Luis Ricardo Guerrero Romero
En el país de Surinam –penosamente quizá por pocos es conocido– se había desatado una ola de sueños raros en los habitantes de Matapica. Algunos especularon que debido al consumo excesivo de mandioca tratada por un grupo de turistas que visitaron el país ya desde hacía 10 años fue que se contaminó su valiosa planta. Fue así como para erradicar el mal que asechó a sus mentes ofrecieron llevar a cabo el baile típico de Kaseko por una jornada de 168 horas continuas sin parar, el cual al ser efectuado con la intención de vaciar de ellos las malas energías los llevaría a la sanación. En Surinam es interesante ver cómo la gente asume el baile –danza dicen ellos– como un método ritualista, pero ese día de la jornada de 10080 minutos de baile, algo raro iba a suceder. Los pies de las matapicas, quienes danzaron para abolir los sueños malos de hijos y esposos, luego de un par de días en que golpeaban la tierra y dejaban el sudor disperso, gemían de cansancio, pero el cariño por sus familiares era más grande que el dolor que se apoderaba de sus piernas, y la respiración que les faltaba era tomada como nada ante el sacrificio, ellas sabían que lo lograrían. Los hombres por su parte tocaban instrumentos autóctonos, pero igualmente gemían a causa del golpeteo en sus manos, parecía que aquello iba acabar en tragedia, pues nadie debía ceder al cansancio para que el ritual hiciera el efecto deseado. No obstante, el grupo de señoras de 70 y 80 años no pudo más y dejaron caer sus cuerpos lánguidos sobre la arena al grito de ¡socorro!, ya nada iba a salvar a los hijos de Surinam. De tal modo que uno a uno de los varones al ver lo sucedido tomó una daga y al grito de ¡socorro!, dio muerte a cada señora desfallecida por el cansancio. A tiempo Lorenzo Pinas, académico de la universidad de Paramaribo, despertó de ese sueño gritando ¡socorro!, se paró de su cama y contó a todos la pesadilla que había tenido un día antes de que un grupo de turistas pidieran examinar la mandioca en el laboratorio de la Universidad Anton de Kom.
Lorenzo Pinas fue algo así como un vaticinador de los sueños matapicas, pero también en nuestro relato es un propalador más de la expresión: socorro. La cuestión es, cuando se pide socorro, ¿qué se está suplicando? Aunque tal expresión puede ser otro más de los arcaísmos de nuestra lengua, sin duda es una palabra que todavía grita socorro para vivir, por ejemplo, en contextos clínicos donde es mucho más empleada en el área de los auxiliares médicos los denominados socorristas, asimismo, en algunos templos existe la devoción por una santa nombrada Socorro además de ser perpetua, y en algún burdel potosino está doña Soco, mujer honorable que regentea el placer. Así que, podemos ver esta palabra ya como nombre, ya como sustantivo masculino, pero igual la vemos como una expresión de ayuda, y, aunque esta locución ha sido remplazada por las socorridas frases: haz paro güey, échame la mano, tira esquina, auxilio; no deja de ser una palabra en nuestra lengua. La voz socorro, efectivamente alude pedir apoyo urgente para algo, sobre todo si se encuentra en una situación difícil. Del latín succurru es decir, acudir, y tal acción de acudir es de modo veloz. Según algunos lingüistas a partir de la base prefijal suc (su, sub) y el lexema currere, correr, lo cual nos daría la idea de correr hacia abajo, pero ese esclarecimiento poco abona al sentido de socorrer, de allí que entendemos que el socorro lo brinda una persona jerárquicamente mayor a quien lo pide, un hijo a una madre, un enfermo a un médico, un hombre a un dios. Cualquiera de estos seres “superiores”, desciende (corre hacia abajo), va a el necesitado, acude, corre hacia, para apoyarlo. Entonces doña Soco la del burdel, efectivamente lleva en su nombre el apoyo al necesitado, y nuestro personaje Lorenzo Pinas, fue socorrido por un sueño que evitaría que los malos sueños sucedieran en su país.





