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Impredecible, lo que puede resultar de las autodefensas: especialistas

Ricarlos I

Aunque la mayoría de las autodefensas en México han surgido, sin duda alguna, por la ausencia de un gobierno que haga cumplir la ley, al ser sustituido en muchas ocasiones por gobiernos paralelos emanados de la delincuencia organizada, lo cierto es que históricamente se han revelado como una caja de Pandora, y sus resultados llegan a ser, si no se tiene cuidado o control, iguales que el caos que combatieron, advirtieron los catedráticos Patricio Rubio Ortiz, Wil Pansters y Benjamin Smith.

En el marco del foro Violencia y Coerción en la formación del estado mexicano en el siglo XX, los doctores y maestro explicaron, según sus investigaciones, cuál ha sido el papel de la violencia en la historia del gobierno en México, concentrándose en los periodos del siglo pasado que algunos llaman “la época dorada del priísmo” o pax priista, desde los años posteriores a la Revolución Mexicana hasta poco antes de los años 90, cuando iniciara la “democratización” reciente.

 

Autodefensas, coctel impredecible

No se puede generalizar en el origen de las autodefensas, y eso es parte del riesgo. Las autodefensas pueden surgir precisamente por la falta de instituciones, incluso como derivado de las guardias comunitarias como es el caso de Cherán. El caso de los estados del sur es porque la delincuencia organizada comenzó a invadir la vida familiar, no sólo la política y económica. A un campesino común le daba igual pagar a los narcos o al cacique dueño de la huerta en la que trabajaba, pero cuando comienzan a literalmente robarse a sus hijas, a violar a sus esposas, a matar a sus hijos, pues la cambió, ya no se respetaba institución alguna.

El problema es que esto dio lugar también a que muchos grupos salieran de la nada a proteger sus intereses, muchos de ellos ligados al narcotráfico. Por eso fue un error que el gobierno saliera a buscar legitimarlos e institucionalizarlos, porque no hubo un filtro, simplemente se dibujo una línea y los que se quedaban afuera eran enemigos y hacia adentro amigos, fuera cual fuera su origen o motivo.

“Todo eso se convierte en un coctel incontrolable, impredecible”, señala Rubio Ortiz, “porque en Centroamérica y Sudamérica ya se vio: en Colombia en su peor época estuvieron el Ejército, los paramilitares, las narcotraficantes, los paramilitares patrocinados por narcos, la guerrilla que buscaba un cambio político económico, incluso los teólogos de la liberación. Y después hubo mezclas entre todos ellos, con guerrilla patrocinada por el narco, paramilitares trabajando para los militares haciendo su trabajo sucio, etcétera”.

“Porque en una situación así, ya no se sabe quiénes trabajan para qué, si son auténticos luchadores sociales, o si trabajan para empresarios que quieren ampliar su poder, o incluso para grupos políticos que quieren debilitar a sus adversarios, o si son narcocaciques queriendo mantener su hegemonía o peor, legitimarse con el estado, es muy riesgoso, y el gobierno en su desesperación o indolencia respaldándolos de una u otra forma, sólo empeora las cosas”.

México nunca fue pacificado, sólo ocultado

Primero hay que señalar una cosa: la violencia de los años de la revolución, pese a lo que se piensa, no terminó. Después de los años 20 y 30, periodo que muchos toman como consolidación del partido que luego fue el PRI, hubo multitud de incidentes igual de sangrientos, represiones, asesinatos individuales en masa, originados por cuestiones agrarias, políticas y de narcotráfico.

“Eran choques entre el pueblo y los campesinos, los más afectados por la pobreza, en contra del cacique local. Hay un caso muy claro: en los meses posteriores a la elección de 1952, en un pueblo de Chiapas informaron oficialmente que un grupo de henriquistas y bandidos, habían atacado el lugar, y el ejército había matado a 12 de los presuntos alzados”.

“La realidad fue muy diferente”, explica el doctor Benjamin Smith, “pues lo que se supo años después que ocurrió, es que un grupo de alrededor de 50 campesinos estaban protestando contra el precio del kilo de maíz, lo que molestó al cacique local y el general del Ejército de la zona ordenó directamente a su capitán que mataran a los manifestantes. Y así se hizo, alrededor de 40 personas fueron asesinadas por el Ejército en plena manifestación, los decapitaron y pusieron sus cabezas en la presidencia municipal para que todos las vieran. Hubo algún reportero que tomó fotos pero se le encarceló, se destruyeron sus rollos e incluso se puso un filtro censor en la oficina de correos y telégrafos, para que sólo el parte militar oficial saliera del pueblo”.

 

La prensa, clave en el silencio

Ese modo de actuar se repitió en muchas ocasiones, agregan, pues también hubo situaciones semejantes en Veracruz, en la Huasteca potosina, en Yucatán, en cualquier lugar donde existiera un cultivo muy valioso hacia el extranjero como el café, en Chihuahua hasta los curas llegaron a quejarse por la desaparición de sus feligreses indígenas, pero los medios nacionales se autocensuraban en su mayoría, tanto por el control indirecto que les imponía el estado en el papel y los créditos, como por los beneficios que obtenían los reporteros y dueños de medios por mantenerse alineados. Ahí tenemos casos de potosinos como Fausto Zapata, quien aprovechando esto hasta se hizo de un nicho de poder en el PRI.

“En el caso de la prensa local los caciques, como Gonzalo N. Santos y los que en algún momento lo sucedieron, no eran tan sutiles, y eliminaban físicamente a los reporteros incómodos. Aunque cabe señalar que, por curioso que parezca, los principales ataques a la prensa se dieron en Veracruz, Tamaulipas y Baja California, muy semejante a lo que ocurre en estos tiempos. ¿Por qué? porque en muchas de las ocasiones, el periodista en cuestión se había puesto a investigar el contubernio que existía y existe entre los gobiernos locales y el tráfico de drogas”.

Por esto, el gobierno podía presentar cifras sobre supuesta disminución de homicidios, con sólo 300 por cada 100 mil habitantes, porque sólo 300 eran investigados. Pero otros investigadores en lugar de ver los reportes policiales, se concentró en las actas de defunción en el Registro Civil. Al analizar estas, se vio que el doble en ocasiones el número de asesinatos, y las condiciones de los mismos rara vez eran del fuero común.

Y así tenemos los casos de las guerrillas, el cuartel Madera, la familia de Rubén Jaramillo, la guerra sucia de los años 70, todos eventos que cobraron muchas vidas, pero fueron de una u otra forma silenciados por el gobierno y su prensa. Además, esta violencia no siempre era ejercida de manera directa por soldados o policías, sino por guardias blancas o pistoleros al servicio del poder, como Agustín Ojeda, el Mano Negra y que todos reconocen como asesino a sueldo de Gonzalo N. Santos.

JSL
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