Bernardo Bátiz V.*
La frase puesta en la parte superior de mi colaboración de hoy la entendemos en México, se refiere a una situación en la que no hay salida airosa posible, cualquiera que sea la opción por la que se opte, nos provocará un mal; al personaje que se le atribuye esa ley arbitraria es a Herodes el Grande, rey de Judea, no de muy buena fama, pues relatan los Evangelios que fue quien mandó a matar a los niños conocidos, como “los santos inocentes”.
Manuel de Navarrete, un clérigo michoacano de cuando México era aún el Virreinato de la Nueva España, lo dice de otra manera en una de sus letrillas satíricas: “cuando con los linces juegas a ensartarla, si la ensartas pierdes y, si no, perdiste”.
Nos pasa así con nuestros vecinos del norte, Estados Unidos, el poderoso e impredecible gigante, y más ahora que su presidente es Donald Trump. Por un lado, quieren en sus campos de algodón o sus huertos frutales, en sus factorías y talleres, y hasta para el servicio doméstico y otras actividades, que estén latinoamericanos y en especial mexicanos, para cumplir los trabajos no bien pagados, pero sí indispensables. Para ello, facilitan la llegada de migrantes de todo el mundo, especialmente latinoamericanos y de preferencia de México, pero simultáneamente advierten o presumen un riesgo en el aumento de la población migrante y buscan cómo evitar la llegada de más paisanos, que muchas veces son enviados de regreso.
“Si la ensartas pierdes y, si no, perdiste”; quieren que lleguen los “braceros”, que trabajan con la fuerza de sus brazos. Los mexicanos, salvadoreños, nicaragüenses y de donde sea, pero no quieren, por ningún motivo, que se conviertan en fuerza política y que superen en número a los “gringos” de origen anglosajón.
Un ingenioso amigo que ya no está entre nosotros, Eduardo Martínez de la Vega y Gloria, allá por la época cuando se hablaba mucho de la “Alianza para la Producción”, decía que los mexicanos avecindados en Estados Unidos, iban pronto a superar en número a negros, pieles rojas y anglosajones, con lo que él llamaba irónicamente “Alianza para la Reproducción”. La ironía era porque los matrimonios gringos no tenían descendencia o a lo sumo uno o dos hijos, pero en cambio, las familias de mexicanos y centroamericanos son de cuatro, cinco o más hijos.
Así sucede y a eso le temen los estadunidenses: que en unas cuantas décadas la “Alianza para la Reproducción” puede hacer que, como ya ha sucedido en algunos estados de la unión, lleguen a los cargos de gobernadores, alcaldes, jueces y sheriffs ya no muy güeritos y que hablen mejor el español que el inglés.
La verdad es que la observación sarcástica de Martínez de la Vega encierra en el fondo una verdad indubitable: la población mestiza, de origen hispano, hijos o nietos de migrantes, ganan todos los días tanto en número como en posiciones importantes en las actividades sociales, económicas y ahora ya cada vez más, en posiciones políticas.
En el siglo XIX y a principios del XX, había una frase que se repetía con frecuencia, era ésta: “Entre México y Estados Unidos, el desierto”; con ello se quiere decir que la vecindad cercana con este poderoso país nos mantiene siempre en la incertidumbre y bajo la amenaza caprichosa de aranceles y advertencias intervencionistas.
Lo cierto es que la evidente vocación imperialista y la actitud belicosa de nuestro “buen vecino” no ha estado nunca oculta ni se ha intentado disimular, vuelvo a recordar porque no debemos bajar la guardia, me refiero a lo que dijo alguna vez el jurista y político estadunidense Robert Lansing, quien colaboró en altos cargos en el gobierno de Woodrow Wilson: “para controlar a México, no necesitamos ejércitos ni armas, basta con educar en nuestras universidades a jóvenes mexicanos que lleguen luego al poder en su país y ellos se encargarán del resto”.
Y la verdad es que así ha sucedido; el giro del comentario o especie de refrán viene al caso. Recordemos solamente que recién lograda nuestra independencia, México y otros países recién liberados, en la primera mitad del siglo XIX, intentaron una alianza primero en Colombia y luego en Tacubaya, que fue saboteada por los diplomáticos ingleses, pero también por los estadunidenses; tampoco podemos olvidar el territorio que nos fue arrebatado en 1848, “legalizado” con los tratados de Guadalupe Hidalgo, ni la política de supremacía de nuestros buenos vecinos.
Alguna vez he recordado que cuando Miguel Miramón quería cerrar el sitio en donde se encontraba defendiéndose Benito Juárez, fueron los yanquis quienes tomaron por la fuerza los buques que el conservador había comprado en La Habana, porque pensaban equivocadamente que el gobierno liberal les iba a dar ventajas en la frontera y en el Istmo de Tehuantepec.
Lo cierto es que esa vocación supremacista de nuestros vecinos que no se oculta sino por el contrario, se exhibe, debe ser una advertencia para que nunca bajemos la guardia, debemos estar concientes del peligro tal y como la presidenta Claudia Sheinbaum lo ha estado reiterando últimamente.
Nuestra historia, desde que dejamos de ser una colonia española, ha sido una constante lucha por mantener la independencia política, pero también la soberanía económica; la Reforma fue una transformación que separó a nuestro país del control de la Iglesia; la siguiente fue acabar con la dictadura política de Porfirio Díaz y la cuarta, del control político de un sólo partido oficial, esperemos que la democracia prevalezca y también un reparto equitativo de la riqueza que producimos entre todos.







