Jaime Nava
Eduardo Córdova Bautista planeaba cuidadosamente las acciones que emprendía para acercarse a los jóvenes de quienes después abusaba. Cuando llegó a la parroquia de Nuestra Señora de la Anunciación no existían todas las actividades dirigidas a niños y jóvenes que llegaron a realizarse entre 1999 y 2004, relató Carolina, madre de un joven víctima de Córdova Bautista.
“Planeaba todo”, comentó luego de explicar cómo Eduardo Córdova se preocupaba por organizar actividades que se extendieran hasta la madrugada para que los padres de familia permitieran que sus hijos pasaran la noche con él en la iglesia, ya que se quedaban jugando algún partido de basquetbol para “desestresarse”.
En entrevista con La Jornada San Luis relató que a principios del 2004 la señora Carolina supo que uno de sus hijos había sido víctima de Eduardo Córdova Bautista, quien llevaba años al frente de la iglesia de la colonia El Paseo. Casi a punto de llorar describió a Córdova Bautista como un hombre “muy malo que aparentaba ser bueno”.
La maquinación
Antes de la llegada de Córdova a la colonia El Paseo, Carolina era una señora cercana a la iglesia a la que le gustaba colaborar en las actividades propias de la parroquia. “Él ya tenía su plan”, afirmó Carolina, y narró cómo Córdova Bautista corrió a quien se desempeñaba como secretaria de la parroquia con el argumento de que se habían perdido dos mil pesos. “Ella había sido secretaria de varias parroquias y la conocían todos, no tenía esas mañas” sostuvo.
La ausencia de secretaria y la acumulación de trabajo fueron los argumentos que utilizó Córdova para invitar a Adriana –hija de Carolina– a trabajar como su secretaria. “Mi hija primero se negó y yo le conseguí a otra persona pero él no la aceptó, me dijo que quería a Adriana”. Adriana sirvió a Córdova como el primer enlace para acercarse a niños y jóvenes, pues abrió un centro de cómputo del cual era maestra Adriana.
Después de una misa Córdova alcanzó a Adriana para decirle que “sería bueno que invitara a su hermano Felipe de monaguillo”. De esa manera logró acercarse a Felipe –el hijo menor de Carolina–. Cuando entraban familias con niños a la iglesia “él los veía, los observaba” los seguía con la mirada, “yo me preguntaba ¿qué les verá?” comentó Carolina.
Los abusos
Felipe fue víctima en silencio durante casi cuatro años. En la denuncia de hechos que presentó años después de haber sido víctima –y de la cual La Jornada San Luis posee una copia– Felipe relató que desde agosto del año 2000 Córdova comenzó a realizarle preguntas “indebidas con alusiones sexuales e insinuaciones”, conducta que fue repetida durante los años 2000 y 2003.
En algunas ocasiones el sacerdote le preguntaba si se masturbaba y “en qué pensaba cuando lo hacía, si pensaba cosas lascivas, si cuando estaba en la parroquia pensaba en hombres o en mujeres realizando actos eróticos”, y en otras ocasiones se le acercaba por la espalda, lo abrazaba o le tronaba la espalda.
Para Felipe la situación más “traumática” ocurrió en octubre de 2000 cuando le pidió permiso a sus padres para llevarlo a la ciudad de México como su “asistente”. Ese día, a bordo de un autobús de la línea ETN, el sacerdote puso sus manos en los genitales de Felipe, quien narró haberse sentido aterrorizado y angustiado. Ya en el hotel Córdova Bautista se acostó semidesnudo en la cama donde Felipe se encontraba. Durante ese viaje acudieron a la Basílica de Guadalupe donde el sacerdote le dijo que debían pedir perdón por lo que habían hecho.
Córdova convencía a los padres de Felipe para que lo dejaran dormir en la parroquia en múltiples ocasiones. “Se incrementaron los actos lascivos, eróticos, lujuriosos y sexuales, como el acercarse y darme besos en la boca, acariciar mi cuerpo y mis genitales”, expuso Felipe en la denuncia que presentó. Asimismo, relató cómo un día el sacerdote lo obligó a tocarlo: “agarró mi mano conduciéndola a sus genitales y me dijo que tenía que aprender ciertas cosas sobre la respiración, cómo relajarme”.
Explicó que durante los momentos en los que era sometido a realizar ese tipo de actos “llegaba a pensar en salir corriendo, pero la puerta de su cuarto tenía llave, enseguida había otra puerta que era como una cortina que tenía candado y, además, para salir de la casa había alarma, lo que me impedía salir del lugar”.
Córdova aprovechó la relación que Felipe mantenía con una joven para continuar preguntándole si se masturbaba o si tenía relaciones sexuales con ella. “Empezó a decirme que ‘el hecho de masturbarme era echar a perder mi vida, era como desperdiciar la semilla de la vida”, razón por la cual el sacerdote comenzó a tocarle los genitales arguyendo que iba a prestarle “ayuda para evitar eyacular precozmente”.
“Ya sé lo que usted hace con los niños”
Felipe decidió alejarse de la iglesia y el sacerdote para no seguir siendo víctima de sus abusos provocando que su hermana Adriana, quien continuaba laborando como secretaria, se molestara con él al no comprender su comportamiento.
