Luis Ricardo Guerrero Romero
El basurero no es un lugar al que uno acude en busca de revelaciones. Sin embargo, entre montículos de objetos olvidados —un zapato sin pareja, periódicos amarillentos, juguetes rotos, celulares para extorsionar— parecía latir una memoria secreta del mundo (todo mundo tiene un basurero mental, por alguna cisura de Silvio o de Ronaldo). Allí, donde lo desechado se amontonaba sin jerarquía, yo había decidido pensar en las palabras: esos otros restos que el tiempo pule, deforma y, a veces, ennoblece.
Arrastraba el viento bolsas como si fuesen eccemas nostálgicos en la ternura de la piel del alma… encontré un fragmento de metal oxidado, tenía la forma de una punta, quizá de flecha, quizá de algo más antiguo. Lo sostuve entre los dedos, mientras mi mente recordaba las guerras antiguas, las guerras de flechas, donde se manifestaba la voz griega: βέλε -ος, [bele- belos] la cual describe el venablo, el proyectil, el arma arrojadiza. Toda lengua conserva en su interior ese impulso: el de lanzar significados como quien arroja una lanza al aire, esperando que alcance su blanco, haciendo la guerra.
De βέλος con el tiempo al añadirle el sufijo: ικός (iko), sale lo bélico, lo concerniente a las armas, a la lucha, al conflicto. Es un desplazamiento sutil pero decisivo: del instrumento a la condición, de la cosa concreta al campo semántico que la rodea. Así nace, en espíritu, lo “bélico”.
Aquel trozo de metal, cubierto de herrumbre y olvido, también lo usó Roma, pero en el latín tomó la forma de bellum. No obstante, ya no se trató del proyectil específico, sino de la guerra misma. El latín, con su vocación organizadora, absorbe el ímpetu griego y lo convierte en categoría, en sistema, en institución incluso.
Aquello que había nacido como βέλος, como proyectil concreto, no sólo había evolucionado en las lenguas, sino también en las conciencias. En los himnos de toda nación, lo bélico ya no es únicamente la violencia del arma, sino una metáfora compartida: el combate por la identidad, la afirmación de una comunidad frente al olvido o la amenaza. No se arrojan lanzas, pero se elevan voces; no se empuñan venablos, pero se invoca su antigua energía.
Arrojé aquel fragmento al montón, al montón de palabras que pepeno. Su caída fue leve, casi inaudible. Pensé que, de algún modo, también yo había lanzado algo: una cadena de sentidos que cruzaba siglos, desde el griego antiguo hasta hoy, desde el campo de batalla hasta este humilde basurero, y de ahí a las voces que, en himnos lejanos, aún resuenan con ecos de lucha. Pues tal como Nietzsche apuntó: “¡No soy un hombre, soy dinamita!”.





