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Roma. Rompió las reglas, superó fronteras y traspasó todos los límites; hizo a partir de “materiales pobres” un arte rico que no pocas veces provocaba y que siempre sorprendía. El artista griego Jannis Kounellis, uno de los máximos exponentes del movimiento Arte povera (del italiano “arte pobre”) murió a los 80 años en el país que eligió para vivir: Italia.

“Soy una persona griega, pero un artista italiano”, describió una vez el propio Kounellis su dicotomía. Nacido en la ciudad portuaria griega de El Pireo el 23 de marzo de 1936, se mudó con su mujer a Roma cuando sólo tenía 20 años, para estudiar en la Accademia di Belle Arti.

Su debut artístico L’alfabeto di Kounellis (el alfabeto de Kounellis) fue expuesto en 1960 en la galería La Tartaruga de la capital italiana. Allí presentaba un lienzo con letras, signos y cifras en blanco y negro.

Sus siguientes obras se parecían más a esculturas que a pinturas, como, por ejemplo, abrigos sumergidos en alquitrán y plasmados en grandes lienzos.

Lo inspiraron los trabajos de los pintores estadunidenses Jackson Pollock y Franz Kline, así como las abstracciones de artistas de vanguardias como el ruso Kasimir Malevich o el holandés Piet Mondrian. En 1972 participó por primera vez en la Bienal de Venecia y saltó a la fama mundial.

En su introducción de los objetivos en el arte, Kounellis llegó tan lejos como utilizar animales vivos en sus obras. A finales de los años 60 amarró a 12 caballos en una galería, en un acto muy provocador.

Con ello superó los límites que se consideraban normales para una exposición y fue tildado de “revolucionario”.

Muy polémicas fueron también sus instalaciones de matadero con trozos de carne sangrienta o de un patíbulo junto a la catedral en la localidad alemana de Gmünd, junto al que se balanceaba un saco lleno de muebles.

De forma similar a Joseph Beuys, con quien Kounellis mantenía una amistad, el artista griego diseñó grandes instalaciones para espacios determinados. Como su especie de cielo de carbón para el museo de Recklinghausen, también en Alemania, para el que utilizó 112 trozos de carbón con un diámetro de 20 centímetros cada uno.

En una exposición en Praga experimentó con los olores y con café esparcido en una tabla. Kounellis llenó también sacos de carbón de café o abrió el fuselaje de un barco, para utilizarlo como espacio de exposición.

De cierta manera Kounellis incentivó una forma moderna del reciclaje, al reutilizar materiales ya usados en nuevas obras de arte. Durante la creación de una obra grupal en el museo Kurhaus Kleve en 2011 colgó sin vacilar sus zapatos negros en un lienzo de alquitrán y tuvo que comprarse unos nuevos.

El concepto artístico de Kounellis puede entenderse en relación con su biografía. En Grecia creció en una sociedad del odio fruto de una guerra civil entre comunistas y nacionalistas (1947-1949).

Su padre, antifascista, estuvo de parte de la izquierda derrotada. Los ganadores de la guerra, los conservadores, perseguían en todos a todos los que siguiera osaban a tener contacto con los perdedores.

El futuro de Kounellis, también un solicitado escenógrafo, autor de teatro y excelente dibujante, se veía oscuro, como solía decir.

También su arte era oscuro, el negro era su principal motivo.

Al mismo tiempo, la libertad desempeñó un papel importante en su vida, que se manifestaba en la constante ruptura de su arte. En su país natal es especialmente famosa una frase suya: “Nunca he matado a un hombre. Pero estoy dispuesto a matar a uno si es por la libertad”.

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