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En Cuba, llama Narro a educar para superar desigualdades en AL

Cuba

El rector José Narro Robles durante la recepción del 'doctorado honoris' causa en la Universidad de La Habana. Foto La Jornada

La Habana.

Los países de América Latina y el Caribe deben superar sus viejos problemas con programas de educación que ofrezcan a nuestros jóvenes un mejor futuro y que los preparen para transformar el mundo de contrastes, desigualdades e injusticias que hoy tenemos, advirtió el rector de la UNAM, José Narro Robles, al recibir el doctorado honoris causa de la Universidad de La Habana, la más alta distinción que otorga esa casa de estudios.

En su discurso, pronunciado en el Aula Magna, subrayó que la educación por sí sola no acaba con todos los problemas, aunque sin ella ningún dilema importante tiene solución.

El rector Narro Robles se refirió también al restablecimiento de relaciones diplomáticas con Estados Unidos. Ahora que Cuba entra en otro ciclo de su historia, deseo fervientemente que termine el bloqueo y se eliminen las barreras impuestas contra esta sociedad. Hago votos porque el pueblo cubano se vea beneficiado con las nuevas realidades.

Distinciones anteriores

En tanto, el rector de la Universidad de La Habana, Gustavo Cobreiro Suárez, recordó que el doctorado honoris causa se ha entregado a otros mexicanos distinguidos, entre ellos el sabio humanista Alfonso Reyes, el poeta y diplomático Jaime Torres Bodet y el destacado sociólogo y ex rector de la UNAM Pablo González Casanova.

A esa lista se une, señaló, el rector Narro, quien durante su desempeño al frente de la UNAM ha impulsado y lidereado los procesos de integración universitaria de América Latina y el Caribe, y defendido el concepto que compartimos plenamente de que la educación superior es un bien público y responsabilidad de los estados.

A continuación, el discurso íntegro del rector Narro Robles:

Agradezco sinceramente la distinción que me hace la Universidad de La Habana, al concederme este doctorado honoris causa. Extiendo mi gratitud a toda la comunidad de esta espléndida institución, en especial al señor rector, doctor Gustavo Cobreiro Suárez; igualmente a sus académicos, estudiantes y trabajadores. Con toda sinceridad, muchas gracias. Me siento muy distinguido y honrado por ustedes.

La Universidad de La Habana es una institución ejemplar por su calidad y su compromiso con la sociedad cubana. Por ello me permito felicitar a los integrantes de esta institución, en virtud de la labor que realizan día a día y por el esfuerzo sostenido en aras de proporcionar educación de calidad a jóvenes cubanos y de otras naciones que deciden formarse aquí.

Sé que la distinción que hoy se me concede es un reconocimiento no sólo personal, más bien es uno dedicado a la comunidad que represento, uno para la Universidad Nacional Autónoma de México, y para las instituciones públicas de educación superior de mi país. Un reconocimiento que recibo yo, pero que representa el aprecio de Cuba por México y el vigor que se quiere dar a las relaciones de nuestros dos países.

Los que hemos tenido la fortuna de formarnos en esas instituciones sabemos que en nuestra región se requiere, hoy más que nunca, de la educación pública, laica y de calidad. En esta era del conocimiento, los países de América Latina y el Caribe deben superar sus viejos problemas con programas de educación que ofrezcan a nuestros jóvenes un mejor futuro y que los preparen para transformar el mundo de contrastes, desigualdades e injusticias que hoy tenemos.

La desigualdad es un problema histórico y estructural de nuestras naciones. Tanto, que configuramos la región más desigual del planeta. Según algunos datos, en 2012 en América Latina y el Caribe, el 20 por ciento de la población de mayores ingresos concentraba 54 por ciento de la riqueza de la región, mientras el 20 por ciento más pobre apenas tenía 4 por ciento, una diferencia de casi 14 tantos.

El mundo de nuestro tiempo es uno lleno de paradojas. Una de ellas consiste en que nunca como ahora, la humanidad había tenido tantos bienes materiales y producido tanta riqueza. En contraste, nunca como ahora habían estado tan mal distribuidos. Es increíble que en plena era del conocimiento, mucha gente muera a causa de la desnutrición y de enfermedades infecciosas prevenibles por vacunación, debido a las consecuencias de la pobreza extrema o por falta de acceso a los servicios médicos y de salud. Evidentemente, algo no funciona como debería. Evidentemente, el mundo tiene que cambiar.

Para superar estos y otros problemas que nos aquejan, para aprovechar debidamente las potencialidades de la región, que son muchas, se necesita, entre otras cosas de educación, de más y mejor educación. No me cansaré de repetir que la educación por sí sola no resuelve todos los problemas, pero que sin ella ninguno de los importantes tiene solución. Tampoco tendrán solución si no tenemos claro que nuestra principal riqueza son los jóvenes y que su educación es prioritaria, porque es a partir de ella y con ellos, como se construye el porvenir.

El sentimiento de gratitud y emoción que hoy siento al recibir este reconocimiento se intensifica por varias razones. En primer término, en virtud de que la Universidad de La Habana tiene una larga historia en la formación de los jóvenes cubanos. Se trata de hecho, de una de las primeras universidades organizadas en América Latina (1728), una que en 13 años cumplirá tres siglos de existencia. Como muchas de las universidades fundadas en la época colonial en nuestro continente, ha evolucionado de manera paralela a su país y ha sido protagonista en la historia nacional. No obstante sus cambios, siempre ha estado al servicio de la educación de los jóvenes, de la ciencia y la cultura, del saber y del hacer, de la técnica y los valores.

