En su segunda aportación a la competencia, el cine rumano ha venido a dar un respiro tras tres días de desengaños. Con Bacalaureat (Graduación), el director Cristian Mungiu describe el punto crítico al que llega la vida del respetable doctor pueblerino Romeo Aldea (Adrian Titieni) después de que una pedrada rompe uno de los vidrios de su casa. Esa misma mañana, su hija Eliza (Maria Dragus) sufre un intento de violación; la joven está por terminar el bachillerato y el padre espera que sus buenas calificaciones en los exámenes finales le permitan ganarse una beca para estudiar en el Reino Unido. Para ese fin, Romeo pide algunos favores que tienen repercusión cuando se investigan los crímenes de un funcionario deshonesto que se vuelve su paciente.
El rigor naturalista que caracteriza al nuevo cine rumano evoca a ciertas películas polacas de los años 70: de alguna manera, el protagonista se encuentra ante una crisis existencial, un callejón sin salida de su propia autoría. Por poner en práctica el influyentismo –herencia de la corrupción gubernamental de la era Ceaucescu– el intento de Romeo por hacer lo correcto se topa con un dilema moral. Aunque menos intensa que 4 meses, 3 semanas y 2 días, que le valió a Mungiu la Palma de Oro en 2007, Bacalaureat es una fría y despiadada disección de la actual sociedad rumana.