Una persona que conocía de tiempo atrás a Córdova se acercó a Adriana para advertirle: “al padre Eduardo Córdova Bautista le gusta tocar a los niños, y también lo hizo con tu hermano”. La advertencia hizo que Adriana comenzara a indagar si eso era cierto. “Habló con los niños y algunos se lo confirmaron”, dijo Carolina.
Adriana encaró a Córdova Bautista: “ya sé lo que usted hace con los niños”, afirma su madre que le dijo a un Córdova que poco después quiso darle dinero, pero “ella no lo aceptó porque pensó que era para que callara”. Durante un tiempo sólo Felipe y su hermana sabían lo que había sucedido; sin embargo, después de haber pasado días “encerrada y llorando”, Adriana le contó a sus papás lo que había ocurrido.
Córdova “hizo lo que quiso en la casa de Dios”
Entre abril del 2004 y agosto del 2005, Carolina y Adriana le dirigieron diversas cartas al entonces arzobispo de la arquidiócesis de San Luis Potosí, Luis Morales Reyes. En las cartas –de las cuales La Jornada San Luis tiene copia– le pidieron al arzobispo que Eduardo Córdova fuera “ayudado y atendido” dada su “situación mental”, además de que se le suspendiera como sacerdote y no fuera “reubicado en ninguna otra comunidad”.
Carolina, acompañada por otras personas de la comunidad, fueron recibidas sólo una vez por Morales Reyes y otros sacerdotes quienes trataron de encubrir los actos de Córdova descalificando el testimonio de su hija Adriana, a quien acusaban de “pretender al sacerdote”, causando la molestia de todas las personas que se encontraban en esa reunión. “Como que era algo a ver si les pegaba, pero jamás se volvió a mencionar”, sostuvo Carolina.
Aunque Eduardo Córdova desde 2004 se había declarado enfermo y ya no se encontraba al frente de la parroquia de Nuestra Señora de la Anunciación, sí continuaba en sus labores como sacerdote y aparecía en eventos sin que pareciera que se le había sancionado de alguna manera. Por esa razón, y ante el silencio del arzobispo Morales Reyes, Carolina y su esposo le dirigieron una nueva misiva a través de la cual le cuestionaron: “¿(…)para ustedes ya son muy comunes estos actos reprobables? ¿O podemos pensar que estamos ante un anticristo?”
“Yo no descansaré hasta ver algo”
La insistencia de Carolina provocó que Luis Morales Reyes le respondiera sus cartas un año y medio después. Por la misma vía el entonces arzobispo le hizo saber que se había iniciado un procedimiento en contra de Córdova y que éste había sido “removido de su cargo como Párroco de “Nuestra Señora de la Anunciación” y se le había nombrado “capellán de una comunidad de religiosas”.
Sin embargo, Carolina seguía acudiendo a la calle de Madero 300 con el fin de conocer avances en el procedimiento que supuestamente se había iniciado con Córdova, provocando la incomodidad del arzobispo. “No les gusta que vayas ahí”, recordó que le dijo una persona de su confianza cuando le notificaron que el asunto de Córdova ya no sería tratado en la oficina del arzobispo, “ese asunto lo va a tratar el padre de San Miguelito (Tomás Ramírez)”, le dijeron. El sacerdote Tomás Ramírez se comprometió a mantenerla informada sobre el caso Córdova; empero, a más de diez años aún no ha recibido ninguna noticia de parte del sacerdote.
“Al seminario van algunos que se sienten fracasados”
“Igualito que cuando yo iba”, aseguró haber pensado cuando leyó que el arzobispo dio a conocer que no podría realizarse una reunión entre el Papa y las víctimas de abuso sexual en San Luis Potosí, y agregó: “ellos (Cabrero Romero y Córdova Bautista) eran muy amigos, platicaban, sonreían”.
A Carolina le hubiera gustado reunirse con el Papa Francisco para poder entregarle en propia mano testimonios que dan cuenta de todo lo que sufrieron su hijo y su familia. “Le diría que qué bueno que lo tengo de frente para entregarle lo que es una verdad”, afirmó.
Ya que consideró que desde la arquidiócesis de San Luis Potosí “no le han hecho llegar nada” al Papa, “encubren, protegen, a mí ahorita Jesús Priego no me parece sincero porque dice que ‘le pedimos que se presente’ pero yo siento que saben dónde está”.
A pesar de que considera que el Papa dice “palabras y palabras pero no hay hechos”, para ella él es el único que debe o puede hacer algo. Por lo menos tienen que poner reglamentos desde el seminario para ver quién sí va a ser sacerdote, manifestó.
“Al seminario van algunos que se sienten fracasados y que dicen ‘qué más hago, pues me voy de sacerdote’ porque inclusive nos llegaron a comentar cuando todo esto pasó ‘uy no han ido al seminario, ahí es todos contra todos’”.
“¿Por qué dañar a los chiquitos?”, se cuestionó Carolina, quien lamentó que haya sacerdotes como Córdova que dañen a los niños, “los niños son indefensos, ellos viven un mundo bonito”. Finalmente, a la pregunta ¿cómo se sentiría si el Papa se va de México sin haber tocado el tema de la pederastia clerical?, Carolina respondió: “me pongo muy triste”, y cuestionó: ¿por qué se cubren, por qué los protegen?”.





