Luis Ricardo Guerrero Romero

…con el alboroto que da la vida, te dispusiste a enviar correos electrónicos a una docena de personas. Una te respondió diciendo:

—Imagínate un mundo, de suerte tu mundo, en donde tus sentidos estén obligados a estar descarnados, es decir, que tu oído esté vulnerable a cualquier sonido a cada segundo, el tacto sienta el frío a flor de piel hasta de un plástico, el gusto y la vista estén sumamente sensibles a cualquier objeto, imagínate que debes de creer sí o sí en un Dios, o de lo contrario morirás eternamente; imagina qué obligación tan absurda el listado anterior. No es que deseemos caer en el positivismo o una situación cientificista, pero estar obligados a tremendas barbaridades es un insulto a nuestra racionalidad.

Justo ayer, escuché a una señora decir que la salud es obra divina y el malestar es un castigo a causa de nuestras acciones. Adiós siglo xxi. Los sistemas, en especial el sistema religioso, sólo ha generado pobreza mental: gente que venera huesos, que se come a Dios cada domingo, se confiesa obligada por “el castigo divino” (eres libre, pero, si no me sigues: Satán te espera), esclavos repitiendo rezos que en más de dos mil años no han servido de nada. Una obligación satírica. Obligación y obediencia, traducida en no pensar y creer. Estás obligado a creer si deseas ser eterno. La pregunta es: ¿para qué?

No hay ninguna: “santa gloria, ni descaso eterno”, sólo hay inicio y fin. No eras nada antes de existir, no serás nada después. Pero, si decides creer que hay más vida delante de tu muerte, hay que pagar, y seguir mantenido a los curas que nada curan, rezar y orar, como si la plegaria de un mortal doblegara la decisión de un ser eterno e inmortal. —Si no logras convencer a tu jefe de un aumento, ¿crees poder convencer a un “Dios”?

La obligación cultural es dura—.

Decidí borrar el correo electrónico, porque me obligaba a pensar, y por ahora no quiero pensar, mi tía está enferma y necesito un auxilio religioso. Fin.

Ya lo sabías, lo sé, y quizá también sabías de dónde viene nuestra palabra: obligar. Pero, como es nuestra labor divagar sobre el tema, dejemos atrás el relato y entremos a la obligación.

La obligación (del latín: obligatio, acción de responder) es un acto volitivo, la luna no está obligada a iluminar, el agua no está obligada a saciar la sed, las relaciones sexo genitales no están obligadas a procrear, y así un largo etcétera. Pero la razón humana sí que busca la obligación. Tal acción repercute en los lazos familiares, en las amistades, en los negocios, en la alimentación, en el amor y en el odio. La obligación es un acto forzoso de los mamíferos superiores. La vaca no sabe que está obligada a amamantar, pero una mujer sí lo sabe y si no lo puede hacer, la pareja sabe que es obligatorio alimentar al bebé con fórmula láctea. El ser racional no está obligado a creer en dioses, es el miedo quien lo seduce, el miedo a morir.

l.ricardogromero@gmail.com

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