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Patti Smith hizo soñar mariposas en un recital a corazón abierto

Patti Smith durante conferencia de prensa en la galería Kurimanzutto en la colonia San Miguel Chapultepec. Foto José Antonio López

Fabiola Palapa, Tania Molina y Pablo Espinosa

Poesía en voz alta: love is an angel, disguised as lust.

Patti Smith en concierto. Casa del Lago. Ciclo Poesía en Voz Alta. Sábado dos de septiembre. Las 13 horas con dos minutos.

Unos 2 mil 500 jóvenes sienten que flotan, cierran los ojos y acompasan sus cuerpos como olas mientras ella, La Bruja Mayor, dice su poesía, y él, su Merlin, su guitarrista y cómplice Lenny Kaye, arranca ritmos de su guitarra que hacen trepidar en calma a esta ferviente multitud.

En uno de esos silencios improbables que suelen ocurrir en los conciertos multitudinarios, alguien exclama: tsssss, estamos bien pachecos, y eso que no fumamos nada.

Todo entraba por oídos, mente, corazón.

Es un concierto acústico. La voz de Patti y dos guitarras, la de ella y la de Merlin. Y muchos momentos a capella, como al principio de los 70 minutos de embeleso que duró el concierto: “quiero hacer algo a capella, una canción de U2: Mothers of the disappeared, y la dedico a las madres de los 43 jóvenes de Ayotzinapa, esos jóvenes cuyas madres siguen buscándolos y yo les puedo decir a ellas que, si bien no puedo lograr que sus hijos regresen, sí los puedo guardar en mi corazón”.

Fue un concierto a corazón abierto.

Un guiño a Sam Sheppard

Hoy, que es sábado 2 de septiembre, dijo El Arcángel que Escupe, “se está realizando en Kentucky un memorial, una ceremonia fúnebre en memoria de mi amigo Sam Sheppard; él y yo habíamos planeado hacer un viaje juntos en un camping rodante por México. Hoy, desde aquí le digo: Sam, querido, no estoy en Kentucky, pero como un guiño a lo que teníamos planeado, estoy en México, y esta canción está dedicada a ti”.

Y nos hizo cantar a coro con ella: I dream of the butterflies. Las mariposas, cantamos juntos, nos transportan.

En la historia de vida de Patti Smith, Eros Thánatos viajan unidos. Las pérdidas de sus seres amados las ha transformado en poesía. Y fue así como vimos/oímos, percibimos en el escenario la presencia de sus parejas: Robert Mapplethorpe, Sam Sheppard, y su esposo: Fred Sonic Smith. A todos ellos se dirigió ella en presente, como hacemos quienes hemos perdido a quien amamos, nunca en pasado, y a nosotros frente a ella nos dijo: “He perdido a personas que amo; doy gracias a ustedes por ayudarme a recuperar mi alegría (reclaim my joy)”.

El primero de los muertos en escena es el motivo de este su nuevo viaje al país que tanto ama, su nombre es Roberto Bolaño, y para él escribió Hecatomb, y lo escribió en 2012, luego de leer 2666, el libro de Bolaño que ella considera la primera obra maestra del siglo XXI, y lo hizo en memoria del escritor chileno que eligió México para vivir y morir:

Hablaste de una hecatombe espiritual
El sacrificio de cien bueyes
En ofrenda al Oráculo
El Dios de la verdad
La poesía y la música

Patti Smith encomendó la lectura de ese poema, en su traducción al español, a Juan Villoro, quien con todas sus tablas, dominio del lenguaje y las palabras, confesó en público lo que era evidente: que estaba muerto del susto y del honor, de participar en este homenaje a los muertos que están vivos.

Estar frente a Patti Smith, a poca distancia, impone. Estar con La Bruja Mayor llena a uno de energía, vigor, sonrisas, alegría. Uno por igual se ruboriza que tartamudea que se llena de vida, porque su fuerza erótica es superior a la tanática, convoca amor.

Por eso llegaron jóvenes muy jóvenes desde las cuatro de la mañana al Bosque de Chapultepec, nueve horas antes del concierto y los vigilantes de la Casa del Lago, conmovidos, los invitaron a pasar y les sirvieron café, que, por cierto es la droga preferida de La Bruja Mayor, quien juntaba sus dos manos frente a su corazón, hacía una reverencia, budista como es ella, al público y soltaba bromas a granel.

¿Patti, sí?

Ayer nos dijo que la única palabra que sabía en español era hola. Hoy aprendió la palabra definitiva: sí. De manera que uno desde el mar de cabezas acompasadas entre el público, podía gritarle: ¿Patti, sí? Y ella nos respondía, sonriente y abriendo sus brazos: sí.

Y todos soñamos mariposas. Y nos transportamos. Sin ingerir más que poesía, sonidos, alegría. Cantamos a coro con ella: I dream of the butterflies.

Y todos sentíamos que flotábamos, inmersos en una sensación embriagadora, un estado permanente de serenidad, de paz interior, una dulce pachequez sin haber fumado nada, porque todo entraba por oídos, mente, corazón.

“Don’t forget: I love you”, dijo ella.

Y se fue.