Alrevesados
11 diciembre, 2014
éxodo, Coqueteos marcelistas y el ingrato recuerdo
Relación deteriorada
11 diciembre, 2014

Ayudar a los migrantes, tarea interminable del padre Rubén

migrantes

El padre Rubén Pérez, ganador del Premio estatal de los Derechos Humanos.

Selen Terán

Son las 10 de la mañana, un hombre espera sentado a las afueras de la Casa de la Caridad Hogar del Migrante; se levanta al vislumbrar un coche blanco conducido por el que le dijeron le podrá ayudar. Es el padre Rubén quien al ver al hombre con apariencia cansada y apenas al bajarse del su auto da la instrucción de dejarlo pasar para que descanse después del largo camino recorrido. Así comienza la jornada el presbítero en el albergue que ha forjado en los últimos años, y por el cual este jueves recibirá el Premio Estatal de los Derechos Humanos.

Rubén Pérez Ortiz lleva al frente de la Pastoral Social Cáritas cuatro años, sin embargo entró al seminario desde los 11 años. Una vez egresado fue asignado como vicario a la Sagrada Familia, en Lomas Cuarta Sección, en donde, describe, se vive otra realidad comparada con la que vive actualmente. Su paso por esta parroquia le dejó amistades con empresarios que más tarde lo ayudarían a construir el legado de la Casa de la Caridad; años después fue enviado a la Acción Católica, en donde se relacionó con representantes de todos los órdenes de gobierno, posteriormente se va a estudiar historia a la Universidad Pontificia de la Santa Cruz en Roma, y así, a su retorno a San Luis, es enviado al templo de la Tercera Grande, parroquia cercana a las vías del tren y con alta afluencia de migrantes. Es ahí donde comenzó el camino de ayuda que ahora lo ha llevado a ser el director de uno de los albergues más importantes del país.

Sus comienzos en esta misión, como él lo llama, fueron en una Noche Buena: “celebré misa a las 10 de la noche, y fui a cenar con unas amistades, llegué a la parroquia después de las dos de la mañana; vi unos hombres, uno de ellos, muriéndose de frío, titiritando. Saqué unas cobijas, y compartimos lo que era la Navidad; lloramos, fue un encuentro de fe”. Baja la mirada para contener las emociones que lo abrazan, es esa una de las vivencias que lo decidieron a tomar este rumbo, en el que busca cambiar esta triste realidad.

Al preguntarle de la situación actual de los migrantes en su paso por el país, la ejemplifica con un caso de hechos recientes. En Semana Santa, en la casa de la caridad un joven hizo la representación de Jesús, al partir del albergue, fue secuestrado por dos meses.

“Estuvo trabajando en un campo para narcotraficantes, luego extorsionaron a su familia;  lo dejaron ir después de haberles trabajado, gracias a Dios no lo mataron”, suspira aliviado.

La zozobra y angustia es parte de los migrantes y de él como dirigente de la casa, así como de su equipo cuando se enteran de estas noticias que son más frecuentes de lo que se puede llegar a pensar, “son días de tristeza y desesperación que vives junto con la familia, aunque trato de no encariñarme, no se puede, somos humanos, no dejo de ser persona”.

Los migrantes, dice, aún son vistos como delincuentes, viven en este país al que describe como un “submundo”; secuestros, extorsiones y hasta esclavitud son las penurias que tienen que pasar en su recorrido por México, sin embargo, dice, es una realidad que ya está en el contexto de la sociedad, y aunque hay un ligero cambio, no es el suficiente.

“Antes el hablar de migrantes era hablar de intrusos, pero ha ido cambiado a base de diálogos, estudios, sensibilización y a los medios de comunicación, pero falta mucho trabajo”.

Para el padre, el cambio de realidad de los migrantes no es cuestión sólo de las autoridades, ya que en la sociedad está el hacer el cambio, mismo que se daría desde una formación de valores. “Sí hay gente que piensa diferente, pero necesitamos más una cultura de servicio”, asegura.

Del  reconocimiento que le harán este jueves por parte de la Comisión Estatal de los Derechos Humano, tímidamente lo recibirá, ya que, dice, es para todo el equipo de personas que lo ayudan, así como de los benefactores que hacen que la casa Hogar del Migrante albergue hasta 380 personas.

“A mí me hubiera gustado que lo dieran a toda la casa, pero me dicen que es sólo para personas, y bueno, lo recibo con la gratitud de quien nos ha ayudado, a los bienhechores, y sobre todo a los que hemos servido”.

Al padre Rubén, con 42 años, le gustaría seguir al frente de la misión migrante, aunque dice ser sólo instrumento, y seguirá hasta que la Arquidiócesis así lo decida, “esto es como las arenas movedizas, entre más le muevas, más quieres; te adentras, te enamoras”.

Finalmente, describe a las personas que ayuda de la siguiente manera: “el migrante me hace recordar que somos peregrinos, vamos teniendo encuentros, desencuentros, es Cristo que sale a nuestro encuentro y que nos hace recordar a qué venimos”.

JSL
JSL