Mariana Hernández Luna

Vivimos tiempos azarosos, aciagos. No solo nos sentimos inseguros y frustrados, también estamos muy enojados, encabronados. La corrupción y la impunidad son dos de los grandes problemas que en México percibimos como endémicos y que nos conducen a muchos otros como la inseguridad, la pobreza, la falta de oportunidades, la injusticia y una educación deficiente entre muchos otros.

Resulta alarmante que, de acuerdo a la Encuesta Nacional de Calidad e Impacto Gubernamental 2015 del INEGI, en México casi 9 de 10 personas considera que la corrupción es frecuente o muy frecuente. Por otra parte, de acuerdo al Índice de Percepción de la Corrupción 2016 presentado por Transparencia Internacional que clasifica a 176 países a partir de la percepción de los niveles de corrupción que existen en su sector público, México se ubica en la posición 123. También ostenta la última posición de los 35 miembros que integran la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). Por último, de acuerdo con la Décimo Quinta Encuesta Nacional sobre Percepción de Inseguridad Ciudadana en México, presentada en abril de 2016 por México Unido Contra la Delincuencia y Consulta Mitofsky, “la mitad de la población considera que en la actualidad la corrupción es mayor a la que había hace cinco años. […] Esta valoración no solamente se presenta en el orden interno, a nivel internacional, México se posiciona como el segundo país más impune del mundo.”

No queda la menor duda de que en todos los niveles de gobierno y todos los partidos políticos están plagados de innumerables actos de corrupción y que tienen como fin último conservar bienes y prebendas. Se han convertido en una deleznable clase política que a diario exhibe su podredumbre.

En 2018 habremos de elegir presidente de la República. Hay dos partidos políticos que parecieran tener muy claras las cartas que van a jugarse en este póker de ilusoria democracia: el PAN quizás con Margarita Zavala (hasta ahora se dice que le favorecen las encuestas) y Morena con Andrés Manuel López Obrador. La carta fuerte del PRI aún no la conocemos, pero lo que sí sabemos es que los partidos políticos son franquicias que no cederán ni un ápice en el control político, económico y social. Ante este panorama resulta imperativo exigirles propuestas realistas, factibles y específicas sobre el combate a la corrupción y la impunidad que superen el discurso demagógico y electorero encaminado a obtener el aplauso acrítico.

A los legisladores, autoridades de todos los niveles de gobierno y a los candidatos a cualquier puesto de elección popular hay que presionarles para que definan de manera clara y precisa

cuáles serán sus estrategias anticorrupción, no debemos ser indulgentes con ninguno de ellos. Necesitamos respuestas inmediatas a un problema que diariamente padecemos y que ha ido minando no sólo nuestra imagen internacional, también nuestro proceder y ánimo cotidianos.

Por otra parte, como sociedad civil debemos involucrarnos en conocer, respaldar y vigilar las legislaciones anticorrupción, así como su implementación, y fortalecer las instituciones u organismos encargados de ello. Y es aquí donde quisiera detenerme un poco, pues como ciudadanos debemos ser autocríticos. Si bien las estadísticas nos hablan de que los mexicanos tenemos una percepción muy clara acerca de la corrupción en el sector público, poco nos detenemos a examinar y discutir sobre la corrupción que impera de manera cotidiana en todos los ámbitos de lo social.

Corrupción es saquear un estado como lo han hecho muchos ex gobernadores, aceptar u ofrecer sobornos para beneficiar a empresas públicas y privadas, pero también existen muchos otros actos de corrupción nimios a los que no queremos nombrar, por ejemplo arremeter contra un agente de vialidad cuando nos multa porque no debemos utilizar el celular mientras conducimos, cuando evadimos el pago de algún servicio público o de nuestras obligaciones fiscales y acudimos a que nos hagan un descuento con tal de no pagar el adeudo total, más sencillo aun, cuando en la escuela buscamos aprobar utilizando trampas. El problema fundamental de la corrupción es la falta de honestidad y claro que no es lo mismo saquear las arcas públicas que sacar “un acordeón” en un examen, pero la esencia es la misma: deshonestidad.

Vivimos dentro de una sociedad poco cívica y prácticamente sin autocrítica. La clase política es indefendible, pero también es cierto que le hemos permitido el abuso sistemático, en ocasiones hemos sido cómplices porque hemos preferido aceptar una despensa, un tinaco, un bulto de cemento o evadir el pago de una multa de una infracción que sí cometimos.

Somos una sociedad civil apática, sin compromiso, perezosa, sin conciencia de colectividad o de colaboración, no estamos organizados y, por supuesto, no presentamos ninguna resistencia ante una clase política que lo sabe y utiliza a su favor.

Por supuesto que existen asociaciones civiles y organizaciones no gubernamentales que alzan la voz y se pronuncian en nuestro nombre a favor de causas que nos atañen a todos. Es evidente que no me refiero a ellos, me refiero al grueso de la población en la que estamos la inmensa mayoría de los mexicanos que vivimos quejándonos o criticando desde la comodidad de nuestra casa y creando memes o enviando tuits ofensivos sobre la clase política, pero que realmente no hacemos nada. Acudir a sufragar el día de las elecciones no implica una participación activa en la toma de decisiones, es apenas el principio, no damos seguimiento a los funcionarios ni a sus promesas de campaña, no comprendemos qué significa “auditar”, generalmente no sabemos a

qué distrito electoral pertenecemos ni conocemos el nombre del diputado o a qué partido político pertenece.

Votamos y nos vamos a nuestra casa, seguros de que solo es responsabilidad del gobernante en turno satisfacer todas nuestras demandas y de que él o ella tienen la obligación de acabar con la corrupción y la impunidad. En México todavía recurrimos al pensamiento mágico religioso hasta para las soluciones políticas, de ahí que surjan figuras caudillistas que se erigen como salvadores.

Evadimos la responsabilidad de nuestras obligaciones cívicas, dejamos las decisiones en manos del gobernante o del candidato y pareciera que nuestro voto en su favor es como ponerle una veladora a la Virgen de Guadalupe.

Sí, la corrupción es evidente y es un problema insoslayable, urgente, pero es más importante comprender que estamos obligados a participar para solucionarlo. En este momento, como nunca antes, tenemos acceso a mucha información por lo que es un deber ineludible mantenernos informados, ser analíticos, críticos y, sobre todo, autocríticos. La situación actual exige dejar la comodidad y comenzar a involucrarnos en la esfera de lo social, de ser miembros activos de la comunidad a la que pertenecemos. Siempre he creído que las grandes revoluciones no empezaron con un fusil, sino con ideas que se fueron contagiando y movilizando primero a pocos, después a muchos. Tal vez debamos empezar por respaldar iniciativas como “Sin voto no hay dinero” del diputado independiente Pedro Kumamoto o simplemente comencemos a organizarnos con nuestra familia, nuestros amigos y nuestros vecinos para vigilar y exigir a nuestras autoridades que cumplan con sus obligaciones en nuestra colonia o barrio.

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