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Las huellas del poeta felino

el poeta felino

El poeta felino se dedica a vender poemas en el Centro Histórico.

Ricardo Dávila

Las historias adecuadas comienzan desde el principio. No es tan fácil con esta. Hay un hombre con cincuenta poemas. Un frío penetrante. Una noche estrellada la cual será testigo del recorrido de dos horas y media en el centro de San Luis Potosí en busca de encender corazones mediante la poesía.

Un firme paso toca el hormigón que se extiende en la explanada de la plaza del Carmen. El sujeto que toma la marcha desde ahí tiene un calzado negro ensuciado de tierra, lleva una gabardina negra de cuero y en su mano una tabla sujetapapel con ligeras, amarillentas y aromáticas hojas tamaño carta olor a café. Su mirada es cristalina y tiene ojos claros. Levanta su sombrero Stetson color negro y mira al horizonte. Se ajusta el cinturón. Comienza a dar los siguientes pasos. Su nombre es Gerardo Guerrero, pero es conocido artísticamente como El Gato, el poeta felino.

La explanada es iluminada por luz blanquesina artificial. El espacio tiene un aspecto arquitectónico que  combina toques barrocos con estética del porfiriato y adecuaciones contemporáneas. ¿Qué se ve en el sitio? Una multitud que descansa en el ocio. Ya vemos a alguna pareja sujetada de los brazos, ahora un grupo de amigos ríe tras escuchar una anécdota; un perro cubierto de un suéter azul a su medida pasea junto a sus dueños, un hombre maquillado y con labios rojos hace reír a decenas de espectadores.

El Gato calienta su voz y se acerca a las primeras personas elegidas, un par de chicas quienes platican de su vida cotidiana. “¡Buenas noches! ¿Desea que le componga un poema con el nombre de alguien a quien desee dedicárselo? El nombre se forma con las primeras letras de los versos, como un acróstico.  Se lo escribo de 5 a 7 minutos, dependiendo la extensión del nombre, se lo hago como una muestra, si no le gusta no me lo compra”. Las mujeres observan con duda el sujetapapeles que enseña El Gato cuyas hojas parecen de papiro. Tras unos momentos deciden no pedir la composición ofrecida. Pero Gerardo no se da por vencido. Nunca lo ha hecho.

“Disculpe que le moleste otra vez, ¿me cambiaría una moneda por una copia de mis poemas?”. El Gato muestra pequeños papeles que caben en el puño y que son color pardo; también desprenden un penetrante y agradable olor a café. “Son copias de mi letra y de mi libro por lo que usted quiera darme. Si no le gusta se lo cambio o le devuelvo su moneda”. Cada letra que escribe Gerardo en los poemas juega en un ordenada armonía cursiva la cual pinta con una sólida tinta negra que contrasta con la textura de la hoja. Las chicas acceden y extienden una moneda de cinco pesos por uno de los fragmentos. Ni hablar, no fueron los $150 que cobra el poema en el papel tamaño carta; pero el plan surtió efecto: que las personas lean la composición y poder obtener capital.

Después de concretar unas cinco ventas en la plaza del Carmen, el recorrido sigue ahora en el bar La Santita. Comienzan las dificultades: el sonido en el sitio es recio y el espacio reducido entre mesas. Pero para El Gato no parece haber problema. Como felino que acecha su presa, Gerardo se acerca sigilosamente a los clientes, les habla con voz firme pero relajada y vende sus textos.

A pesar de llevar un paraguas y una abultada mochila donde carga más hojas El Gato parece estar en su mejor ambiente. Se desplaza con equilibrio y sin chocar con ninguna persona. Logra otros cuatro intercambios de poemas por monedas. Misión cumplida. La marcha continúa rumbo a otros 15 establecimientos.

Todas las noches salgo a conquistar corazones

– ¿Por qué te dicen El Gato?, le pregunto.

