Luis Ricardo Guerrero Romero
Muy de mañana cuando nada parecía sobresaliente, los ojos de ella se detuvieron ante la lectura de una nota que invadía las redes sociales, los periódicos y la curiosidad de otros lectores:
“Al despertar, mientras las inmensas ganas de abrazar tu nombre se desasosiegan, busco en el álbum de la memoria algún recuerdo, una voz, una sonrisa, esas muecas que súbitamente se asociaban a tu estado de ánimo. Pero de poco o nada sirve, hay en mi ser un tiempo funesto que desde hace ya muchos ayeres anhelan recobrar los minutos perdidos, extraviados en tus planes y los míos. Pero seguro estoy de que servirá de algo evocarte, será curativo ver tus fotografías, será curativo acariciar tu nombre después de que mi voz te pronuncie, será curativo el tiempo funesto en el que no te he tenido y sin embargo te pienso —justo ahora te escribo—, tal como el día piensa la nostalgia de la luna. Quizás una añoranza de ver nuestras manos entrelazadas significará la némesis que el Destino —juguetón ente enfadado conmigo— me tiene preparado para siempre. No obstante, de algún modo habré de ganar la coartada del funesto tiempo que hoy mismo me pacta una tregua cuando te escribo y pienso nuevamente en tu aroma”.
La nota estaba dirigida para Viry G. Bueno, eran unas líneas que se sumaban a las tantas palabras que se dicen en los diarios y en los medios comunicativos, pero esta tenía una enorme coincidencia con su nombre, la lectora de esa mañana tenía en sus manos un recado dirigido tal vez a un homónimo. La nota estaba firmada por una frase escrita en húngaro o magiar: Szeretlek Barát. Lo cual hacia pensar a la verdadera Viry G. Bueno, que no puede tratarse de ella, puesto que no conocía a ninguna persona de la llanura panónica de Europa. Sin embargo, era inevitable el que ella se interpretara con cada letra que el tal anónimo hacía coincidir con lo que de hecho ella sabía de sí misma. De tal suerte que, de modo casi natural, la hermosa G. Bueno comenzó a indagar —mientras una sonrisa la acompañaba del otro lado de la página escrita—. No tardó mucho en dar con el autor de tal nota, supo el nombre, apellido y profesión, supo también su nacionalidad e idiosincrasia, incluso pudo descifrar sus más fervientes temores y logros, pues la biografía que encontró sobre el prosista que hablaba de ella, era la vida de quien en otro tiempo fuese su primer enamorado. Tiempo funesto de igual modo cobró el averiguar sobre ese sujeto. Viry, ese día luego de años de haberlo recordado terminó de conocerlo por completo (sólo al final de la vida se desentierra el conocimiento del todo). La biografía de aquel hombre —el antiquísimo seducido de su sonrisa— venía con la inscripción de su lápida: “Cronos, libre de envejecimiento, acompaña a Ananke”. El escritor que firmó con la expresión Szeretlek Barát, había muerto desde hace siete años, pero dejó estipulado que cada año bisiesto se publicase la nota en la que él vivía feliz para siempre con el recuerdo de ella.
Las anteriores líneas nos invitan a resolver varias cuestiones, pero la que ahora nos importa será entender el tiempo funesto. Pues como expresa el relator en el epitafio del personaje: “Cronos, libre de envejecimiento, acompaña a Ananke”, la vida parece funesta si no se es un dios. Pero también el tiempo es funesto cuando la vida de otra persona no se vive en plenitud, y finalmente, lo funesto del tiempo ha de radicar en que hay varias formas de morir mientras el tiempo sigue viviendo. La idea de funesto es entendida a partir del latín: funestus (contrito, triste, mortal). De ahí palabras semánticamente asociadas como: fúnebre, funeral. En suma, a esas ideas encontramos ya desde la lengua helénica la voz: φονιος [fonios] y φονος [fonos] (fonos> funus> funestus> funesto), que nos señalan lo que está propenso al homicidio, y causa de muerte, respectivamente. De tal modo que, la palabra funesto se incorporó a nuestra lengua por herencia griega y latina. No habrá de confundirse φονος con la voz φωνεω [fono] (pronunciar), pues una indica lo funesto, y otra, la idea de sonido. Aunque para nuestro personaje, oír el relato de un muerto resultará funesto.





