Luis Ricardo Guerrero Romero
Después de que Tiffany (popular meretriz de la colonia) hubo leído toda la bibliografía existente –y realmente cuando digo toda es toda– sobre el hesicasmo, se suponía un cambio radical, ella como tantas de su oficio, hacía gala de su belleza y desnudez, cuanto más dinero había de por medio, con todo aquel caudal de moneda-placer compró libros y libros sobre la filocalia, pero sus lecturas como ya se mencionó eran más proclives al estudio del hesicasmo. A Tiffany (nombre artístico adoptado a cambio del de pila: Cristina) le había llegado el interés por esa doctrina ascética. Cierta ocasión en que un cliente de barbaba abundante blanquizca, ojos color de la miel y manos maltratadas llegó a solicitar sus servicios sexuales con el siguiente sorites: “Toda flor es vegetal, Todo vegetal es ser vivo, todo ser vivo es sensible, todo ser sensible posee alma, toda flor posee alma”, vengo por tu alma de meretriz –continúo aquel hombre–, requiero de tu sensibilidad para poseerla, vende pues un rato de tu alma a mí, solitario hombre. Tiffany no entendía aquellas premisas, y sólo cedió a vender su alma mientras el hombre admiraba la desnudez de su cuerpo a lo largo de seis horas pagadas. Nunca Tiffany había sentido pena al rentar sus servicios, nadie antes la alquiló sólo para ver su desnudez por tanto tiempo y a la conclusión de las seis horas, pagara aún con propina y una cálida sonrisa. El hombre del que les hablo yo también lo conocí, él fue quien me contó la historia de Tiffany conversa al hesicasmo. El hombre que compró seis horas de vida de la entonces meretriz aún va de prostíbulo en prostíbulo admirando los cuerpos y seduciendo las almas. Varios lenones han querido darle muerte por mermar sus mejores piezas, pero al entrar en contacto con él, quedan seducidos por una gracia supraterrenal. Ahora el grupo de ascetas dirigido por los ojos del color de la miel vive en un pueblo alejado, y a duras penas articulan media palabra, aunque se rumora que sus almas no dejan de hablar.
Hay pena, cuando se somete a un cambio trabajoso, al sentirse avergonzado, hay pena en los pasillos del penal (que por algo se ha de llamar así), cuando algo supone un esfuerzo también hay pena, capital o de muerte, pero pena, sin pena ni gloria, al ser partícipes de un suceso que no dejó nada por su camino. Pena sentía Tiffany al ser admirada desnuda por la mirada penetrante y sospechosa del octogenario varón, y pena sufrían los padrotes al ser conducidos al ascetismo. La pena a todos nos ha tocado, este sentimiento (o bien para otros autores, emoción) que nos hace reaccionar de distintas formas es tan natural como lo es el trabajo o el esfuerzo, de allí la locución adverbial: “que valga la pena”, puesto que el sentido primigenio de esta palabra se remonta a la idea del esfuerzo o sufrimiento, de griego antiguo: πονεω (poneo), que fue adoptada por los romanos con la idea de castigo, del latín: pœna (poneo> poena> pena). De tal suerte que, expresamos la pena en distintas circunstancias que inclusive parecen ser resultado de experiencias totalmente opuestas, pues decimos tener pena como sinónimo de timidez, pero también empleamos pena como una expresión de castigo. Esto sucede por lo que renglones arriba indicamos donde la voz helénica pena es sufrir. Así que, cuando sentimos pena, sentimos un tipo de sufrimiento. No se apene y tómelo con confianza, pues ser penoso, no es igual que ser penante.





