Pilar Torres Anguiano

“La redención discursiva de una pretensión de verdad
lleva a la aceptabilidad racional, no a la verdad”

Andan diciendo que la escuela nos preparó para un mundo que ya no existe. Cada cierto tiempo vengo escuchándolo, leyéndolo, encontrándomelo en esas escroleadas al celular para pasar el tiempo. ¿Qué pensarían si supieran que su novedosa idea es de un filósofo que vivió hace 25 siglos? De Heráclito a Habermas, nadie puede bañarse dos veces en el mismo río porque todo fluye.

Pero, a diferencia de Heráclito, Habermas no entiende el “devenir” como una evolución metafísica sino como una reconstrucción racional de la sociedad a través de la acción comunicativa y la reflexión. Hablo de Habermas en presente, a pesar de que hace dos horas me enteré de la noticia de que acaba de morir, porque creo que las ideas en tanto vuelven a pensarse, se hacen presentes; y los filósofos siguen habitando el mundo.

Habermas dedicó gran parte de su trabajo a entender cómo es posible la democracia en sociedades complejas. Para él, la democracia no se reduce a elecciones ni a la existencia de instituciones formales. Su fundamento más profundo está en algo menos visible pero más decisivo: la capacidad de los ciudadanos para deliberar públicamente. Es decir, para discutir asuntos comunes mediante argumentos, escuchar razones ajenas y, eventualmente, construir acuerdos.

Habermas analiza cómo surgió en la modernidad un espacio intermedio entre el Estado y la vida privada: la esfera pública. Cafés, periódicos y espacios de discusión donde los ciudadanos podían debatir los asuntos de interés común. Así, desarrolló uno de sus conceptos más influyentes: la colonización del mundo de la vida.

Por un lado, está el mundo de la vida: el espacio cotidiano donde las personas construyen significados, valores y relaciones a través del lenguaje; ya saben: la cultura, la familia, la vida social en general. En ese mundo, la comunicación busca el entendimiento. Por otro lado están los sistemas (como el económico y el político) que funcionan mediante lógicas diferentes: el dinero y el poder.

El problema aparece cuando las lógicas instrumentales invaden los espacios cotidianos y entonces, el mundo de la vida es colonizado. El rollo puede sonar abstracto, pero basta observar la conversación pública contemporánea para reconocerlo.

Las redes sociales, por ejemplo, nos han ampliado el espacio de expresión pero también han introducido dinámicas que transforman radicalmente la discusión pública. Se privilegian los mensajes breves, emocionales y virales. Las discusiones se organizan en torno a consignas, no a razonamientos… y todo se amoló porque la cosa comienza a parecerse más a una competencia estratégica por imponer narrativas.

Los argumentos importan menos que la eficacia comunicativa, la capacidad de movilizar emociones. Esto último es lo que Habermas llama colonización del mundo de la vida: el espacio donde los ciudadanos deberían deliberar como iguales se transforma en un terreno de lucha estratégica.

Lo de menos es la polarización en sí. El riesgo más profundo es la demolición del diálogo. Si dejamos de creer que el intercambio de ideas tiene sentido, la política y la vida social, se reduce a una mera correlación de fuerzas.

Por eso, a pesar de haber sido formuladas hace décadas, las preguntas de Habermas siguen siendo extraordinariamente actuales. Especialmente ahora que estamos saturados de información, sobre estimulados, condicionados por algoritmos y por discursos polarizados, su obra nos recuerda algo elemental pero decisivo: la democracia no se sostiene únicamente en instituciones, sino también en la calidad de nuestras conversaciones públicas. Así las cosas, el futuro de la democracia depende de recuperar ese espacio frágil donde la gente todavía pueda hablar entre sí no para vencer, sino para entenderse.

Entonces, quienes afirman que la escuela nos preparó para un mundo que ya no existe suelen olvidar que la educación nunca tuvo como única función entrenar para un escenario fijo. Las profesiones cambian, los mercados se transforman y las tecnologías se vuelven obsoletas con rapidez. Lo que permanece es la capacidad de pensar críticamente y formular preguntas nuevas frente a realidades imprevistas. En ese sentido, la filosofía —desde Heráclito hasta Habermas— no enseña respuestas definitivas, sino algo más duradero: la práctica de razonar, argumentar y comprender procesos históricos en transformación.

En ese sentido, Habermas estaría de acuerdo en afirmar que la verdadera utilidad de la filosofía no está en haber descrito un mundo que ya pasó, sino en haber enseñado a pensar cuando el mundo —como siempre— vuelve a cambiar.

@vasconceliana

Reloj Actual - Hora Centro de México