Pedro Miguel

En toda organización, cuando hay más aspirantes que posiciones, los procesos de selección de personas para funciones determinadas dejan frustraciones e inconformidades. Las que no logran ser seleccionadas pueden acatar las reglas, no dejarse dominar por emociones y dar vuelta a la página, pero puede ocurrir también que escalen su decepción hasta racionalizarla como producto de una trampa, o bien, conducirla hacia la enemistad personal e incluso a la ruptura con la organización en cuestión. Eso pasa cuando se constituye un nuevo equipo de trabajo –un gabinete, por ejemplo– en un gobierno o cuando un partido político transita por el proceso de definición de cargos de dirigencia, precandidaturas y candidaturas. Ello ocurre independientemente de que los mecanismos de selección son arbitrarios, opacos y cupulares, que se recurra a elecciones primarias o que se pongan en práctica modelos complejos, como es el caso de Morena. 

El partido que gobierna en México tiene establecido un método principal para escoger a sus coordinadoras y coordinadores, cargos que se consideran la antesala de sus postulaciones a puestos de representación popular: la Comisión de Encuestas, una instancia técnica del Consejo Nacional, realiza ejercicios demoscópicos –tanto internos como contratados con encuestadoras privadas– para recabar diversos parámetros del sentir social con respecto a los principales prospectos y entrega los resultados a la Comisión de Elecciones, instancia política del Comité Ejecutivo Nacional sobre la que recae la responsabilidad de la decisión final. Al contrario de lo que muchos piensan, la encuesta no define nada por sí misma; simplemente combina en una escala de puntuación indicadores como conocimiento de la persona, opinión positiva, atributos de honestidad, cercanía y conocimiento e intención de voto. Pero en la definición intervienen además criterios como la paridad de género, política de alianzas –la alianza tripartita con los partidos del Trabajo y el Verde, pero también eventuales convenios con organizaciones y movimientos locales– y correlación de fuerzas en el escenario estatal o municipal. Puede ocurrir, además, que se definan perfiles de unidad o consenso, cuando hay un liderazgo evidente y manifiesto. 

Se trata, pues, de una decisión compleja y única en cada caso, y la encuesta es un invaluable tablero de instrumentos para tomarla. En lo fundamental, el método de la encuesta –que se aplica sobre población abierta– se ha venido utilizando desde que AMLO estaba en el PRD y fue diseñado por el difunto José Barberán y así se mantiene, aunque se ha ido refinando en sucesivos procesos de selección. Descalificarlo, o pensar que se adultera en función de determinaciones adoptadas de antemano, resulta pueril, por cuanto las comisiones de Encuestas y de Elecciones no tienen como propósito el tomarse el pelo a sí mismas, sino el de presentar perfiles que resulten competitivos y lo más representativos que se pueda del proyecto de nación que enarbola el partido. 

Con todo, y como es inevitable, el proceso deja descontentos y, lo más importante, cosechadores, conscientes o involuntarios, de buena y de mala fe, internos y externos, de las inconformidades. Para colmo, la denuncia de supuestas irregularidades, desvíos y traiciones paga bien a quienes, montados en el obradorismo, aspiran a volverse líderes de algo, a periodistas que en líneas generales simpatizan con la transformación, a influencers conmovidos por su propia pureza moral y a vendedores de una ortodoxia ideológica tan falsificada como primitiva. No ha faltado, en procesos pasados, quienes se dedicaron a coleccionar a los inconformes y a sus seguidores con el propósito de construir estructuras paralelas a Morena e incluso de fracturar al partido.

Este fenómeno genera escenarios fértiles para la permanente andanada propagandística de la oposición reaccionaria, la cual alimenta y magnifica las inconformidades, aprovecha su poder de distorsión digital en las redes para presentarlas como una rebelión generalizada en las bases del partido y exacerbar las diferencias entre éste y los otros integrantes de la coalición; apunta sus baterías a minar la lógica de frente amplio que resulta indispensable para enfrentar la ofensiva de las derechas mundiales y a erosionar la necesaria unidad en la pluralidad que ha caracterizado a la ruta política seguida por la Cuarta Transformación. 

Ya contaminado por todos esos factores, el sano debate sobre las formas de selección de coordinaciones, precandidaturas y candidaturas se convierte, en las redes, en un linchamiento contra la dirigencia partidista. El alud de basura tuitera, feisbuquera y tiktoquera que ya califica de “traidoras” a la presidenta de Morena, Ariadna Montiel, y a la de su Comisión de Elecciones, Citlalli Hernández, tiene como precedente la furibunda campaña de descalificación de que fue víctima en esas mismas redes Mario Delgado cuando presidió el CEN del partido. 

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