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El paraíso que se nos va: inseguridad en Baja California Sur

Renata Terrazas*

Desde hace dos años viajo de manera continua al estado de Baja California Sur por cuestiones de trabajo. Recuerdo la primera vez que pisé sus playas, conocí a su gente y probé esa deliciosa comida del mar; quedé maravillada con la belleza y tranquilidad de lo que me pareció lo más cercano al paraíso.

No es sólo la playa y el sol, es la calidez de la gente, el dinamismo y profesionalismo de sus organizaciones civiles y esa sensación de seguridad al caminar por las calles, aun en aquellas poco iluminadas que abundan en el centro de la capital del estado.

La Paz parecía ser el nombre más adecuado de esa bella ciudad que se desarrolla de cara al mar y en donde los problemas de inseguridad, hasta hace unos meses, no eran parte de la agenda pública. Así conocí ese pedazo de mar y tierra que parecía tan ajeno a los problemas con el crimen organizado.

La semana pasada estuve un par de días de trabajo y lo que pareció una persecución en helicóptero por una balacera –digo pareció porque no hubo información al respecto más allá de lo que en redes la gente publicaba– me cayó como balde de agua fría: Baja California Sur es territorio en pugna por cárteles.

En febrero de este año el analista de seguridad, Alejandro Hope, escribía que en enero de 2017 el número de homicidios en el estado de Baja California Sur había incrementado en 685% con respecto al mismo mes del año anterior. A esta espeluznante cifra la acompañó una narración de sucesos en donde diferentes cárteles se adjudicaban homicidios de policías y dejaban mensajes en el espacio público para marcar territorio.

La violencia en el estado fue escalando de manera muy rápida, un par de meses más tarde, en abril de este año, fue asesinado Maximino Rodríguez, periodista sudcaliforniano.

Ya para agosto de este año, Baja California Sur junto con Baja California, Colima, Guerrero y Zacatecas, se convirtió en una de las entidades con mayor tasa de homicidio doloso, según datos del Observatorio Nacional Ciudadano.

Esa primera impresión de paraíso se ha tornado en algo muy distinto. No tuve tiempo de adaptarme a esta oleada de violencia y después de cuatro meses sin ir a La Paz me di cuenta que las cosas cambiaron y la paz se ha ido.

La persecución de un helicóptero de la Marina en La Paz, el video de un amigo en Los Cabos que grabó una camioneta baleada, una persecución a un carro de lujo y una pelea callejera en donde tuvimos que llamar a la policía fueron las estampas de dos días de trabajo y un fin de semana de descanso de lo que pensé siempre sería un paraíso.

Lo que sucede en Baja California Sur no es aislado ni ajeno a lo que pasa en el resto del país, sólo que ha sido tan repentino y descontrolado, y que siguiendo la historia de los otros estados parece que no llegará a buen puerto.

Ya vamos para 10 años de hablar de violencia e inseguridad en México; vamos para una década de discutir este tema sin poder comprenderlo ni atajarlo. En estos años, los narcos se han matado y nos han matado; han asesinado policías, militares y personas que nada tenían que ver. En estos mismos años hemos librado una guerra contra el narco en donde la gran perdedora es la sociedad y sus derechos. Han desaparecido personas, creado fosas tan grandes como para albergar cientos de cadáveres, desaparecido pueblos enteros, comprado políticos, perseguido y desaparecido estudiantes, asesinado periodistas, prostituido mujeres y esclavizado migrantes.

Lo peor de todo es que parece que nos estamos acostumbrando, de pronto una nueva tragedia en donde parece que despertamos… pero se nos vuelve a olvidar; llegan elecciones y no alcanzamos a elevar el nivel de exigencia a nuestra clase política, aquella que quita y pone a las fuerzas armadas en las calles, que negocia con cárteles, que se roba nuestros recursos, que voltea para otro lado.

Cada vez la línea del límite la dibujamos más y más arriba, desvinculamos los procesos políticos de la inseguridad que enfrentamos y también volteamos para otro lado. Porque el crecimiento de 685% en homicidios de un estado no nos asusta más, los 36 periodistas asesinados en este sexenio ya no nos sorprenden, los 43 desaparecidos y los miles más… todo reducido a números que no nos dicen nada.

En estos días vi a una de mis ciudades favoritas asolada por el crimen organizado, a su población con miedo y a un gobierno federal que parece sólo cuenta los días para dejarle el paquete a alguien más.

Es hora de comenzar a cobrar factura y exigir un sistema de justicia que reduzca la impunidad a grados donde no quepan más corruptos ni criminales.

Nota mental: mandarle una notita al gobierno federal y al gobierno del estado sobre la asquerosa corrupción en Los Cabos y la creciente desigualdad social, quizá no se han percatado que están vinculados con la impunidad bajo la que actúa el narco.

* Investigadora de Fundar, Centro de Análisis e Investigación