Jorge Carrillo Olea
La novela escrita por George Orwell en 1945 nos ofrece un espacio de reflexión importante para nuestra actualidad en la que tanto se habla crecientemente de justas inquietudes, que se sellan pactos y compromisos, se lucha y al triunfo de la causa, se olvida de nuestro origen para regresar a viejos vicios antes reprobados.
En el fondo destaca como constancia el abuso del más fuerte y la domesticidad de las masas en aparente conformismo con esa versión de justicia y felicidad. Al principio, todo parece funcionar. Los animales de la granja son formalmente iguales, trabajan para ellos mismos, se eliminan los vicios del antiguo régimen, todos se regocijan, pero los cerdos, por su inteligencia, asumen el mando de la organización. “Todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros”, es la regla mágica de la felicidad.
Así nos lo han recetado nuestros presidentes, así lo han decidido sexenio tras sexenio: bellas frases que en el fondo significan décadas de lo mismo, para acabar pronto, del alemanismo para acá. Empiezan siendo seductores, eficaces, ejemplares, y pronto esa belleza, la personal y la de sus colaboradores, empiezan a hacer agua para despedirse ante la rechifla del respetable, término taurino que alude al público. Por razones distintas, pocos se salvan. La gran lección conclusiva de la novela es simplemente que “los malos sí llegan al poder”.
Es profunda tal lección: una revolución puede fracasar políticamente no sólo cuando olvida su ideal, sino más cuando el poderoso deja de escuchar a los animales de la granja. En ese sentido, Rebelión en la granja puede analizarse como un modelo narrativo de degradación de la gobernabilidad que avanza imparable. Va de la idealización de todos sus actos hasta el total extravío del ideal revolucionario.
Esto tiene bastante relación con temas que en México hemos venido observando, presidencias degradadas por lo menos desde hace 80 años sobre fallas en la democracia y justicia social, legitimidad, justicia, pérdida de eficacia. Ante esto, nosotros, los animales de nuestra granja, nos sentimos con derecho de iniciar otra revolución, aunque ya no armada. Por hoy ya acusamos fatiga y una seria preocupación. La última idea de la novela es precisamente esa: los antiguos revolucionarios se han convertido en aquello contra lo que se rebelaron.
La frase final resume magistralmente el desenlace: “Las criaturas van de cerdo a hombre, y de hombre a cerdo, y de cerdo a hombre otra vez; ya era imposible distinguir quién era quién.” ¿Qué significa el final? Orwell muestra que la revolución que prometía igualdad de oportunidades ha terminado creando otra forma de opresión.
En la novela se sustituye el poder de los humanos por el poder de los cerdos, pero mantiene la explotación de los demás animales; ahora los tiranos son los cerdos. En el caso mexicano, encontrar semejanza entre nuestros regímenes a lo largo de casi 80 años es casi un juego malévolo en el que por sus hechos se corresponden claramente con el fracaso oficial. A manera de pedirles cuentas, vale preguntarles: ¿qué bien produjeron en el desempeño de sus funciones? ¡Pues el desconcierto es que hoy los dedos de fuego los está señalando! La interrogante general sería preguntarnos: ¿y a ellos de qué se les responsabilizó? Y la respuesta es: ¡Pues de nada!
Con salvedades como Méndez Docurro, Díaz Serrano o La Quina, pero no es la costumbre. La regla es bendecirlos con impunidad. Ellos gozan del producto de sus habilidades: ufanos, viven satisfechos de sus hazañas, viajan, beben, brindan, gozan, porque saben que los cubre el generoso manto de la impunidad.
La comunidad nacional es pasiva; hemos vivido en regímenes autoritarios desde siempre. Madero, por creer en la democracia, veamos cómo le fue. Aun así, los dolidos un día se hartarán de injusticia y abusos, y marcharán en legiones demandantes de cambio, pero ese milagro ya no lo verán las actuales generaciones, quizá sí las que hoy aprenden el ABC.
En este ambiente insalubre, la presidenta Claudia Sheinbaum tiene al frente tremendas responsabilidades, tan graves que es necesario distinguirlas: 1. Violencia creciente, 2. Deuda pública enorme y creciente, y 3. Relaciones con Estados Unidos también en deterioro agravado. A este cúmulo de retos nuestro país se enfrentará por largo tiempo en clara desventaja o, dicho más suavemente, son los viejos retos cuya racionalización tomaría muy largos plazos y una montaña de recursos.
Al final de la novela, los cerdos se han transformado por completo. Ahora son del mismo tipo de gobernantes contra los que una vez se rebelaron. Años después de la revolución, los ideales originales del animalismo se han desvanecido. Sus reglamentos se reducen a una sola definición: “Todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros”. Esta frase refleja la completa corrupción de la promesa original de justicia e igualdad de la revolución en la granja.
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