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Vivimos un capitalismo del fin del mundo, suicida

“El capital no tiene alma, no tiene corazón, más que la ganancia”, afirma Armando Bartra, en imagen de mayo de 2008. Foto Carlos Cisneros

Arturo Cano

Para abrir boca, Armando Bartra lo dice a la mexicana: Le estamos viendo el final a la olla de los frijoles, estamos rascando el fondo de la olla, y obviamente los que rascan son los grandes capitales.

Para ganar dinero –se explica Bartra– el capital invierte, está obligado a aumentar la productividad y explota a los obreros. La idea no es bonita, pero, bueno, como quiera que sea invierte, genera riqueza que, dicen, algún día va a gotear.

Esa idea del capitalismo –dice Armando Bartra (Barcelona, 1941)– no va más. Hoy ya no hablamos de ese capital, sino de otro que gana más cuanto más escaso es aquello con lo que lucra, que gana más cuando hay menos petróleo o menos agua, que gana cuando todos perdemos. Es un capitalismo del fin del mundo, un capitalismo suicida.

Bartra, voz indispensable en el mundo rural mexicano, pone cuatro libros sobre la mesa, obras en que explora sus antiguas y renovadas preocupaciones. La frase que abre Goethe y el despojo (Ítaca-UAM) las resume: Los apocalípticos jinetes del despojo recorren el mundo.

En esta obra, señala el autor, se habla de “una pareja de campesinos despojada por Fausto, al final de su vida, con tal de poder hacer unos diques. Hoy podríamos decir que es Slim con tal de poder hacer un desarrollo de cualquier índole. Y dice, ‘el despojo es inadmisible’, y sin embargo, la modernidad despoja”.

El despojo va de la mano de la destrucción que había explorado en El hombre de hierro (UAM-UACM-Ítaca), donde plantea que, hoy, la dimensión destructiva del capitalismo es tanto más grave que su dimensión explotadora. El problema es no solamente que nos explota, sino que nos envenena, nos mata, destruye nuestro entorno, destruye a la naturaleza y eso es tanto más grave que lo primero.

En seguida, algunos pasajes de la entrevista que se puede leer en extenso en nuestra edición en Internet.

–¿A quién le conviene la contaminación del agua? El sentido común diría que a nadie. Pero ahí tienes, por poner un ejemplo, a los desarrolladores de la Riviera Maya.

–Ese sería un excelente ejemplo, porque tú estás viviendo de la calidad del ecosistema, del clima, etcétera, y lo estás madreando. El capital no tiene alma, no tiene corazón, más que la ganancia. Y si la especulación con las rentas y con la depredación es la que te da más ganancias, pues es el camino.

La era del capitalismo depredador

En la mesa está también la redición de El México bárbaro, un libro sobre las monterías y plantaciones del sureste durante el porfiriato, que se ocupa de cómo hace 150 años llegan los grandes capitales estadunidenses, alemanes, holandeses, da igual, a depredar. Acabaron los árboles de chicle, los bosques, depredaron a las gentes y a las comunidades.

Aunque el capitalismo desmecatado y gandalla de la especulación financiera sigue ahí (con Soros y su caterva), actualmente asistimos a otro tipo de especulación que cobra cada vez más fuerza. El mundo de hoy es del capitalismo depredador.

“El gran capital se dio cuenta de que las rentas no sólo eran las rentas de dinero, lo que podrías jugar las compras de futuros, sino que la renta también podría estar en el petróleo (con las posibilidades que abre el fracking); además del agua dulce, porque su escasez hace que su monopolio sea un gran negocio; que la renta está en la tierra fértil, y por ello hay un proceso de compra de tierras a nivel global que es espeluznante.”

–En Se hace terruño al andar (UAM/Ítaca) ejemplifica con la presencia china en África.

–Y los países árabes petroleros comprando tierras. Estamos frente a la especulación con las tierras, el agandalle del agua, los metales. Porque el cobre se va a acabar, igual que el níquel y el hierro; los bosques, los lugares con clima templado, la biodiversidad, los lugares geoestratégicos, todo se va a acabar.

