Alan Rodríguez

Atrevidos, de bajo presupuesto, inventivos, sin remordimientos, sexys y estilísticamente osados, es como definía a principios del milenio Ruby Rich a los filmes queer que llamaron la atención algunos años antes tanto en Europa como en Estados Unidos. Varios de estos adjetivos se ajustan a lo que propone Barry Jenkins en su filme Moonlight (US, 2016), ganadora del Globo de Oro a mejor película de drama hace unas semanas.

Se estrena este 27 de enero como Luz de luna y llega como ganadora del Globo de Oro a mejor película de drama. Nos cuenta la historia del pequeño Chiron (Alex R. Hibbert) en la década de los ochenta, en Liberty City, Miami. Negro, flacucho y de comportamiento ausente, es objeto de bullying escolar. Hijo de una madre soltera adicta, comienza a darse cuenta de sus inclinaciones gay. A lo largo de más de 100 minutos, somos testigos de su turbulento viaje hacia la adultez.

El guión es de la pluma de Jenkins, sobre la obra de teatro In moonlight black boys look blue escrita por el dramaturgo y actor Tarell Alvin McCraney. El filme se compone de tres segmentos: I. Pequeño, II. Chiron y III. Negro, estructura que no viene del texto original de McCraney.

Ambos autores crecieron en la misma ciudad de Liberty, uno a una cuadra del otro. Fueron a la misma escuela primaria pero nunca se conocieron. Los dos tuvieron madres adictas a la piedra. Por eso uno puede suponer que al exponer parte de sus vivencias, ambos se convierten en sujetos de sus historias.

La cinta tuvo un costo de alrededor de 5 mil dólares. Tras 14 semanas de exhibición había acumulado cerca de 16 millones; algo pocas veces visto para una película indie. Sus ocho nominaciones al premio Óscar harán que meta más dinero y permanezca más tiempo en las salas de cine.

Su candidatura como mejor película se entiende a partir de que con simplicidad consigue fijar momentos asombrosos. Por ejemplo, es capaz de resaltar lo íntimo y fraterno de forma original, en el momento en que Juan (Mahershala Ali, nominado como mejor actor de soporte) da lecciones de nado en el mar al diminuto Chiron y la cámara se posa a la altura del agua, enfatizando el lazo que entre los dos empieza a afianzarse.

Hace relucir lo recóndidamente bravo después de lo salvajemente abusivo, ahí cuando el adolescente Chiron (Ashton Sanders) recibe una golpiza en la escuela y luego con el rostro moreteado va y despedaza una silla en la espalda de su acosador.

Moonlight es un filme sencillo aunque con trasfondo delicado. Pone fuerte acento en la identidad negra y en el proceso de identidad personal negra queer. Así lo deja ver el jefe narcomenudista Juan cuando en la película lo oímos aconsejar al pequeño Chiron: “Por un momento tienes que decidir quién eres”.

 

La importancia de este segundo largometraje del cineasta radicado en Los Angeles radica en su tratamiento de las problemáticas enfrentadas por la comunidad negra LGBTQ, que desde los ochenta se hicieron evidentes para la escena pública. Sabemos que en aquella década, ante la política conservadora de Ronald Reagan y la crisis del sida, los derechos de los no heterosexuales se convirtieron en tema obligado en la agenda sociopolítica de varios países.

En Estados Unidos, lesbianas y gays negros se dieron cuenta de que enfrentaban un señalamiento, además de retos serios y complicados. Por ello es que poetas, dramaturgos y escritores crearon obras combativas que hablaban de la experiencia cotidiana de la comunidad negra queer. Ante la actual amenaza de un líder estadunidense todavía más intolerante a la diversidad, hoy Moonlight silenciosamente lanza el mismo desafío.

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