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“Mi premio es para el género humorístico”

El escritor catalán Eduardo Mendoza se dirige al atril, donde leyó su discurso de aceptación del Premio Cervantes. Foto Afp

Armando G. Tejeda

Madrid. El novelista de la Barcelona de la posguerra y uno de los cronistas que con más ironía y brillantez narró los cambios en la vida cotidiana de una sociedad en transformación, Eduardo Mendoza, se convirtió ayer en el cuadragésimo tercer escritor en recibir el máximo galardón de las letras en lengua española: el Premio Cervantes.

Fiel a la tradición y a su biografía literaria, en su discurso Mendoza elogió la figura de Miguel de Cervantes y su legado literario, en especial el espíritu cervantino que ha guiado a tantos escritores en los recientes siglos, incluido él mismo, que se dijo heredero de ese espíritu libertario e irónico.

Mendoza, nacido en Barcelona en 1943 y autor de libros ya clásicos de la literatura contemporánea, como La verdad sobre el caso Savolta, se convirtió en el protagonista de una ceremonia que este año cumplió 40 años de celebrar la literatura en español.

Cimbrar con la palabra ágil

La historia del galardón es también de alguna manera la de la literatura del siglo XX y lo que va del XXI. Quienes han recibido el premio forman parte de una antología de los mejores escritores españoles y latinoamericanos: Jorge Guillén, Alejo Carpentier, Dámaso Alonso, Jorge Luis Borges, Gerardo Diego, Juan Carlos Onetti, Octavio Paz, Luis Rosales, Rafael Alberti y Ernesto Sabato. O, más recientes, como Fernando del Paso, Elena Poniatowska, José Emilio Pacheco, Sergio Pitol, Nicanor Parra, Juan Gelman, Juan Marsé, Álvaro Mutis y Juan Goytisolo.

En el paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares, en un acto presidido por los reyes de España, Felipe VI y su esposa, Letizia, Mendoza cimbró con su palabra ágil y divertida, con la que incluso rompió la solemnidad y la seriedad que muchas veces tiene ese acto.

En su discurso, Mendoza reconoció que nunca esperó ganar este premio y que hasta le incomodaba haberlo recibido por la enorme responsabilidad que supone.

En mis escritos he practicado con reincidencia el género humorístico y estaba convencido de que eso me pondría a salvo de muchas responsabilidades. Ya veo que me equivoqué. Quiero pensar que al premiarme a mí, el jurado ha querido premiar este género, el del humor, que ha dado nombres tan ilustres a la literatura española, pero que a menudo y de un modo tácito se considera un género menor. Yo no lo veo así. Y aunque fuera un género menor, igualmente habría que buscar y reconocer en él la excelencia, dijo Mendoza.

El también autor de libros como La ciudad de los prodigios y El misterio de la cripta embrujada expresó: “Leí por primera vez el Quijote por obligación, en la escuela”, pero que esa lectura lo marcó.

“La verdad es que don Quijote y Sancho no fueron bien recibidos. Nuestra imaginación literaria se nutría de El coyote y Hazañas bélicas y las sesiones dobles del cine de barrio eran nuestro Shangri-La. Pero el Siglo de Oro, francamente, no.”

El novelista catalán recordó que en aquellos años, que Juan Marsé llamó de incienso y plomo, la figura de don Quijote había sido secuestrada por la retórica oficial para convertirla en el arquetipo de nuestra raza y el adalid de un imperio de fanfarria y cartón piedra. También, solo o con Sancho, a pie o a caballo, se vendía a la gruesa en estaciones y aeropuertos, y en muchos hogares estaba presente como cenicero, pisapapeles o apoyalibros. Malas tarjetas de visita para un aspirante a superhéroe.

Pero reconoció que a pesar de todo se rindió a su encanto. “Lo que me fascinó entonces no fue la figura de don Quijote, ni sus empresas y sus infortunios, sino el lenguaje cervantino. Desde niño yo quería ser escritor. Pero hasta ese momento los resultados no se correspondían ni con el entusiasmo ni con el empeño. Las vocaciones tempranas son árboles con muchas hojas, poco tronco y ninguna raíz. Yo estaba empeñado en escribir, pero no sabía ni cómo ni sobre qué.

“La lectura del Quijote fue un bálsamo y una revelación. De Cervantes aprendí que se podía cualquier cosa: relatar una acción, plantear una situación, describir un paisaje, transcribir un diálogo, intercalar un discurso o hacer un comentario, sin forzar la prosa, con claridad, sencillez, musicalidad y elegancia.”

Mendoza también reflexionó sobre la vanidad y el riesgo de caer en ella cuando uno se convierte en un personaje. La vanidad es una forma de llegar a necio dando un rodeo. Es un peligro que no debería existir: mal puede ser vanidoso el que a solas va escribiendo una palabra tras otra, con mimo y con afán y con la esperanza de que al final algo parezca tener sentido. La tecnología ha cambiado el soporte de la famosa página en blanco, pero no ha eliminado el terror que suscita ni el esfuerzo que hace falta para acometerla. Por lo demás, al que se echa a los caminos la vida le ofrece recordatorios de su insignificancia.