En el escenario del Plaza Condesa en la Ciudad de México, el músico Peter Murphy volvió a mostrarse ante sus seguidores como siempre es: una misteriosa ave de alas negras y blancas.
Su canto fue el de un pájaro que en vuelo entona melodías de amor al cielo. Hacia allá dirige su mirada y sus plumas también.
Las canciones que hizo con la emblemática banda Bauhaus y las de su camino aparte fueron la letanía en el ritual de la noche del jueves en el foro de la colonia Hipódromo, atiborrado de sus fieles.
Con dos extraordinarios músicos a lado, Emilio China en el violín y bajo, y John Andrews en las guitarras acústicas y eléctrica, el músico inglés, ahora turco por elección, compartió flores con los mexicanos: él las dio en un bello racimo sonoro, y ellos, con la energía de sus gritos y aplausos.
Murphy ofreció un espectáculo ecléctico, fino, en el que con voz profunda y poderosa rediseñó los tonos y melodías de sus propias creaciones, que parece se hubieran hecho hace pocos meses.
Fue buena oportunidad de escuchar sus rolas clásicas mutadas híbridos como Strange Kind of Love que terminó siendoBela Lugosi’s Dead.
Pero también reestructuró sus Silent Hedges, Hollow Hills, All Night Long, Cascade, King Volcano… reversiones con lluvia de loops y ruidos de cuerdas acariciadas, rasgadas, y algunas rotas, como la del violín de Emilio.
La sinfonía de las cuerdas vocales de Murphy una vez más fue esencia sinergética de la reunión de un artista y su séquito de fieles.





