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Pedigüeños, una realidad del Centro Histórico

Centro Histórico

Violinista ciego en Zaragoza. Foto: Ricarlos I.

Es domingo, son las 10 de la mañana y los negocios del Centro Histórico recién abren sus puertas. Junto con ellos, vendedores ambulantes y otros potosinos, como artesanos y actores que hacen las veces de estatuas, se apoderan de la calle, llenan de ruido las plazas y comienza un nuevo día de trabajo en la ciudad.

Mientras tanto, en las esquinas, en los dinteles de las puertas de casas y negocios que hoy no se abren y algunos en las banquetas desnudas, poco a poco comienzan a llegar hombres, mujeres con niños en brazos, e incluso otros menores de algunos años más. También están ahí para buscar su sustento pero, a diferencia de comerciantes y artistas, no piensan en ganancias, piensan en conseguir suficiente para comer algo durante el día.

Ellos, hombres y mujeres, niños, adultos y ancianos, son parte de esos casi 15 millones de indigentes que, según estudios, sobreviven en México. Sus labores son variadas, algunos tocan un poco de música, otros hacen simples actos de circo, tragan fuego, y una gran parte de ellos, simplemente estiran la mano, tratando de obtener unos cuantos pesos de la compasión de los peatones.

María y Perla

En una de las calles más transitadas por peatones en el Centro Histórico, Zaragoza, se encuentran un par de hermanas que aparentan tener entre nueve y 12 años; en realidad, la menor tiene 13 y la mayor 15. La desnutrición las hace lucir menores. Cada una lleva un acordeón a cuestas, de los que apenas sacan algo de melodías. Lo poco que saben lo han aprendido de ver a su padre.

“Nosotros somos de Oaxaca, mi papá es músico pero pues ni allá ni aquí tiene trabajo. Aquí sólo saca algo de dinero vendiendo cosas en la calle, semillas, cacahuates, y a veces cuando va a alguna obra de albañil. De ahí en fuera, no hay dinero. Mi mamá está en la casa, cuidando a mi abuela, y cuando mi abuela no está tan mala de los riñones, se sale con mi papá a ayudarle a vender. Vivimos en una casa que nos prestan en El Saucito”.

Diariamente estas dos niñas deben tomar camión desde su casa para llegar al centro. Algunas veces los choferes les dejan subir sin pagar, otras no, lo que significa llegar a pie. No piden dinero a sus padres porque, afirma María, la mayor, él no quiere que ellas anden en la calle pidiendo dinero, aunque sea con algo de música.

“Él se enoja cuando salimos, dice que para eso él trabaja, para mantenernos, y aunque no nos pega ni nada, sí nos regaña y nos esconde los acordeones. Pero pues los encontramos y nos salimos, en la casa a veces no hay comida y necesitamos para eso y para la luz. Agua no tenemos, una vecina nos deja llenar tinas y a veces le lleva comida a mi abuela y mi mamá, pero pues tampoco podemos hacer eso diario”, relató.

Las dos dejaron la primaria cuando salieron de Oaxaca; por no tener su padre un trabajo fijo ni haber suficiente dinero para útiles ni cuotas de escuela, no han entrado aquí. Su madre no quiere pedir beca para ellas porque, según las niñas, teme que el DIF le quiera quitar a sus hijas por la condición de extrema pobreza en que viven. “En Oaxaca sí vimos que a algunas señoras les quitaban sus hijos, por eso mi mamá no quiere meter en nada a los del DIF”, aseveró.

De esta manera, y bajo el sol, las dos niñas permanecen, a veces juntas, a veces una en un lugar y otra en otro, sin llegar a reunir en ocasiones siquiera 15 pesos, aunque en otras llegan a conseguir hasta 50 o 60 cada una, pero eso sólo en temporada vacacional, por los extranjeros. A eso de las ocho de la noche, regresan a su casa, esperando llegar antes que su padre.

 

Música en la oscuridad: José Gregorio Ramírez

“Yo aprendí a tocar solo, y de oído, porque desde muy niño me quedé ciego. Aunque primero fue una guitarra, luego aprendí la trompeta, y ya después agarré el violín, porque ese no necesita todo lo que los demás. Empecé a los 18 años y para los 25 ya sabía tocar tarola, platillos, todos los instrumentos para la música de banda. Es un quebradero de cabeza aprender todo, porque luego los revuelves, y por eso hay que practicar todo, para no empezar a tocar una cosa como si fuera otra”, dijo José Gregorio Ramírez.

Un violinista ciego que también deambula por las calles del centro, llega a su lugar a las mismas horas, aunque el dinero que junta ha bajado mucho porque suele sentarse a tocar en las calles que hoy se encuentran cerradas por obras. Tiene 80 años, es soltero y vive al norte de la ciudad, viajando diariamente de su casa al centro en camión, el cual paga.

“Desde una vez que me atropellaron, un camión en la terminal hace como 20 años me pasó en una pierna, y ya no pude ir primero a trabajar para la banda, y después pues ya ni me volvieron a dar trabajo. Lo único bueno que tengo es que no tomo, porque si no estaría peor. Sí hubo mujeres que me quisieron juntar, pero al final yo no quise, porque así como lo quieren un día, al otro te dejan, por eso mejor me quité de eso. No sé si fue mejor o peor, ya es lo que hice, y no me queda más que aguantar hasta que me vaya”, agregó.

