Luis Linares Zapata

Con la toma de posesión del nuevo presidente de Colombia se añade un subrogado más a la amplia lista de voluntarios derechistas latinoamericanos. Orgullosos de ceder su escasa soberanía remanente, este bravucón de medio pelo, acicalado como muñeco endeble y feo, corrió a refugiarse entre un batallón de soldados. Ahí, confiado en su protección, les pidió ayuda para gobernar. De esta rápida y dura manera inauguró lo que será su periodo de gobierno. Las escasas ideas vertidas sólo refuerzan su deseo de batir al crimen con este tipo de fusiles al frente. Nada nuevo en la larga historia del combate a rebeldes, productores y negociantes de narcóticos que ha visto y sufrido ese país sudamericano. Una larga y dolorosa saga de muertes, inestabilidades y tropelías de élites que se han enquistado en el alma de gran parte de la sociedad. 

Cuajado en deseos de que escuchen su plegaria fuera de su contorno, Abelardo de la Espriella, como otros muchos de por allá, fija la mirada en Estados Unidos, ahí precisamente donde habita, amenaza, invade y se hace rico el señor Donald Trump, su referente y esperanza de apoyo para la aventura que acaba de emprender. Solicita, de varios modos y tonos, su comprensión, guía y apoyo para lo que, dice, habrá de enfrentar. 

Ofrece, a cambio, su concurrencia a esa tribu que se ha venido integrando con varios de sus vecinos. Escudo de las Américas, lo llaman. Una troupe de similares entreguistas derechosos a los que se les alineará en una fuerza militar trasnacional para atacar al narcotráfico. Ahí asistió, en primera línea, el ya avanzado y estrella de ese mundillo Javier Milei, el de la convulsa Argentina, deseoso de llevar a su país y sociedad hasta los limites de la desesperación. Pero no sólo él compartió estrellato. También Daniel Noboa y Rodrigo Paz, el boliviano, o José Antonio Katz, el chileno, y otros más hicieron entrada triunfal al escenario. 

Como bien puede verse y preverse, una alegre pandilla que no llevará buenas noticias a sus congéneres nacionales, quienes recibirán a cambio estridencias y desbarajustes al por mayor. De la Espriella, de inmediato, modificó políticas externas con Marruecos e Israel que en poco o nada pesarán. Alocados pitazos, insignificantes para el mundo, glorias efímeras de primerizo. 

Pero este fenómeno de cambio sudamericano es digno y urgente de tomarse muy en cuenta. Lo es porque integrarán el respaldo político que Trump habrá de usar en cualquier emergencia que tenga pensada. Y lo es también porque tanto Brasil como México son lo dos únicos países que mantienen posturas ideológicas divergentes, y esas posturas son una espina clavada en el pecho, no sólo en el de Trump, sino de todo su equipo cercano de gobierno. Muchos de esos personajes son de sumo cuidado tanto por su nivel encumbrado y escasa sensatez, como por su notoria incapacidad para desempeñar su cargo con destreza y humana honradez. 

La ya muy próxima batalla electoral que le espera a Lula da Silva en Brasil es, desde hace buen rato, una muestra más del intervencionismo trumpista. Tal y como lo ha venido haciendo en todos y cada uno de los países que han tenido elecciones, la injerencia gringa ha sido, hasta el momento, una ayuda determinante para el triunfo electoral derechista. Casos como el de Argentina fueron paradigmáticos: retirar la ayuda de 20 mil millones de dólares necesarios para la continuidad de ese país. 

Es de esperar que los brasileños y su presidente puedan sortear lo que vendrá. Pero no hay que quedar esperando a ver lo que suceda. Lula requiere ayuda y México no puede progresar y sostenerse aislado. Hoy, juntos balancean con ventaja el peso del resto de aliados de Trump. Pero una estancia política, y geopolítica de Claudia Sheinbaum y de México en solitario correría riesgos y presiones insoportables. Será necesario instrumentar un accionar totalmente distinto. Se sabe que la presidenta está sopesando visitar Brasil. Debe hacerlo por muchas y variadas razones. 

Pero, además, por la propia estabilidad. Lula ha desplegado una muy amplia militancia en foros y arreglos internacionales y tiene respetuosa aceptación y prestigio. Su ascendencia en los países BRICS+ es reconocida con amplitud. Sheinbaum no puede prescindir de tal respaldo. Durante muchos años estos dos países vitales para Latinoamérica vivieron separados. Se vieron mutuamente con desconfianza. Compitieron por el liderazgo sin proponérselo. 

Esa historia debe quedar atrás. Mucho dependerá que Lula y Claudia encuentren los puntos de apoyo para una senda de trabajos y emprendimientos en común. Las dos grandes petroleras de estos dos países fincan una ruta promisoria que debe complementarse y robustecer las aventuras sociales que ya existen. Las luchas contra la pobreza pueden, muy bien, ser fortalecidas en común. Ambas naciones florecen en folclor, actividad prometedora y vital para los enlaces. En fin, por pivotes de acción no penarán. El tiempo apremia. 

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