Se ha publicitado abundantemente sobre la manifestación del pasado domingo 12 de febrero de 2017, la cual fue convocada por un sin número de voces, quiero decir agrupaciones más o menos organizadas o no, partidos políticos, organizaciones laborales del más variado tipos y, por supuesto, asociaciones civiles y políticas de muy distinto signo ideológico.
El tema común que los arropó, según declaró un buen número de representantes de esos grupos, fue el de la protesta por el trato altanero y déspota con el que el recién Presidente de Estados Unidos Donald Trump ha tratado a los mexicanos de aquí y de allá, de la más distinta condición social, desde inmigrantes humildes hasta funcionarios gubernamentales de alcurnia; por supuesto, ya han comenzado las deportaciones arbitrarias de modestos trabajadores que han vivido durante muchos años en ese país, algunos durante más de dos décadas, hasta las majaderías (pudiera pensarse en adjetivos más fuertes) que también han recibido muy altas autoridades de este país, desde el Presidente de la República hasta Secretarios de Estado.
Todo esto queda a discusión naturalmente pero el hecho es que la manifestación se organizó, que duda cabe, para responder a tales agravios y, sin duda, como una enérgica protesta anticipada por el trato ilegal y déspota que seguramente recibirán los mexicanos que han hecho su vida, o la mitad de ella, en el país vecino del norte. La indignación y el repudio profundo hacia su recién elegido Presidente Donald Trump están en la raíz de estas manifestaciones (que de diversas dimensiones han ya proliferado en los propios Estados Unidos y en innumerables lugares del mundo).
Por supuesto, destaco la presencia anunciada de la Universidad Nacional Autónoma de México, a cuyo frente estuvo el Rector Enrique Graue, que una vez más se distinguió por su definición de mexicano patriota y liberal, de defensor de la dignidad de los mexicanos y, desde luego, de la UNAM y del país.
Lo que no quedaba claro en esta manifestación era el contenido efectivo que realmente presentaría en su desarrollo. Sí, se trató de expresar un enérgico rechazo del país a la falta de respeto, a la violación de la ley en contra de mexicanos, e incluso a las posibilidades reales de una agresión externa, del tipo que sea.
Hasta donde alcanzaba a percibirlo, el gobierno mexicano no habría participado en la primera fila de los organizadores, pero siempre en México, en estos casos, lo sabemos bien, y conociendo igualmente sus ínfulas oportunistas, queda una gran duda sobre el particular, siendo efectivo como es que la manifestación, aunque no lo exprese así, sería tomada (ya es tomada e interpretada) por los círculos gubernamentales como un apoyo y un respaldo al actual gobierno y al actual presidente, siendo que, al mismo tiempo, en multitud de encuestas, se expresa una oposición y un rechazo tajante precisamente al Presidente de la República y a varios de sus altos funcionarios, como ejemplo va el nombre de Luis Videgaray.
En la actual situación política de México, desafortunadamente una manifestación como la presente casi por necesidad está cargada de las ambigüedades que señalo, que estuvieron sin duda presentes en la protesta misma: vivas al Presidente al lado y frente a mentadas de madre, y así pudiendo recorrer casi todo el espectro político oficial, de arriba a abajo.
Todo lo cual no significa, sin embargo, que no debió realizarse, porque de todos modos quedaría patente nuestro rechazo unánime a las amenazas externas al mismo tiempo que se exhibe el país como es, con sus contradicciones internas e inclusive luchas al interior (recuerden que se trata de un país terriblemente desigual, carcomido por gobiernos corruptos hasta decir basta y también entreguista a más no poder, incluyendo por supuesto el de Enrique Peña Nieto, que de un plumazo desconoció las gestas más notables de nuestra historia política y social, como la nacionalización del petróleo).
Por supuesto, a mi modo de ver, la manifestación no pudo evadir la situación del país y expresar la necesidad que sienten probablemente una mayoría de mexicanos de que, además de que se respete a México desde el exterior, se logren cambios radicales en su estructura económica, política y social.
Sí, la protesta abierta y radical en contra de la agresión externa, pero también la protesta abierta y radical en contra de los gobiernos saqueadores y entreguistas que han desolado a México desde hace décadas, y que también, en esa marcha, se exigirá un cambio radical en el país. Me parece que así será pese a todos los esfuerzos que se llevan a cabo para neutralizar sus varios significados, sobre todo aquellos con un sentido interno y radical.
Varios significados; y es que también México es un país altamente plural y diversificado, no sólo capaz de expresar unidad ante los peligros sino de expresarlos diversamente, según clases sociales y formaciones intelectuales.
Uno de los problemas que planteaba la marcha es que perdiera ese carácter plural y se convirtiera en un unilateral acto de apoyo al gobierno y al statu quo, que es lo que se percibe en la intención de varios de sus convocantes, de la derecha o de la extrema derecha, procurando diluir o esconder el carácter antigobierno que también por necesidad tendría la marcha. Desde luego el gobierno contribuye activamente en esa operación de disimulo, que sin embargo -eso espero- no alcance a lograrlo y permanezcan también sus imprescindibles rasgos de fuerte protesta interna.
El propósito de cooptación y secuestro del significado de la marcha creció mucho en la interpretación a posteriori que se le asigne, con toda la fuerza en medios informativos y de comunicación que tiene la derecha en México.
Insistimos, sin embargo, en que es tan desproporcionada y fatal la circunstancia interna, que no habrá manera de ocultarla enteramente en una protesta externa pero también de protesta interna. Unidad ante un entorno agresivo, pero también unidad en contra de las abismales injusticias internas de todo tipo.





