasa a mí ser gramaticalmente, ontológicamente sí lo abarca, no son mis dedos los que escriben ahora, soy todo yo quien teclea un punto final.