Ciudad de México. Reconocido por su extraordinaria traducción al español de la novela Bajo el volcán, del escritor inglés Malcolm Lowry, por la que recibió el Premio Alfonso X de Traducción Literaria en 1987; se le rindió el domingo un homenaje al catedrático, traductor, ensayista, poliglota y diplomático Raúl Ortiz y Ortiz (Ciudad de México, 1931-2016), en la sala Manuel M. Ponce, del Palacio de Bellas Artes.
Con la participación de los escritores Ángel Cuevas, Javier García-Galiano, Nedda G. de Anhalt, Hernán Lara Zavala y Carlos Miranda como moderador, durante el acto se reconoció la trayectoria y obra de Ortiz y Ortiz: su prodigiosa memoria, su generosa manera de enseñar, sus amplios conocimientos, su afable elegancia y su fina, punzante y maliciosa ironía.
Cuevas se refirió, entre otras cuestiones, a la biblioteca personal del también diplomático, la cual es considerada como uno de los 27 más importantes acervos especializados del país.
Autor del libro de ensayos El imperio de la armonía, Ortiz “conservó una prodigiosa memoria que le permitía citar con precisión fechas, títulos, autores, versos, párrafos y páginas completas en francés, inglés o español”, abundó Cuevas. El maestro Ortiz y Ortiz “no sólo fue un hombre libro, sino un hombre enciclopedia, un hombre biblioteca, ya que conocía de literatura, música, historia, cine, lingüística, gramática, artes plásticas”.
García-Galiano destacó la elegante erudición y personalidad del ensayista; no como una forma de presunción sino como una manera natural de ser. “Era un hombre al que le encantaba conversar y que tenía una fina y maliciosa ironía. No fue escritor. Prefirió el ensayo, la traducción y la conversación como literatura viva”.
Fue un ser excepcional desde donde se le mirara, reconoció Lara Zavala. “Raúl era, sobre todo, un hombre de cultura. Era en realidad un esteta. “Alguien que intenta convertir su vida entera en obra de arte”.
Anhalt evocó la ocasión en la que le preguntó al catedrático y traductor, quién es Raúl Ortiz y Ortiz, a la que respondió; “No soy el príncipe Hamlet, ni tenía porque serlo. Soy un noble del séquito, uno que sirve para ser bulto en una comitiva, aconsejar al príncipe como instrumento respetuoso de ser útil; político, cauto y meticuloso, lleno de elevado fraseo, pero un poco obtuso, a veces incluso casi ridículo, a veces casi un Bufón”, así contestó Ortíz y Ortiz.