– Es un nombre que yo elegí. Antes era Gato Doctor del Amor. Pero quedó sólo como Gato.

– ¿Y significa algo el seudónimo?

– Es una proyección de mí mismo con el felino. Considero que soy como un gato: nocturno, perezoso, comelón pero ágil cuando veo un objetivo.

– ¿Qué sientes al acercarte a la gente cuando ofreces tus poemas?

– Es agradable. Conocer a una persona es escribir una página de tu vida. Pero no es tarea fácil. Tienes que lidiar con distintas emociones y personalidades. Terminas siendo una especie de sicólogo.

– ¿Y te gusta hacerlo?

– Sí. Aunque a veces el ambiente tampoco lo hace más sencillo, usualmente hay música en los lugares o la intensidad del sonido de las conversaciones debe sortearse. Debes de estar consciente de ello y prepararte.

– ¿Qué piensas al salir cuando vendes tus poemas?

– Creo que todas las noches salgo a conquistar corazones.

Recorrido y técnica

En el centro de San Luis el aire en noviembre es frío pero soportable si cuentas con un abrigo. Los faros afrancesados iluminan las veredas repletas de adoquines. Los siguientes lugares del viaje con el poeta felino de aquella noche del 16 de noviembre del 2015 serán: el restaurante San Carlos, El Pacífico, La Colomba, el café Somnus, la plaza San Francisco, el Luna Café, 7 Barrios, La Internacional, La Piquería, Tertulia, Bóvedas, Gómez, Rúgula y el bar Vintage.

En el restaurante San Carlos un hombre le criticó que sus poemas no eran de cuatro versos. Después de un malentendido y risas de extraña burla por parte del comensal, El Gato logró vender otro poema. Ya en el siguiente restaurante, El Pacífico, una cliente del lugar le dice riendo: “yo tenía uno de tus poemas y mi novio lo vio; cuando leyó al final tu nombre me cuestionó que quién era ese tal Gerardo y porqué me estaba haciendo poemas”. En el bar Rúgula un joven de entre 25 y 30 años comentaba: “yo tengo toda una colección de sus poemas, me los quedo sólo para mí o a veces se los doy a una chica. Y sí funciona si se los das”, dice sonriendo.

El Gato vendió casi todo los pequeños poemas; le quedaron unos nueve. En sus fragmentos que intercambia por un abrazo, una moneda o un sincero gracias; se pueden leer versos del libro que publicó en el año 2000 llamado Ilusión y realidades. Por ejemplo su composición de título Encuentro. 

En un instante pudo ser,

haber encontrado,

a una linda mujer

que me ha enamorado.

 

El momento se ha convertido,

en un grato recuerdo, que no olvido,

porque en mí lo guardo.

 

Espero al destino,

para volver a luchar;

por este amor fugitivo,

que me hizo soñar. […]

 

El contenido de su pluma es sin parafernalias. Huidobro, Milton o Rilke no están en su mente. Sin rastros de Baudelaire o Apollinaire en su escritura. Lo que aparenta un sentido rudimentario quizá sea un arrojo de claridad. Es algo nacido desde la parte elemental de temas singulares.

– Veo que no haces muchas metáforas en tu contenido, le comento.

– No. Creo que es mejor ser directo y que la gente entienda en verdad lo que uno quiera decir.

– ¿Cuál es la mayor satisfacción de tu oficio?

– Que la gente pueda olvidarse de tragedias mediante mis poemas. Como lo que pasó en París o como lo que hay en las noticias diarias que dan tristeza y hasta enojo como algo sobre Peña Nieto. Los textos son un refugio a todo eso.

– ¿A qué poetas sigues?

– He leído esporádicamente a varios. Sobre todo latinoamericanos, como por ejemplo Neruda. Pero soy muy olvidadizo.

– ¿Por qué vender tus piezas en la calle y no buscar publicarlos en antologías o libros?

– Mis poemas están del lado de la gente. De los de abajo. De aquel 99 por ciento que no viven lujos y que pasea en la calle.

