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Días de nostalgia por los que se quedan en los cementerios

cementerios

En panteones potosinos se conmemoró el Día de Muertos. Foto: César Rivera.

Ricarlos I

Pocas tradiciones mexicanas han sabido absorber costumbres externas como el Día de Muertos. Una festividad que los indios de América relacionaban con el eterno ciclo vital del que forma parte muy importante la muerte se unió a una fiesta religiosa para los santos cristianos sin nombre, martirizados por el Imperio Romano y enterrados en las catacumbas italianas. Lo que tenemos hoy, una mezcla que incluye además la Víspera de Todos los Santos que celebraban los sajones y que a fuerza de conquista, intercambio comercial y sincretismo con otras tradiciones paganas celtas y anglas, terminó convertido en el Halloween.

En otra época fue mal visto celebrar el Halloween debido a la xenofobia y un nacionalismo mal entendido, pero ya se ha comprobado que ambas fechas han podido coexistir e incluso se toma como algo natural. Más aún, si vemos a nuestro vecino del norte, de donde llegó en primera instancia la fiesta de la Víspera de Todos los Santos, nos damos cuenta que allá se celebra con más pasión por parte de los migrantes mexicanos y con una curiosidad festiva que es característica de los estadunidenses. Hoy vemos películas extranjeras que basan su historia en el Día de Muertos mexicano, turistas por todos lados deseando aprender y absorber un poco de esta fiesta, de su espíritu de cambio y continuidad, y, podría decirse, de esperanza.

Desde el viernes por la noche, 31 de octubre, pudieron verse pequeños monstruos y diablillos a la media tarde, recorriendo los comercios del Centro Histórico y los barrios cuya seguridad aún lo permiten, pidiendo dulces, pero caso curioso el de las niñas, las cuales iban, en su mayoría, ataviadas y maquilladas con el vestido de gala típico de la era porfirista y el rostro de la muerte, recordando a la Calavera Garbancera creada por José Guadalupe Posada e inmortalizada por Diego Rivera.

Al mismo tiempo, cientos de escolares de primaria, secundaria y preparatoria, aprovechando que era viernes, al salir de la escuela se dedicaron a erigir su propio altar de muertos, tanto en sus instituciones como en las plazas de la capital, para, al terminar, irse de antro o a alguna fiesta en una casa particular.

Por todos lados se adornaba con papel picado, en morado y negro, colores tradicionales del Día de Muertos que aún no llegaba, unido con el naranja de Halloween. Miles de niños y jóvenes, acompañados por sus padres, abarrotaban las calles, rodeados de tamales y atole de teja.

El sábado, día de Todos los Santos, no fue diferente. Las asociaciones civiles y grupos recreativos, desde los sindicatos hasta la Asociación de Bicicletas Antiguas, se dieron cita en la plaza de Armas, el jardín de Tequisquiapan, el jardín Colón, entre otros sitios, en una competencia informal por erigir el mejor altar.

Se homenajeaba a todo tipo de personajes, desde los héroes revolucionarios como Emiliano Zapata y Francisco Villa, hasta Lupe Vélez, una de las primeras divas del cine mundial y a quien su belleza física y carácter duro hizo famosa en Estados Unidos como la Escupe Fuego debido a una de sus películas: Mexican Spitfire. De la misma forma, aún se dejaron ver niños pidiendo dulces en la calle, aprovechando los últimos minutos de luz de día para conseguir un botín de golosinas.

Las exposiciones y danzas de los colectivos juveniles llenaron las plazas.

Ya el 2 de noviembre, la fiesta adquirió un tono más solemne, con la espera en los hogares y en los altares familiares. Se sumó la nostalgia de la visita al cementerio, recordar a los parientes y amigos, al padre, al abuelo, la madre, la tía, incluso los hijos, todos aquellos que ya murieron.

Las aglomeraciones en los cementerios de El Saucito y Españita se hicieron presentes; los más cautos acudieron temprano, pero la mayoría se arremolinó desde media mañana hasta entrada la tarde, casi noche, visitando a sus difuntos.

Por todos lados, puestos de comida, botanas, e incluso máscaras y objetos más acorde con la fiesta del viernes; no había espacio para los autos, así que todos caminaban un buen trecho desde los estacionamientos improvisados en terrenos baldíos, trayecto en el que se despertaba el hambre o la sed, atendida por los vendedores ambulantes.

Algunas ceremonias y rezos entre las tumbas, la mayoría adornadas con flores de muerto, inundando con su olor todo el ambiente mezclado con tierra lodosa y manteca de cerdo con que se prepara la comida. Sólo algunas lápidas lucían desnudas, aunque se veía a algunas mujeres y niños que, además de llevar agua, robaban pocas flores de las criptas más exuberantes para compensar a las olvidadas.

El viento fresco de noviembre levantaba el polvo en la calle y amenazaba con tirar algunos tendajones.

Cuando comenzó a caer la noche la mayoría de las familias comenzaron a retirarse, nostálgicos por los que se quedan en el cementerio, pero calladamente felices con sus hijos o parejas de la mano.

Aún se veían grupos de visitantes tardíos, pero la corriente era más de salida. Se oía a lo lejos un canto en náhuatl, de algún grupo de danza folklórica, despidiendo al sol, quien, según la tradición, también muere cada día al apagarse en el horizonte y aún así siempre renace al día siguiente.

JSL
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