Luis Ricardo Guerrero Romero

El abuelo que no parece tan longevo, pues su generación se aventuró a ser padre desde joven, se ha mudado de casa, ha decido ser colono y no ya originario, apostó sus últimos años a las habladurías de la ciudad, los aromas caprichosos y el sinsabor de un amor que nunca más volverá. En cuanto su nieto lo recibió, éste no dubitó en decirle: -¡y bien abuelo!, ¿qué piensas de la colonia?.. no supo lo que preguntó, el viejo sabía cosas que a pocos les increpa.

Hijo (mirándolo con ojos plagados de preguntas le dijo), la palabra colonia tiene algo de paradoja: suena a perfume caro o a barrio tranquilo, pero su historia lingüística huele más a tierra removida, viajes inciertos y decisiones políticas de gran calado.

En el latín, donde colonia nace con una claridad casi agrícola. Proviene del verbo colere, que significa “cultivar”, “habitar” o incluso “venerar”. De ahí emergen palabras como culto, agricultura y colono. Una colonia, en su origen romano, no era otra cosa que un asentamiento de ciudadanos enviados a tierras conquistadas para trabajarlas y, de paso, asegurar la presencia de Roma. Es decir, una mezcla de granja, cuartel y declaración política: sembrar trigo y soberanía al mismo tiempo. No es casual que el colonus fuese tanto agricultor como habitante: cultivar la tierra implicaba también cultivar la pertenencia.

Por su parte el griego clásico, hay una voz idéntica a la nuestra que describe la colina, o quienes bajan de la colonia para hacer vida en otro lugar ajeno: κολωονια [koloonia], sumamos a ello que apoikía (ἀποικία), literalmente “lejos de la casa” (apo- = fuera de; oikos = casa) asume ya a quien viene de la colina. Podríamos decir que mientras Roma plantaba sucursales, Grecia enviaba “hijos independientes” con nostalgia incluida.

Recuerda pues hijo que, la palabra colonia ha viajado tanto como las personas que designa. En la Edad Moderna adquirió un matiz marcadamente político: territorios dominados por una potencia extranjera, a menudo con explotación económica y subordinación cultural. Aquí el sentido agrícola original se transforma en algo más áspero: ya no sólo se cultiva la tierra, sino también relaciones de poder.

Además no te olvides del ámbito de la biología y la medicina, en donde colonia designa un conjunto de microorganismos —bacterias, hongos— que crecen a partir de una sola célula en un medio de cultivo. En una placa de laboratorio, esas pequeñas manchas circulares son auténticas “micro-ciudades”: organismos que se multiplican, se organizan y ocupan un territorio. El científico, en este caso, es una suerte de emperador romano en bata blanca, observando cómo sus colonias prosperan… o fracasan.

Sé que me preguntas por el conjunto de viviendas, y no por la fragancia, aunque después de todo, el aroma es una colonia que se instala —con ambiciones menos imperiales— en la piel.

El nieto colonizó a su abuelo en un abrazo y agradeció la historia que pobló su curiosidad.

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