Luis Ricardo Guerrero Romero
En la sugerente silueta que dejó el café luego de ser meneado con la tenacidad del pulso inequívoco de Sergio Ramos, se dibujó una figura de suerte pareidolia paranoica paralela a sus pensamientos más arcaicos: ¿qué sería de aquel?, ¿dónde estará aquella?, ¿qué le pasaría a ese? Así pues, preguntándose mientras su figura líquida ilusoria se difuminaba como lo hace un Dios en las necesidades de los hombres, así Sergio fue libando su último café.
Pocos sabían de él, incluso el mismo sabía poco de él, quizá porque es un humano y esta especie poco sabe de sí misma, todos somos conscientes que la mismidad es un asunto agudo, como aguda es la palabra necesidad. ¿Tendría Sergio Ramos la necesidad de interpretar esa sugerente imagen aparecida en su taza de café? Probablemente no, pero ya sabemos lo que se dice: “pide a Dios un milagro de vida o muerte y no podrá, está más ocupado manifestándose en una tortilla quemada”. Claro que eso a Ramos no le interesaba, él bebía el café, con y sin figuras, mientras las cucharadas de dulce las ofrecen sus gratas compañías: Juana Amaya, Lucero, Gaby, el santo Miguel, el buen Cris y otras personas igual de dulces y agradables como la saciedad.
Puesto que, si hablamos de necesidad, uno de sus antónimos sin duda es la saciedad. Pero la voz necesidad del latín: necessitas -atis; nos sugiere pensar en el desvalido, en el huérfano, en ti y en mí que igual que Sergio, somos seres necesitados, ya sea moral o físicamente. Por eso sabemos que Dios necesita más de nosotros que, nosotros de él. Pues los humanos garantizamos su hipotética presencia. Quizá su ego divino es tan grande, tan necesitado que por eso se aventuró a dar vida. La inopia celestial de la necedad, pues necesita incluso de los muertos para seguir vida.





