Más atención habría que dar ya al año electoral de 2018, puesto que buena parte de la ciudadanía y de la clase política se encuentra enredada en esas fechas, obviamente para “orientarse” en el misterio presidencial de ese año.

Bueno, una primera cuestión que parece haber pasado definitivamente a la historia es que esa “orientación” tenga lugar, como era costumbre, leyendo en la cara del “todopoderoso” presidencial sus preferencias o inclinaciones, incluso las más secretas y disimuladas; adelante la interpretación tenía lugar en la narrativa que se dejaba escuchar entre los principales sectores reconocidos del PRI, o en buen número de casos, versión también muy influyente, por la personalidad o cercanía de tal o cual político de alcurnia al “Señor Presidente”. Otra posibilidad más, que cumplía con los azares del destino, tal vez resultaba de una carambola complicada en que unos y otros procuraban participar, o a veces ocultar.

Pues bien, los indicios actuales nos harían pensar que esas prácticas se cancelaron definitivamente. O, en buena medida, queremos creerlo y lo deseamos, porque ahora el procedimiento básico sería otro, más cercano a la democracia. Es decir, no se trata ahora de ver en que dirección baja lo que se llamó el “dedo total” o el “dedo mágico”, capaz de despejar todas las dudas y de limpiar las rebabas que habían quedado en el firmamento de los políticos, todo ello en aras de un supuesto o real avance democrático.

De acuerdo, en todo caso hoy estamos mucho más cercanos al juego político electoral,  a los sectores o fuerzas que se oponen entre sí como adversarios en iguales condiciones, lo cual sería el ideal de la lucha democrática. Ya no parece ser la decisión de un solo individuo la que prevalece, sino el resultado de un eventual juego político múltiple, de partidos, corrientes e incluso candidatos independientes, como ahora se les llama, lo que definiría al ungido, al ganador.

Creo que relativamente hemos entrado a esta nueva etapa, aun cuando habrá que considerar todos los tropiezos y desviaciones que en la práctica seguramente se darán. Es decir, siguen siendo absolutamente necesarias las leyes y los tribunales electorales, que ahora intervendrán de manera cada vez más objetiva, y no como antes, voceros y “decididores” de los hombres del poder (más elevado) que apenas los usaban como “correctores” de las propias decisiones o como instrumentos de castigo de los enemigos reales o fingidos, construidos.

En el momento, tal vez el problema más debatido es el que se refiere a la renuncia del senador Barbosa, del PRD, respecto a su gestión como coordinador de los senadores de ese partido, para militar en “Morena”, la organización que dirige Andrés Manuel López Obrador.

Por supuesto los actuales dirigentes del PRD y un buen número de militantes de ese partido, alzaron sus voces pidiendo de hecho la expulsión de Barbosa del partido y de la función que venía desempeñando, tratándolo indirectamente de traidor y de romper las posibilidades de una real fusión de las izquierdas en México.

Pero el golpe tuvo también la repercusión contraria de decidir a un conjunto, tal vez bastante importante, de militantes y congresistas del PRD, a anunciar públicamente su retiro de ese partido y su intención de pasar a la militancia en “Morena” a favor de Lopez Obrador.

Resumiendo mucho, podemos decir que los eventos políticos más comentados del Congreso en los últimos días han llevado a un fortalecimiento inesperado de Andrés Manuel López Obrador con vistas a su candidatura presidencial en 2018. Tal cosa, por cierto, es ya una especie de “acontecimiento anunciado” en vista de que Andrés Manuel desde hace un buen número de semanas y meses, por más que se le ha querido silenciar, resulta el candidato más favorecido en las encuestas recientes.

No hay duda que el incidente “Barbosa”, sumado a otros dimes y diretes, que se han cruzado entre los partidos últimamente, pero incluido también el amplio llamado que efectuó recientemente Lopez Obrador a “cerrar filas” en la izquierda y a lograr su unidad, están ya redundando grandemente en su beneficio político y en demérito de otros partidos, no solamente incompetentes en su proceder sino incapaces de negociar y establecer una cierta coherencia política en las visiones, lo que los ha situado en una debilidad abrumadora. Por supuesto también al PRI, al que no salvan sus más de setenta años en el poder sino que, por el contrario, lo exhiben una vez más como incapaz y fuera de tiempo para seguir gobernando este país.

Estamos ya viviendo y entrando al mismo fenómeno que, por otras vías, han experimentado recientemente distintos países: y que es, abreviando mucho, el rechazo al establishment, es decir, la oposición a los círculos de  poder y a las prácticas sociales más tradicionales y acostumbradas, tal vez, principalmente al modo rutinario y caduco de realizar las cosas, que encuentra ya un cansancio evidente y entonces una oposición tajante, un real disgusto en los más diferentes círculos sociales.

Y parece que tal va siendo el destino y futuro del país: una fuerte oposición al pasado, a lo existente y, sobre todo parece haberse elegido como lo nuevo y actual, el atractivo mayor para votar a Andrés Manuel López Obrador. Ya veremos que pasa no en fechas tan lejanas, pero por lo pronto parece que se cumplen estos principios aparentemente vigentes plenamente.

Por supuesto, en un país como México la situación puede variar enormemente y con rapidez.

Sobre todo, en mi opinión, porque la cultura del partido único triunfador por más de siete décadas ha dejado modos de hacer y de percibir la política que no son fáciles de modificar y menos de extirpar.

Todo indicaría, no obstante, que lo caduco se quedará fuera con sus incapacidades conocidas y que se anuncian nuevas formas operativas en la relaciones políticas y sociales de lo que resultará, sin duda, una novedad y una renovación: de ahí su fuerza anticipada y su promesa de futuro en México, dentro de la democracia

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