De acuerdo con datos de la Casa del Libro en México hay 880 mil potosinos sin acceso a la lectura. La de El Gato quizá no sea una tarea que busque ahondar en la academia. Él mismo lo admite. Pero es un filtro de acceso para leer. ¿Quién diría que los escenarios son bares y restaurantes?

Una aventura lírica de 25 años

 

La historia de El Gato en realidad comenzó hace cerca de tres décadas cuando él tenía 17 años. En aquel entonces hacía creaciones poéticas pero con fines de inmersión y recreativos. A esa edad había trabajado en distintos oficios, desde vendedor de chicles hasta mecánico pasando por trabajador de una fábrica de camas y también en albañería. Pero los empleos no eran compatibles con su pasión de crear y escribir. Gerardo tuvo una idea, cortar pequeños trozos de papel, escribir en ellos sus poemas y ofrecerlos a los transeúntes por una moneda. Decidió salir al centro de San Luis a probar suerte. Las primeras monedas de su oficio fueron el resultado.

Actualmente, a sus 42 años, El Gato lleva haciendo un poema diario desde 1990, lo que significa una producción de más de 9 mil poemas. Él nació, ha vivido y vendido sus poemas en San Luis Potosí todo este tiempo, salvo en un momento de su infancia –a los 11 años de edad– en la cual decidió viajar desde San Luis a Durango y de ahí bajar por distintos estados hasta llegar al DF en un viaje que duró nueve meses.

No todo ha sido miel sobre hojuelas. Allá por el año de 1993 un sujeto le dijo: “no sirves para nada, tus poemas son muy malos. Deberías de buscar otro trabajo”, relata. “Me sentí muy triste y en verdad creí que tenía razón. Eso sucedió a los tres años de que había empezado a vender poemas. Estuve a punto de dejar todo”, cuenta.“Pero algo en mí pensó, a ver, es el primero que te lo dice. De unas mil personas él es el primero. Bueno, pues prefiero quedarme con el 999 de las otras personas”.

Vida fuera del seudónimo

Cuando Gerardo deja de ser por las noches el poeta felino se convierte en un hombre de familia y negocios. Junto con su esposa Estelita con quien ya lleva siete años de pareja, lograron abrir un restaurante que lleva de nombre el seudónimo del poeta –El Gato– ubicado en la calle Lerdo de Tejada número 110, muy cerca de la plaza de Armas. En ese lugar sus familiares preparan platillos de comida mexicana pero con el toque del sazón de la Huasteca, lo que resulta en un menú de muy buen sabor.

El hombre de letras populares también es un hombre de estudios. Gerardo Guerrero comenzó a los 29 años y acabó a los 35 la carrera de Derecho en la Universidad Autónoma de San Luis Potosí. Al principio no le gustó la materia pero le fue entendiendo y agarrando gusto. De hecho, ya ha llevado algunos casos.

A pesar de sus estudios y de su nuevo negocio, él está convencido que su verdadero oficio tiene que ver con su pasión de escribir poemas. Sus viajes para vender textos suelen ser más largos, de ocho kilómetros cada noche. Al llegar al bar Vintage, el último bar en que pude seguir sus huellas, nos relajamos y tomamos un par de cervezas. Con una plática más rudimentaria le pregunto cómo se ve en 10 años.

– Creo que me veo haciendo lo mismo de ahora. Pero espero que más conocido.

– ¿Cuál ha sido tu mejor poema?

– No tengo uno preferido. Pero creo que del libro que publiqué es el de Mamá.

– ¿Y ahora que escribes poemas según el nombre que te pidan, ya no haces más por inspiración?

– Sí, pero los tengo guardados. Quiero juntar dinero para publicarlos de mejor forma.

– ¿Entonces nunca dejarás la poesía?

– Me moriré escribiendo, dice. Y da el último trago a su cerveza.

JSL
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