Luis Ricardo Guerrero Romero

Probablemente, pero muy probable, todo lo que está sucediendo ahora y vendrá; alguien ya lo sabía… Si me hubieran preguntado este asunto hace tres semanas no habría dudado en callar al desorientado emisor que se atreviera a decir cosa semejante. Pero hoy, luego de un viaje hecho junto con los parientes de mi mujer a un lugar llamando Villa de Sacha inchi −sitio así denominado en honor al súper alimento de la amazonia del Perú−, toda mi perspectiva en relación con las cosas adivinatorias cambió. No probamos el sacha inchi, ni el hercampuri, ni marañón. Ninguno de los vacacionistas presentes tuvo el valor necesario para degustar tales originarias plantas peruanas. Se habló de sus múltiples propiedades y todo muy interesante, pero es insuficiente para un grupo de turistas escépticos acostumbrados a comer tacos de pastor y tes de manzanilla cuando mucho para algún dolor.

Lo que sí nos atrapó, inclusive a mi tía la católica fue la historia de un aldeano octogenario que ostentaba dominar las artes adivinatorias, desde la: espatulomancía, demonomancía, lecanomancia, ceromancia, hasta la uromancía. El sujeto sabía entender cosas que tanto los oriundos como visitantes desconocíamos. Cuentan que sus padres expertos en botanomancía educaron al hombre que, supo decir con una lágrima en sus ojos el día y hora en que moriría. Con temor pregunté sobre mi muerte, y con temor ahora vivo.

Luego de ese viaje botánico-adivinatorio, releí sobre Sileno, aquel dios del vino y la embriaguez, el cual, según la mitología helénica, éste fue considerado hijo de Hermes. Pero su logro no era ser un borracho, sino un vaticinador. ¡Salve Sileno!, Σιλανος ο μαντις (el adivino Sileno).

Las artes de adivinar, curioso pero cierto. Desde muy temprana edad era común se nos hiciera un juego de palabras para adivinar. Como aquella que dice: Fui por él pero nunca lo traje, ¿qué es? −el camino. Así es la cosa de adivinar, todos hemos sido ese octogenario peruano, todos ese ínclito Sileno. Todos hemos adivinado algo, con o sin pericia hoy adivinarás. La cosa no es sencilla. Ya desde su origen la palabra adivinar distingue el descubrir algo oculto, de allí que del latín addivinare, saber en unión con lo divino. Con ayuda de lo divino saber aquello encriptado por el tiempo. Sin más, un sortilegio. No obstante, la idea primigenia se remonta a la tierra de Sileno, donde la palabra μαντις, (mantis) viene a significar adivino. Como la nigromancia o quiromancia, o las otras “mancias” que dominaba el sujeto de la amazonia peruana.

En conclusión, una adivinanza, como: qué tiene el rey en la panza, es sí un ejercicio de μαντεια (manteia) de adivinación. A veces como a Sileno, un licor nos estimulará a decir la verdad, y en otras ocasiones hacer uso de nuestra conciencia e inteligencia nos bastará para adivinar, para presagiar como dioses.

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