“Le estamos viendo el final a la olla de los frijoles, estamos rascando el fondo de la olla, y obviamente los que rascan son los grandes capitales. Es un capitalismo depredador, porque las rentas se basan en la posesión de los recursos naturales. No es la inversión productiva, explotando obreros, pero bueno, finalmente hay una inversión que produce mercancías, no, es agandallarse. ‘Soy el dueño de estos mantos freáticos, el agua es mía y mientras menos agua exista más rico soy’; o como en el caso de las mineras de varias partes del país, en las sierras de Oaxaca, donde a lo mejor ni hay minerales, pero tienes la concesión y con ella especulas en bolsa y ganas plata, es decir, tenemos un capitalismo rentista, que gana más cuando más escasos son los recursos. Cuando queden el último barril de petróleo, la última hectárea de tierra fértil, el último vaso de agua limpia, ese día los precios van a ser mayores, y los dueños de ese vaso se van a forrar de dinero. Tenemos un capitalismo del fin del mundo.”

La lógica del capital en un mundo de escasez

–Nadie parece quedar a salvo.

–La cosa es tan grave que los gobiernos progresistas de América Latina, sin excepción, enfrentados al hecho de tener el gobierno y un pueblo pobre con demandas perentorias, echaron mano de los recursos naturales y de sus rentas para redistribuir y mejorar el nivel de vida de la gente que estaba muy pobre. Son recursos naturales, por ejemplo, la agricultura de exportación, la soya de Brasil y Argentina. Los gobiernos progresistas se vieron atrapados en el mismo engrane, porque la puesta en valor de los recursos naturales es lo que paga más, con mucho. Entonces, no puedes darte el lujo de invertir lo poco que tienes en otra cosa que paga menos, en este caso porque tienes necesidades sociales que resolver, y te vuelves extractivista.

“Los gobiernos progresistas no lograron, aunque lo intentaron, salir de esa trampa, de extraer los recursos que ya existen mucho más que hacer inversiones productivas para que a mediano o largo plazo en un mercado muy competido puedas sobrevivir.

Enfrentamos un capitalismo del fin del mundo, una crisis de escasez, no de sobreproducción. No es el tema de la economía, que anda de la chingada y va a seguir, es un problema de energía, de agua dulce, territorio, biodiversidad, bosques. En un mundo de escasez, la lógica de acumulación del capital es infinitamente más perversa que en un mundo de abundancia.

Luchas transclasistas y multisectoriales

–Las resistencias se multiplican.

–Cuando hablo de la defensa del territorio y del patrimonio estoy hablando de la lucha de la humanidad por su existencia, y esa lucha la están dando aquellos que están en la primera trinchera, en el campo. Cuando algunos de esos movimientos, por el agua o la tierra, dicen que son movimientos por la vida, no están errados, porque es una lucha por la vida.

–Luchas que no necesariamente son de los más pobres. Hablas en uno de tus textos de que se trata de luchas transclasistas y multisectoriales.

–Las viejas luchas por las tierras, desde el zapatismo, las de los setenta, siempre fueron luchas por lo que hoy llaman territorio, pero bueno hoy se refiere a un ámbito mucho mayor. Son luchas que abarcan sectores sociales muy diversos.

–En lugar de usar las fórmulas del neoliberalismo y anexas, prefieres hablar de un capitalismo desmecatado y gandalla. ¿Por qué ese lenguaje?

–El cliché es una maldición. Sirve para ocultar las cosas y no para revelarlas: uno escucha una fórmula repetida y le hace clic, como ya sabe deja de escuchar, no hay problematización, no hay nada que se revele, todo se oculta tras esta fraseología. Y estoy hablando de la fraseología común, la que se usa en el periodismo, la que usamos todos los días, y también del lenguaje de cliché en la academia, más peligroso todavía porque la academia tiene clichés mucho más sofisticados.

(La versión extensa de esta entrevista)