Luis Linares Zapata
El incesante llamado presidencial a la defensa de la propia independencia y soberana voluntad no desfallece, acentúa su urgencia. Se renueva con creciente pasión y fuerza retórica. No importa ante qué tipo de auditorio se encuentre situada, la Presidenta, como su antecesor, insiste en similar o idéntica visión. Siete largos años reviviendo palabras y conceptos que habían caído en desuso y hasta ninguneado olvido. La urgencia de dar cabida a intereses, pretendidamente más importantes, los habían arrumbado. Esa dignidad, que ahora se rescata, exige lugar preponderante y presencia efectiva. Se negó a quedar como pasado de actualidad o moda. La soberanía, como la independencia, le seguían en un orden de referencia que las sometía a lenta, triste retaguardia. El modelo neoliberal presentaba otra suerte de valores. Eran asuntos de eficacia, no de visión humana. Fueron, durante esos cruentos tiempos, ideas que no se podían monetizar con la premura que la eficiencia planteaba y requería.
Con tal planteamiento conservador, poco a poco se perdió la oportunidad de matizar el horizonte que la humanidad necesitaba. Fue una tendencia directa hacia la deshumanización y las medianías de dignidad y angustias del pueblo. Fue, en verdad, un dominio mundial que llegó a tener subyugadas naciones enteras. Sobreponerse a sus mandatos implicaba luchar contra una loza aplastante y de múltiples repercusiones, a cual más de ellas, rígidas y severas. Superar tan extendido modo de pensar y actuar no ha sido una tarea fácil y sin consecuencias. Cada paso en distinta dirección implica serios costos crecientes. Era, en el caso mexicano, iniciar y continuar por una ruta plagada de enfrentamientos y castigos concomitantes que no han cesado. Por el contrario, su capacidad opositora aumenta en la medida que afecta intereses ya bien consolidados y masivos. Las defensas que se requiere vencer han sido probadas y afinadas con el tiempo. El volumen de los intereses que movilizan –sobre todo mediáticos– no es, para nada, despreciable. Por el contrario, es preciso sopesarlos en toda su magnitud y poder. Contrariarlos para someterlos puede apuntarse como consigna.
En esa lucha va enrollada la dignidad de cada ciudadano donde, una vez socializada, adquiere su magna valoración completa. Corre, todavía, indigna crítica que se empeña en señalar la poca significación que conlleva tan etérea valoración. Tachan, desde la actual oposición, como simple necedad, aspirar a una independencia que resulta imposible y a una dignidad que, apenas llega a formularse, desaparece. Pugnar en esa dirección equivale a ignorar las capacidades del oponente, tanto del país como las individuales.
Ese modo de pensar y mover a la acción del conservadurismo, implica aceptar continuada dependencia y menosprecio del valor personal. Tal alegato crítico, en estos días de afanes reconstructivos, se considera inaceptable. Hay imperiosa necesidad de auxiliar al individuo, al pueblo de ciudadanos conscientes, de una clara identidad, de extensa libertad y firme independencia. Ahí, en esa forma de conducir los ánimos colectivos va implícita la invaluable dignidad.
Muchos de los ataques que se reciben desde el exterior, en particular desde la ultraconservadora élite estadunidense que gobierna ese dividido país, implican feroz ninguneo y desvaloración del mexicano. Ser intolerante a tan vil y arrogante postura, es defender el presente de la nación y el respeto por cada uno en particular, hoy y mañana. Las ramificaciones de acentuar lo propio son vastas, implican al ciudadano, motor de las transformaciones en marcha. Ya sea que se refiera al deportista o al migrante, al oponente, inversor, empresario, lector o simple estudioso ciudadano. Todas y cada una de las facetas que abarca el desempeño, cotidiano y profesional del individuo, conlleva ese obligado aprecio indispensable.
Hace apenas unos cuantos años, un famoso caricaturista indagaba quién era ese pueblo. Nadie lo conocía, él no era el referente, respondían hasta con airado donaire. Una dramática consecuencia de su ninguneo desde el poder local mismo de esos tiempos. Durante incontables décadas el concepto pueblo fue sólo una palabra etérea, sin contenido. Sin políticas publicas precisas a él dirigidas. Sólo una vacía referencia discursiva. Sin beneficios ni atenciones, sin la primigenia dignidad, despojado y sometido a la miseria y marginalidad exclusión por crecientes números millonarios.
Ahora, en cambio, se precisa trabajar, arduamente, para que, a ese mexicano concreto, le sea restituida, con derechos, toda la dignidad correspondiente. Forzar su valoración y albedrío en una pugna de largo aliento, atada al desarrollo, la cultura y la innovación. Ensartado al duro y pertinaz esfuerzo cotidiano de conciencia. Con el minucioso y continuado trabajo constructor de la nación entera. Exigir, en fin, que cada ciudadano de ese heterogéneo pueblo, obtenga el respeto de ser libre e independiente.