También lo es, en razón de que en esta Universidad se han formado personajes importantes de la historia contemporánea de Cuba, entre otros muchos el Comandante Castro, líder de la revolución cubana. Líder de ese acontecimiento que constituyó un hito, un punto en la historia transformado en realidad inmensa con un legado incuestionable para la región y el mundo, un suceso producto de la gesta colectiva que queda como muestra de la dignidad inquebrantable de un pueblo que, a pesar de las dificultades económicas y políticas que se le impusieron durante más de medio siglo, consiguió mantener intacto el honor de la nación. Para mí es claro que sólo hay honor colectivo si existe honor individual. Los más de 11 millones de cubanos han hecho posible la jerarquía de esta sociedad.

Pertenezco a una generación que creció y se formó con clara conciencia de que la determinación de la sociedad y el liderazgo de dirigentes leales a una causa permiten transformar la realidad de las personas y también de las colectividades. El ejemplo más cercano para los integrantes de mi generación es el de Cuba, este país maravilloso.

Nací en diciembre de 1948. Cuando triunfa la revolución cubana, recién había cumplido mi primera década de vida. Es por ello que parte de mi niñez y adolescencia transcurrieron de manera paralela a la construcción de la Cuba de hoy.

Mi padre me contagió la vocación médica y la pasión por lo social. El caso es que yo escuchaba en casa, en plena infancia, ideas y argumentos sobre la pertinencia de ayudar a los más necesitados y con frecuencia el debate convencido sobre lo escandaloso que resulta que pocos tengan tanto y muchos casi nada. En esa época me enteré de la existencia de Cuba, de la importancia de su gesta heroica, de la grandeza que puede alcanzar una nación.

Ya en la adolescencia, en compañía de un amigo radioaficionado, lográbamos escuchar los vehementes discursos de Fidel. El tiempo destinado a ese ejercicio formativo y algunas discusiones posteriores en casa de otros amigos liberales panameños, me marcaron de forma importante. En esos tiempos, con aquellas personas, aprendí el valor de la palabra y la importancia de la consistencia. En esos tiempos aprendí que México, mi país, tomaba posiciones dignas y autónomas al apoyar a Cuba.

Espero que comprendan entonces lo que este reconocimiento significa para mí. Me remonta a los años de mi infancia y adolescencia; me recuerda momentos cruciales en el desarrollo de mi vocación, de mi formación personal y profesional, además de que reafirma mi confianza en las instituciones públicas de educación y de salud.

Soy uno de los muchos convencidos de que ambos elementos de la política pública constituyen los igualadores sociales por excelencia. El acceso universal a estos dos satisfactores hace la diferencia. Ustedes saben que esto es cierto. Ustedes valoran la importancia del esfuerzo realizado. Sé que han tenido que sacrificar otros satisfactores. Sé que ustedes decidirán cuando habrán de avanzar en su consecución. Eso les corresponde a ustedes y a nadie más.

Estimados colegas: también estoy convencido de que la imaginación y la realidad son compañeras del mismo viaje. Desde la realidad nace la imaginación y a ésta le corresponde transformar a la primera. Ambas son parte del cambio de un individuo y de una sociedad. Confieso que soy uno de los que no consiguen concebir nuestra existencia sin la esperanza y las ilusiones, uno de los que no entienden la vida sin utopías.

José Emilio Pacheco, ese gigante de la inteligencia y la belleza, que logró combinar la ética, la estética y la sabiduría, un día nos señaló: Se me ha perdido el mundo y no sé cuándo comienza el tiempo de empezar de nuevo. Tal vez ya es oportuno contestar esa inquietud y decir que el tiempo de encontrarnos con un mundo nuevo ya llegó. Un mundo que apunte a la utopía renovada. Una utopía que haga que la sociedad sea la que gane. Una utopía que evite que se pierda lo ganado en materia de salud, educación, nutrición y dignidad. Una utopía que alcance a todos y en donde la paz articule la pluralidad. Una utopía que permita que Cuba siga dando lecciones al mundo, como las de los últimos meses.

Ahora que Cuba entra en otro ciclo de su historia, deseo que termine el bloqueo y se eliminen las barreras impuestas contra su país. Hago votos porque el pueblo cubano se vea beneficiado con la nueva realidad. En especial espero que, en esta etapa, logren mantener los principios que les han caracterizado. Lo material importa, sin embargo, resueltas las necesidades fundamentales, no debe ser lo más valioso para los individuos y menos para las colectividades. Los valores laicos, la dignidad, el honor, el libre albedrío, la solidaridad y el compromiso colectivo, también cuentan y pesan mucho.

En fin, no me queda sino reiterar mi agradecimiento por la distinción que se me concede, hacer votos por el bienestar de Cuba y recordar que aquí estamos, atrapados en un instante de la historia, en un momento que Quevedo describió con exactitud: Ayer se fue; mañana no ha llegado. Trabajemos entonces con la historia y hagamos realidad un porvenir mejor. Hagámoslo por Cuba y México. Demos ejemplo juntos. Ya lo hicimos en el pasado. Repitamos la faena. Nuestras universidades pueden contribuir a ello. Nosotros tenemos la palabra.

Por mi raza hablará el espíritu.