Eve Gil
Un marido recto como una secuoya,
dos hijas, dos erizos de mar,
recogiendo rosas del vello erizado de mi cuello…
En alguna parte leí que hay quienes nacen dos veces. La segunda es cuando descubren su vocación. Anne Sexton nació por segunda vez a los veintiocho años. A finales de la década de los cincuenta, en la ultraconservadora sociedad estadunidense; sin embargo, la mayoría de las mujeres de “casi treinta” ya eran esposas y madres de familia, y se sentían conformes con seguir la tradición de sus madres y abuelas.
No, Anne no estaba conforme. En lo absoluto. Casada desde los veinte años con Alfred Muller Sexton ii, Kayo, para los amigos, malogrado estudiante de medicina y comerciante de lana, como el padre de Anne, el arte y la pasión brillaban por su ausencia en el aséptico hogar de la pareja, que engendraría dos hermosas niñas, Lynda Gray Sexton (1953) que llegaría a ser novelista de relativo éxito gracias a que prácticamente todos sus libros explotan la vida y obra de su madre, y Joyce Sexton (1955). Poco antes de los veintiocho, la señora Sexton ya era asidua a consultorios psiquiátricos, adicta a los antidepresivos y había intentado quitarse la vida dos veces, una de ellas por depresión postparto, tras el nacimiento de su segunda hija. Hastío. Vacío. Hartazgo de portar la pesada careta de ama de casa perfecta al tiempo que se involucraba sexualmente con casi todos sus psiquiatras. La angustia de no encontrarle un real sentido a la vida; de querer gritar y no saber cómo. Ella se autodefinió como “víctima del Sueño Americano, el sueño de la clase media y burguesa…”
Alguno de los galenos tuvo la decencia de no aprovecharse de su fragilidad emocional, le sugirió que se entretuviera viendo un canal educativo de televisión que había empezado transmisiones en Boston. Anne, increíblemente, no dejó caer en saco roto la recomendación –que bien pudo ser una ironía– y lo primero con que se topó fue una clase magistral del crítico i. a. Richards sobre el soneto.
Y Anne empezó a escribir…
Este es uno de los pocos testimonios que existen de que la televisión haya contribuido al surgimiento de un poeta, y no de cualquiera. Veintiocho años pareciera una edad avanzada para empezar a escribir, pero la señora Sexton, tras asistir a talleres de poesía entre 1957 y 1958, uno de ellos a cargo, nada menos que de w.d. Snodgrass, publicó con éxito su primer poema en la importante revista The Hudson Review: “Doble imagen”. En 1960 hizo su debut formal con el libro To Bedlam and Part Way Back. Dos años le llevó a Anne Sexton convertirse en una de las poetas jóvenes más importantes de su país y llegó a ganar el Premio Pulitzer en 1967 por su tercer controversial libro Vive o muere, aunque esta evolución, lejos de aportarle la pieza que le faltaba, trastocó su vida social y conyugal en un pandemonio: nunca consiguió conciliar el éxito como escritora con aquello que, se supone, debía ser lo más importante para ella: su familia.
La rubia, la morena
Una memorable casualidad la hizo coincidir, en un taller impartido por Robert Lowell, con una valkiria rubia y sonriente que habría de convertirse en su mejor amiga, su alma gemela: Sylvia Plath (1932-1963). Las semejanzas entre ambas eran tan marcadas como sus diferencias. En común tenían el hecho de ser dos talentosas poetas atrapadas en la vorágine de la vida doméstica, pero al mismo tiempo se diferenciaban en que, mientras Sylvia vivía a la sombra de un esposo, el poeta más amado de Estados Unidos, Ted Hughes, casi un dios, Anne era mujer de un insípido comerciante de lana a quien la fama de su esposa le pesaba como un fardo: dos caras de una misma moneda. No es difícil de creer, por tanto, que ambas amigas –la rubia fornida, sonrosada, como sacada de un comercial de lavadoras; la morena espigada y sexy con tacones altos, fumadora empedernida– hubieran mencionado alguna vez la posibilidad de suicidarse, aunque habría que preguntarse qué tan cierto es que hicieron un pacto suicida. Sylvia no esperó a Anne e introdujo la cabeza en el horno de su estufa a los veintinueve años de edad: casi la misma edad en que su amiga había empezado a vivir. Anne la increpa violentamente en un estremecedor poema. Su traductor y estudioso, Julio Mas Alcaraz, se aventura a señalar que Anne se enfadó porque el suicidio de Sylvia perjudicaría su propia posteridad:
¡Ladrona!
¿Cómo te arrastraste dentro, bajaste arrastrándote sola al interior de la muerte que yo deseé tanto y durante tanto tiempo?





