- Morena: unidad y ¿cambios?
- Trump: amago persistente
- Reto: elecciones intermedias
Julio Hernández López
El año que ha iniciado entraña retos mayores para la presidenta Sheinbaum y el proceso denominado Cuarta Transformación.
Sombras, contradicciones, tironeos internos, riesgos de divisiones y una persistente presión trumpiana que se va sobrellevando mediante ofrendas incesantes, justo cuando se ha acumulado un enorme poder institucional en una sola corriente política (algo parecido a lo que mediante imposiciones tuvo el Partido Revolucionario Institucional durante décadas, aunque sin la legitimidad electoral de Morena).
Una parte importante de la imprecisión o disonancia en el aparato guinda de poder proviene del anómalo hecho de que la actual presidencia de la República mantiene, por acuerdos previos a la elección de 2024 e incluso por decisiones propias, muy vigorosa la presencia del jefe político oficialmente en el retiro, ahora alojado en Palenque.
Es probable que una de las decisiones necesarias de Claudia Sheinbaum en este año naciente esté relacionada con la toma plena y explícita del timón político y administrativo, sin rupturas pero sin dudas, mucho menos retos de algunos de las subsistentes piezas del tinglado anterior que ahora le juegan no tan discretamente las contras (no solo en el terreno legislativo, con el bloqueo o “corrección” a las iniciativas presidenciales, sobre todo en cuanto al nepotismo, con los intentos de sucesiones familiares en Zacatecas, Guerrero y San Luis Potosí como abiertos desafíos a Palacio Nacional).
La presidenta de la República también necesitaría revisar los términos en que está ejerciendo uno de sus instrumentos centrales de maniobrabilidad política, la conferencia de prensa conocida como La Mañanera. Son demasiadas las ocasiones en que recurre al expediente simple de señalar que señalamientos o denuncias precisas se “revisarán” o serán “atendidas” por la burocracia correspondiente, restando al ejercicio matutino el sentido ejecutivo, si no resolutivo cuando menos más imperativo, que podría esperarse ante temas críticos.
En tal contexto interno difícil, con crecientes exigencias sociales y una menor disponibilidad presupuestal, con notables índices presidenciales de popularidad pero, al mismo tiempo, una incesante labor opositora de erosión, e incluso con un panorama internacional latinoamericano que va cargándose hacia la derecha en las sillas presidenciales, la presidenta Sheinbaum y la llamada 4T están sujetos a los correspondientes planes de expansión conservadora de Donald Trump.
México ha eludido los disparos de precisión de los aranceles mediante la adhesión al esquema trumpista que reclama a América toda para Estados Unidos, con exclusión explícita de China; además, ha cumplido con la exigencia de frenar flujos migratorios hacia el país vecino y se ha opuesto solo en el discurso a la agresión gringa de migrantes ya asentados allá; en el terreno de la “guerra” al crimen organizado ha cedido a las pretensiones de Washington, restaurando la relación con agencias como la DEA, y cumpliendo con cuotas de detenciones, confrontaciones y desmantelamiento de grupos delictivos importantes, sobre todo sinaloenses.
Y, sin embargo, el proyecto trumpista de mayor control de México, se mueve. La mira del comedor compulsivo de hamburguesas de McDonalds está puesta actualmente en otros escenarios, algunos concretamente bélicos y otros en los que ha mostrado abierto intervencionismo electoral, pero llegará el momento (las elecciones intermedias) en que el trumpismo intentará influir en México.
Una pieza menor se ha retirado, el neocristero cinematográfico Eduardo Verástegui, que ya no intentará construir un partido político, pero queda Ricardo Salinas Pliego como posible aspirante presidencial o como eje impulsor de alguna candidatura propicia a los intereses de Estados Unidos.
Y, mientras ha iniciado su periodo el socialista democrático Zohran Mamdani como alcalde de Nueva York, ¡feliz año nuevo a los lectores de esta columna y nos leemos acá el próximo lunes!





