Arturo Sánchez Jiménez

Ciudad de México. El 15 de octubre del año pasado, y en apenas 18 minutos, una computadora del edificio Luis G. Valdés de la Facultad de Ingeniería (FI) de la UNAM encontró un número primo de un millón mil 953 dígitos –cifra equivalente a casi la mitad de los caracteres empleados por Cervantes al escribir Don Quijote de la Mancha (dos millones 59 mil cinco) y poco más que los usados por Víctor Hugo en su novela Los miserables.

Tal resultado se consiguió con una estación de trabajo que corre Windows 7 –similar al que habría en cualquier casa–, conectado a la plataforma BOINC (siglas de Berkeley Open Infrastructure for Network Computing) una red de cómputo distribuido que le permitió llegar a este guarismo, explicó Alejandro Velázquez Mena, profesor de la entidad académica.

Por su magnitud, este número primo es considerado titánico y figura entre los 200 más grandes conocidos a la fecha. Una aplicación práctica es que los números primos titánicos robustecen la seguridad informática.

Este hallazgo se inscribe en el programa UNAM@Home, liderado por Velázquez Mena, cuyo fin es explorar el potencial del cómputo distribuido, es decir, del procesamiento obtenido cuando miles (y a veces millones) de ordenadores repartidos a lo largo del orbe se unen con un propósito: coordinarse para echar a andar iniciativas que requieren gran poder de cálculo.

“Para darnos una idea de la celeridad alcanzada por BOINC, basta decir que cuando opera a su máxima capacidad es dos veces más veloz que la supercomputadora china Tianhe-2, hasta hace pocos meses considerada la más rápida del mundo”, abundó

“La plataforma de Berkeley alberga tres decenas de proyectos (en rotación constante). Nosotros, en UNAM@Home, escogemos uno cada mes para sumarnos a él. En esta ocasión elegimos el llamadoprime grid; fue así como llegamos a este número primo”.

Para el jefe del Departamento de Ingeniería en Computación, esos descubrimientos son importantes pues hacen pensar –como soñaba el filósofo Marin Mersenne en el siglo XVII o el físico Leonhard Euler en el XVIII– que es posible establecer una ecuación que, en cada oportunidad, arroje uno de estos números naturales nada más divisibles por 1 y por sí mismos (ya que sólo hay técnicas parciales para ello).

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