A sus 83 años, trata de llevar una vida tranquila, con el poco dinero que consigue para comer durante el día. Aún se emociona cuando alguien le menciona que también toca el violín y rápidamente lo ofrece para que toquen. Es de Morelos, una comunidad en el norte Mexquitic, aunque actualmente vive en Maravillas.

“Uno no sabe las descuidadas, las enfermedades que uno agarra de chamaco. La verdad ni se si nací ciego, porque no me acuerdo, pero mi madre, que en paz descanse, decía que había nacido bien. Que le falte algo a uno, los ojos, una mano, una pierna, es de lo peor que le puede pasar a uno, pero lo bueno es que Dios me dio facilidad para la música y de ahí me mantuve casi toda mi vida”, continuó.

“Yo me quedé sin hermanos ni hermanas, no porque mis papás no tuvieran más hijos, sino porque me dejaron solo. Yo no tuve ni quien me procurara ni quien me echara la mano. Anduve en Guadalajara, trabajando en una tambora, pero pues también ahí se acabó, apenas conseguí para un terrenito, que es donde vivo ahora, allí en Maravillas”, recordó con tristeza.

“Nomás voy dando lástimas, como nunca fui padre de familia, cuando estoy tirado (enfermo) no hay quien me lleve un vaso de agua ni una medicina; nada más una esposa de un sobrino que nada más van a revisar que todavía no me muera. Me han aconsejado que me recoja a un asilo, pero ahí no atienden de oquis. Una vez llegué al hospital y me querían cobrar cinco mil pesos por una atención, nomás por los de trabajo social, si no no me hubieran dejado ir. Y si fuera como dar clases para sacar algo de dinero, pues tampoco puedo tan fácil, porque como no aprendí leyendo ni con un maestro solo, para tratar de enseñarle a otro le batallaría”.

“La vida es un sueño, para vivirse, y ya cuando se acaba el sueño, llegas al sueño eterno, y ya se acaba”, concluyó.

Hasta entre los pobres hay clases

En los últimos días, y con la llegada de comerciantes ambulantes permitida por el gobierno municipal, las calles del primer cuadro de la ciudad ahora lucen abarrotadas, pero incluso entre quienes piden dinero, hay muy diversos tipos.

Por un lado, están los de los cruceros, muchos de ellos jóvenes de clase media baja (y algunos alta) que han decidido vivir una suerte de sueño romántico de saltimbanco; aprenden acrobacias y malabares y se mantienen habitando en grupo en casas que algún pariente les renta en el centro o que un casero les presta a cambio de arreglarla y remozarla. Algunos de estos incluso cuentan con carreras universitarias, pero la falta de campo de trabajo les ha impedido ejercer.

También están los artistas, quienes viven en condiciones económicas muy similares, pero que viven directamente de pinturas y obras que hacen al momento, ante los azorados ojos de los transeúntes. Un par de pasadas con una pintura en aerosol y convierten lo que parecen en principio manchas en cartulina, en un paisaje extraterrestre ubicado en algún rincón del espacio.

Están las estatuas vivientes, muchos de ellos estudiantes de actuación y que han tomado este modo de vida como única salida, en lo que aparece algo mejor. A su lado, encontramos a mujeres indígenas con bebés en brazos y dando bendiciones mientras extienden la mano para pedir unos pesos.

Y claro, se encuentran quienes piden dinero con alguna institución supuestamente respaldándolos, o aludiendo una enfermedad grave, e incluso aquellos que se enojan si se les niega la ayuda; estos son los menos, pero igualmente presentes, llegan a intimidar a los peatones, causando quejas como las que se han visto recientemente en redes sociales.

 

La autoridad no persigue

En los años recientes han surgido propuestas para impedir que los indigentes pululen por las calles del Centro Histórico. Muchos recordamos las campañas del DIF estatal en la época marcelista, en la que hubo campañas para desalentar el entregar una moneda a los pedigüeños ante el argumento de que utilizaban a sus niños para pedir limosna. Incluso el año pasado hubo iniciativas de ley en las que se buscaba castigar a los padres de familia que mendigaran con sus hijos.

Entre todos los menores que al menos en esta ocasión se les inquirió sobre el tema, sólo uno de ellos, un niño en la plaza de Armas, dijo estar acompañado de sus padres, una pareja que también, con un acordeón uno y un niño de brazos en otro, mendigaban a un lado del Palacio de Gobierno. Los demás, poco más de 20, repartidos en calles y mercados, negaron que los forzaran sus parientes, antes señalaron que lo hacían para tratar de apoyar a sus familias, pues todos ellos vienen de hogares sumidos en la pobreza extrema y a los que los programas de asistencia social no llegan, pues son acaparados por algunas organizaciones populares.

Cuando se le preguntó a un policía municipal sobre el trato o la orden que mantienen hacia los indigentes, uno de ellos afirmó que no hay ninguna orden al respecto, no tienen la consigna ni de remover ni de impedir a ninguno de ellos tratar de conseguir su sustento diario, mientras, claro, no se caiga en delito, como que alguno esté embriagándose en la vía pública o que llegue a suscitarse una riña: “sólo tenemos en invierno la tarea, con ellos, de llevarlos a albergues para evitar que haya muertes por hipotermia. De ahí en fuera, no tenemos por qué molestarlos”, recalcó.

JSL
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