Connie Hunter

David Ojeda lo vio bajarse de un avión DC3. Lo recibieron él y un joven funcionario del municipio de San Luis Potosí. Fue el 24 de mayo de 1974 a las doce del día, recuerda. Llegaba un hombre vestido de traje café con un maletín pequeño en una mano y un diario deportivo en la otra. La impresión que causó este periódico lo obliga a mencionarlo y explicar que para los que se consideraban de izquierda el deporte era un distractor del pueblo, por lo que le costó tiempo entender cómo un personaje como aquel podía leer y estar al día en temas de futbol.

Esa misma tarde empezaron los talleres en la ciudad de San Luis Potosí. Para entonces, ya se había corrido la voz de que la UNAM y el Instituto Nacional de Bellas Artes abrirían en la Casa de la Cultura un taller que sería dirigido por un escritor ecuatoriano exiliado en México. Esto representaba una gran oportunidad, puesto que hasta entonces “si alguien quería estudiar literatura debía irse al DF” comenta Ojeda. Pero fue gracias a personas como el arquitecto Francisco Cossío y el poeta y presidente municipal Félix Dahuajare, que apoyaron el proyecto en la ciudad y lo llevaron a cabo.

Para el historiador potosino Óscar G. Chávez “Donoso vino a revolucionar el estilo conservador de la provincia. Sin embargo, curiosamente encuentra un San Luis que lo respeta y lo acepta”. Antes de él, explica, la principal referencia de poesía en la ciudad era Joaquín Antonio Peñalosa. “Donoso un ateo comunista, el otro un curita de pueblo”, pero a pesar de esas diferencias entre ellos hubo una relación bastante cordial.

Armando Adame, de la primera promoción, recuerda que en aquella época lo único que conocía de Miguel Donoso era que había escrito Prosa joven de América Hispana (1972) de la colección SepSetentas. “Donoso nos hizo entrar en conflicto con la literatura que tenían nuestros mayores, muy tradicional y canónica. Con él descubrimos la literatura latinoamericana y en los talleres hallamos un espacio apasionante”, comenta.

En estos encuentros quincenales se combinaba la camaradería y la autoridad con un estilo muy provocador. Como debe ser un maestro, enfatiza Ojeda. Era una especie de sadomasoquismo, recuerda Adame. Y para el público femenino podía ser visto incluso como algo misógino, explica Laura Elena González, alumna de la tercera promoción (1977). Sin embargo, ella percibe que no lo eran.

Aunque el medio potosino podía llegar a estar en desacuerdo con este estilo, reconocía también que fue gracias a los talleres que la literatura en esta ciudad empezó a ser reconocida, lo que hizo que las siguientes generaciones ya no sólo buscaran un espacio para escribir sino para ganar fama. Entonces la verdadera razón de los talleres se iba perdiendo, lamenta Ojeda.

Para Adame y González, hablar de Donoso en San Luis Potosí sin hablar de David Ojeda no tiene sentido, no sólo por la profunda amistad que tuvieron, sino porque además es él quien continuó dirigiendo los talleres literarios que llevan el nombre del maestro hasta la actualidad.

Entrar al taller no tenía un costo económico, pero sí un costo personal. El rigor demandante del maestro Donoso les generaba a sus estudiantes todo tipo de emociones. Pero aquellos que querían escribir de verdad, seguían adelante exponiendo sus textos a la crítica.

Laura Elena González describe la sencillez del método: había que escribir y someter nuestros textos a la lectura. La presencia de los otros en el taller hace que uno sienta la relación con el texto de una manera diferente. Entonces entraba una voz informada, generosa pero exigente. Era una praxis que permitía de inmediato un aprendizaje.

Miguel Donoso Gutiérrez, hijo del maestro, recuerda que “la gente trabajaba con muchísima seriedad y hasta dureza, pero eso jamás repercutía al salir de ahí. La crítica era objetiva, profesional y sobre el texto, no sobre la persona, ni sobre su valía como escritor. Simplemente estaba claro que lo único importante, que lo más valioso, era el texto y la crítica debía ser realizada después de una lectura atenta, con un análisis serio, profundo y sin subjetividades”. Quienes no aceptaban la crítica desertaban pues, como explica Adame, en el pasado habían estado acostumbrados a no ser críticos sino más bien aduladores.

Donoso no dejó un estilo en la literatura, pues los talleristas reconocen el respeto que él le otorgó al estilo individual. La picardía y el humor del maestro se combinaban con “ese desprecio a la mediocridad”, como lo describe el historiador G. Chávez, quien recuerda a Donoso haber hecho comentarios como: si has venido para leer tus Frankenstein literarios mejor te hubieras quedado en tu casa.

Para muchos de sus alumnos Donoso fue como un padre, reconoce Adame. González lo recuerda como un hombre cuya presencia se imponía. Para ellos, esta presencia representó el inicio de un camino que continúa hasta hoy. Donoso Gutiérrez recuerda: ellos (los talleristas) eran muy importantes para mi papá y siempre se entregó con honestidad al trabajo, sin ninguna concesión por afecto, porque el afecto lo demostraba siendo preciso en su crítica. Incluso duro, pero siempre agudo y profundo en su lectura.

A su paso por México (1964-1982), entre afectos y enseñanzas, el maestro Donoso, quien falleció hace justo un año en su país natal, dejó “hijos literarios” como José de Jesús Sampedro, Armando Adame, Laura Elena González, Ysabel Galán, Ignacio Betancourt, Alberto Enríquez, Teresa Martínez, Enrique Márquez, Juan Villoro e incluso el mismo Félix Dahuajare (+), quien al dejar la presidencia municipal se unió con total humildad a los talleres literarios y desde entonces cambió drásticamente su estilo de hacer poesía, según advierten Ojeda y González.

Pero también deja muchos nietos literarios como el actor Joaquín Cossío, quien en el lanzamiento de su último libro enfrentó a la prensa diciéndoles que si sólo hubiera sido poeta seguramente no estarían ahí pues, como afirma Laura Elena González, la literatura es algo que no a todos interesa.

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