Moscú. El eminente y experto en patrimonio cultural, tanto material como inmaterial, entre otros aspectos relevantes de su trayectoria, reconocida dentro y fuera de México, Jorge Sánchez Cordero Dávila, ha vivido estos días en la capital de Rusia una “aventura fascinante”, según sus propias palabras, al compartir sus conocimientos y debatir con académicos locales en encuentros celebrados en algunas de las universidades más prestigiadas de Moscú.
Pero Sánchez Cordero, egresado de la UNAM y doctor en derecho por la Universidad de París II, no vino a Rusia sólo a dictar conferencias. Más bien, estas concurridas reuniones sirvieron de complemento a la presentación de un libro suyo en ruso: Arte, cultura y patrimonio mundial. Reflexiones mexicanas, editado bajo el sello de Justitia, especializada en temas de jurisprudencia.
No es frecuente la edición en ruso de un autor mexicano y, mucho menos, en estos tiempos de crisis económica global, pero cuando esto sucede es debido a que el editor está convencido de que tendrá éxito entre los lectores rusos, muchos de ellos estudiantes de la carrera de leyes, y no acabará empolvándose en los anaqueles de las librerías.
Se trata de una obra que reúne 35 ensayos acerca de la intrínseca vinculación que hay entre derecho, cultura y arte, con problemas que afectan a todos los países como, por poner un solo ejemplo, el tráfico ilícito de bienes culturales, que a nivel mundial es uno de los mayores rubros de ingresos de la delincuencia organizada.
“Estoy realmente muy satisfecho con la excelente recepción que ha tenido aquí la presentación de este libro –comenta Sánchez Cordero a La Jornada–, que no es sino una pequeña aportación para que los rusos conozcan la forma en que los mexicanos enfocamos temas de trascendencia universal que nos interesan por igual”.
–¿Por qué editarlo en Rusia y en este momento, doctor?, se le pregunta.
–Siempre me ha llamado la atención este país y estoy convencido de que en la evolución cultural de México y Rusia hay paralelismos perfectamente identificables. Me refiero, sobre todo, a los procesos de interacción cultural, que desde luego benefician a ambos países. En este libro procuro explicar a la comunidad rusa cómo vemos los mexicanos los grandes temas de la cultura, que son motivo de polémica en el mundo.
Además –continúa– es muy reciente la conmemoración del 125 aniversario del establecimiento de relaciones diplomáticas entre nosotros y, por otro lado, el director de Justitia, Eduard Mijalsky, insistió mucho en que la presentación oficial del libro se hiciera ahora, coincidiendo con el Día de la Escritura y la Cultura Eslavas.
–¿Qué puede encontrar un lector ruso en sus ensayos?
–Le ofrezco una manera distinta de ver los grandes problemas, que espero le proporcione elementos novedosos y que son parte del debate cultural internacional. Por mencionar un solo tema: cómo afrontamos el conflicto que existe entre la actitud universalizante de los derechos humanos y el relativismo cultural.
–¿Podría ser el caso del teatro Kabuki, interpretado en Japón sólo por hombres maduros?
–Sí, claro, inmediatamente surge la discusión sobre la identidad de género porque se olvida que esa característica aparentemente extraña tiene para los japoneses una racionalidad cultural. Debemos partir de la base de que todas las culturas son igualmente dignas, que tienen el mismo valor y nadie puede reivindicar la primacía cultural.
Desde los tiempos de la conquista –añade– en México las comunidades indígenas han estado sometidas a procesos de culturización forzada, los cuales intentan imponer principios que confrontan sus valores y sus costumbres.
–¿Es posible ejercer los derechos culturales sin tomar en cuenta los valores de las comunidades?
–No, de ninguna manera. Para ser aceptable y aceptado, un sistema legal tiene que ser adaptable en congruencia con la diversidad cultural de sus protagonistas y asequible a todos sin discriminación. En México, la interpretación de los derechos culturales implica una nueva cultura del sujeto y de la forma que adopta el diálogo social. No habrá democratización cultural durable y sostenida sin encontrar los medios para evaluar y valorizar permanentemente los recursos culturales de nuestro país.





