Luis Ricardo Guerrero Romero
Adriana Roman, sentada en la banca menos arruinada del parque meditaba los años de su ya pasada juventud, mirando a los jóvenes que se aman sujetados de la mano, enlazados del corazón, recuerda sus experiencias amorosas o amoríos furtivos que disfrutaba cuando la belleza y el encanto se conjugaban en su cuerpo. Nadie podía negar que Adriana Roman en aquel ayer era la más hermosa de todas las mujeres que jamás se conociera, su belleza era tanta, que ahora es tanto el recuerdo y nostalgia que la abruman. En su mano con dificultad a causa del párkinson sostiene un emblema rotulado sobre ámbar, desgastado por el tiempo al igual que su cuerpo y su mente, sin embargo, lo conserva valioso talismán. Aquel emblema es el recuerdo de juventud y de su añorada belleza, pero pronto iba a pasar a manos de alguien más puesto que, el dolor de la memoria se encajaría en su cabeza haciéndola caer súbitamente al piso y de un golpe severo murió. El cadáver fue sepultado sin honor ni cariño, pues las “amistades” que había forjado en su juventud sólo querían su popularidad como amiga o en la cama. Del emblema que con celoso amor sujetaba la finada Roman, sólo se sabe que ahora cuelga del cuello de un paramédico que desde aquel día en que éste lo poseyó no ha pasado nada anormal, pero por las tardes justo a la hora en que el sol cae, el paramédico medita la opción de ir al cementerio para exhumar aquella señora y en un acto de necrofilia entregar a la dueña el emblema.
Pocas veces se ven emblemas grabados en ámbar cargados de energía como el que se encontró aquel paramédico, pero lo cierto es que la sabiduría popular otorga a los emblemas un sentido trascendente, los hay militares, los hay de abolengo, emblemas de marcas reconocidas; y de esotérica energía los hay. Lo peculiar de los emblemas es que quienes los persiguen con un ansia hacen que aparezcan, y después los llenaban con significado otorgándoles un sentido. Lo llevan los judíos en seis triángulos, lo vivían los 88 en el suástica, los paramédicos equivocadamente lo llevan también. En realidad, para esta palabra se necesita todo un tratado, pues para alcanzar a delimitarla, sería conveniente invocar a Eco, a Barthes, a Pierce, o al mismo Saussure. Invitar a esta mesa de emblemas a Pierre Guiraud, tal vez M. Foucault y a C. L. Strauss. O mejor aún, no invitar a nadie, que todos se pierdan en sus significados, signos, lenguajes y sigan siendo un emblema del campo académico. Pues lo único cierto es que la palabra latina: emblema, aparece lineal en nuestra lengua como: emblema. La distinción reside en que, en la antigua Roma esta palabra era mejor entendida como el trabajo de taracea (marquetería, mosaico o la muy precisa filigrana). Aunque para los retóricos el emblema era el uso de adornos en su elocuencia. El sentido del sustantivo emblema se debe a la palabra de origen griego: εμβλεπο (emblepo), mirar, dirigir con enfoque la mirada (aunque hay otras propuestas que indican que viene del sentido de un objeto encerrado), tal efecto de enfocar la mirada, sólo lo lograría un trabajo detallado, como se entiende que es la taracea. Hoy se concibe un emblema como un “símbolo” regularmente acompañado con una frase que realza el sentido-significado del mismo. En la literatura según Marchese Angelo, se le denomina emblema a una peculiaridad en los personajes, sus características, formas de vestir o hablar. Las primeras manifestaciones de comunicación como lo son los pictogramas e ideogramas, no están escritas para decir, sino que representan lo que se dice en series de imágenes, son emblemáticas. Asimismo, recordemos que a una persona de loable memoria se le designa emblemático, así es que el emblema por antiquísimo o novísimo que sea sigue siendo un emblema con toda su fuerza y vigor.




