Ignacio Betancourt
Cuando Max Horkheimer (1895-1973) y Theodor W. Adorno (1903-1969) se preguntaban “por qué la humanidad, en lugar de entrar en un estado verdaderamente humano, se está hundiendo en un nuevo tipo de barbarie”, bien podrían haber estado anticipando lo que ocurriría en el México de hoy, por ejemplo, al descifrar las estrategias de continuidad que tan torpemente plantean algunos sucesores presidenciales del poder priísta, en donde amenazan con que sólo la permanencia de sus procederes salvará al país de la desgracia; ahí se dibujan plenamente las aspiraciones de la delincuencia institucionalizada, para quien lo menos importante son los millones de mexicanos que dependen de sus lamentables voluntades. Una realidad cuyo sostenimiento resulta suicida desde el lado de las víctimas y profundamente perversa desde el lado de quienes suponen que la posibilidad de medrar impunemente no tiene final.
El sargento Nuño declara que los mexicanos deberemos esperar dos sexenios más, por lo menos, para constatar los beneficios de su arbitraria y mal llamada Reforma Educativa. Osorio Chong sentencia que habrá de aguardar algunos años para constatar los avances de las reformas policiacas diseñadas en el actual sexenio; el secretario de Hacienda advierte que los aciertos presupuestales sólo serán perceptibles en el largo plazo, y el director del IMSS insiste en que únicamente la continuidad garantizará las condiciones favorables para la atención médica de los mexicanos. Puro PRI luego de las elecciones de 2018.
Respecto al contexto de los cambios urgentes para la nación, habrá que inferir que México no va a estallar por problemas ideológicos (tal circunstancia resultaría demasiado sofisticada); lo hará debido al grado de miseria que la población mantiene bajo las condiciones que los priístas y sus cómplices imponen. Estallará el país por variables económicas pues de “cada dólar de nueva deuda del erario, salen poco más de 51 centavos para el pago de intereses”, lo anterior no hay ciudadanía que lo resista ni partido que se atreva a involucrarse en tales asuntos. Si algo es evidente lo es que los gobernantes en turno y los grandes empresarios, son capaces hasta de aumentar los salarios de los trabajadores mexicanos con tal de mantenerse expoliando a la población; nada es suficiente para la voracidad de quienes suponen que existir sólo es la posibilidad de aprovecharse de alguien.
Sin embargo, los cambios no los determinan ni las buenas conciencias ni las buenas voluntades, cualquier transformación amplia resulta de ineludibles condicionantes históricas y sociales. Ahora en México es el final de una manera de aplastar al prójimo, la corrupción tradicional está llegando a su fin, quien no lo entienda correrá el riesgo de la petrificación. Si nada permanece y mucho menos puede mantenerse por siempre ¿cómo creerles a quienes se suponen eternos sin cambiar?





