Pedro Miguel

No hay la menor duda de que Estados Unidos se encuentra, en los hechos, en una situación de emergencia, y Donald Trump tenía sobrados motivos para declararla, como lo hizo ayer.

No es para menos: la economía cruje por todos lados como efecto de la inflación, la incertidumbre financiera y los incendios en distintos ámbitos del comercio internacional; es patente el deterioro de las condiciones de vida de sectores crecientes de la sociedad; hay una inocultable corrupción galopante, practicada y alentada por el círculo presidencial; se erosiona la Organización del Tratado del Atlántico Norte, punta de lanza estratégica estadunidense en Europa, pero también en Medio Oriente, Asia Central y África; los vínculos de Washington con sus aliados y socios históricos están severamente debilitados; se vive un conjunto de confrontaciones interinstitucionales y exaspera y polariza a la opinión pública el espectáculo de grupos paramilitares que asesinan, hieren, golpean y secuestran a personas en las calles de diversas ciudades con la bendición de la Casa Blanca.

La evaluación de la gravedad de la circunstancia es acertada; lo equivocado es el diagnóstico de su causa. La “amenaza inusual y extraordinaria” es el desbarajuste interno y externo provocado desde la cúpula del régimen, encabezada por el único dictador en el mundo que –¡bravo por la sinceridad!– se reconoce como tal (https://shorturl.at/mNN9M); decir que proviene de Cuba es un mal chiste que sólo se le pudo ocurrir a Marco Rubio y que nadie más que su jefe podría expresar en público sin sonrojarse.

La afirmación de que “las políticas, prácticas y acciones del gobierno de Cuba están diseñadas para perjudicar a Estados Unidos y apoyar a países hostiles, grupos terroristas transnacionales y agentes malignos que buscan destruir a Estados Unidos” (https://shorturl.at/n74oq) lleva a imaginar un poderoso Estado caribeño que trata de aplastar a una pobre nación desamparada e inerme situada al norte.

Algo parecidamente estúpido arguye el autor de bestsellers fascistas Peter Schweizser en su libro The Invisible Coup: How American Elites and Foreign Powers Use Immigration as a Weapon (https://shorturl.at/EY2fS), en el que afirma que México promueve, por medio de sus consulados, un golpe de Estado en la nación vecina y que procura “afectar las elecciones presidenciales” estadunidenses.

Se trata, en ambos casos, de ejemplos de mecanismo proyectivo, del que se ha hablado ya en este espacio: “cuando percibimos algún aspecto negativo de otra persona, algo que nos produce rechazo y desagrado, incluso cuando apenas conocemos al otro, muy posiblemente estemos proyectando en la otra persona aspectos propios que nos resultan intolerables” (https://shorturl.at/ElTIN).

En ambos casos, la realidad es exactamente la contraria: son las prácticas y acciones de Washington las que están diseñadas para perjudicar a Cuba y para financiar y promover “grupos terroristas internacionales y agentes malignos” que buscan la destrucción del gobierno cubano. Y es Estados Unidos el que ha practicado una sistemática intromisión en la política interna de México, ya sea con la anuencia de presidentes serviles, como todos los del periodo neoliberal, o con la oposición explícita de los gobiernos de la 4T, y ya fuera con Trump, con Biden o nuevamente, con Trump. Recuérdese, si no, cómo el metiche ex embajador Ken Salazar se creía con derecho a opinar sobre la Reforma Judicial aprobada en nuestro país a fines del sexenio pasado (https://shorturl.at/SdgAh).

Pero más allá de las colisiones entre los dichos del trumpismo y la realidad, el hecho es que los primeros exhiben, además de posibles condiciones clínicas por parte del dictador –oportunamente aprovechadas por sus subordinados para impulsar intereses propios–, intentos de huida hacia adelante y ensayos para construir molinos de viento externos que le permitan eludir la cada vez más angustiosa situación interna y la disfuncionalidad inocultable de su gobierno.

En fin, es claro que Estados Unidos se encuentra en emergencia nacional. Pero el factor que la ha desencadenado no es China, ni Irán, ni Europa, ni Venezuela, ni Cuba, y mucho menos México. La crisis aguda de la superpotencia tiene una firma inmediata y clara: un garabato furioso de líneas gruesas, angulosas y agresivas que corresponden a la rúbrica del presidente de Estados Unidos y que simbolizan el declive, acaso terminal, de su país.

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