Federico Anaya Gallardo
Héctor Aguilar Camín es famoso por su fascinación por las relaciones entre intelectuales y poder. En 1977 escribió Martín Luis Guzmán: El mandarín y la epopeya (re-publicado en 1982 en Saldos de la Revolución, Océano, 1982, pp.199-214) y en 1991 nos regaló su novela La Guerra de Galio (Cal y Arena). El pasado martes 11 de abril de 2023, en su columna Día con día de Milenio reflexionó acerca del poder del presidente López Obrador. Se trata de un texto diminuto, de apenas 356 palabras que siguen, según nos explica el director de Nexos, una idea de Fernando Escalante Gonzalbo: “Se dice que López Obrador es el presidente más poderoso que México ha tenido desde las épocas del presidencialismo clásico priista. Lo es … pero se trata de un poder personal, que se acumula en sus manos, no en la institución presidencial.” Por lo mismo, al tiempo que López Obrador acumuló poder personal lo que hizo fue “reducir la capacidad transformadora del Estado”. (Liga 1.)
La idea se teje alrededor de las obsesiones de la oposición contra el obradorismo hecho gobierno: que sus propuestas son ocurrencias, que están pésimamente implementadas y que destruyen el entramado institucional de la República Mexicana. Para las audiencias que de por sí ya piensan así y que desean ver en negro sobre blanco ese pensamiento, el texto de Aguilar Camín funciona como las repeticiones que rezan las y los católicos (salmos, responsos, letanías). Un mantra que tranquiliza el alma de sus creyentes. Ya tienen la mente hecha como decía Esthela Treviño G. (@etpotemkin) en un tuit reciente.
Te parecerá extraño, lectora, que haga esa comparación ritual. Usualmente es la facción conservadora la que acusa al obradorismo de ser una seudo-religión. Pero no me dejarán mentir las y los politólogos serios de aquella facción: Maurice Duverger afirmaba –luego de observar el comportamiento de los partidos políticos europeos en la guerra fría– que con que uno de los oponentes asumiese una actitud totalitaria, del otro lado se reproducía en espejo el totalitarismo. Aún sin quererlo conscientemente, los adversarios se imitan.
Ahora bien, cuando el viejo Duverger hizo aquella observación no sólo reportaba un hecho de la praxis política. También señalaba un problema que debía resolverse… porque debatir quién fue primero sólo azuza el enfrentamiento y cierra el diálogo democrático.
Para entender cómo se resuelve la deriva totalitaria en los debates de una sociedad moderna, permíteme contarte de otro de los santones de la Ciencia Política estadounidense. (Así Aguilar Camín, Dresser y Krauze no me acusarán de ideológico en sus maitines y vísperas conservadoras.) Se trata de Samuel P. Huntington. En verdad que este pensador está en el infierno de las izquierdas latinoamericanas por su infame libro El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial (Simon & Schuster 1996; Paidós, 2006) que apareció primero en el número de verano de 1993 de la revista Foreign Affairs con loas y comentarios de gentes tan peligrosas como Jeane J. Kirkpatrick, ex-embajadora de Ronald Reagan en la ONU. (Allá en los 1990, yo tomé clase con ella en Georgetown University nomás por ver al adversario de cerca: un pensamiento conservador realmente potente.)
Bueno, pues ese Huntington tan conservador tiene un libro maravilloso: American Politics: The Promise of Disharmony (Harvard, 1981). En resumen, el politólogo señala que el sistema político estadunidense se sustenta en dos promesas opuestas y contradictorias: Igualdad y Libertad (así me gusta a mí) o Libertad e Igualdad (acaso así le guste a Dresser). Lo mejor del texto está al principio, adonde don Samuel cuenta cómo una huelga estudiantil en Harvard (primavera de 1969) puso en crisis a la muy conservadora cúpula de esa universidad, de la que él ya era destacado miembro. En el verano siguiente se celebró el 318º commencement (graduación) en la “Yard” (el jardín central cerrado) del campus. Cuenta cómo las autoridades negociaron con los estudiantes de la SDS (Students for a Democratic Society) que seguían movilizados contra la guerra en Vietnam y aceptaron un orador de esos “extremistas”. Por supuesto, “antes del amanecer se dejó entrar [al Yard] a un contingente de académicos más jóvenes y supuestamente más robustos quienes ocuparon y rodearon el escenario, una medida preventiva para adelantarse a personas con ánimos transgresores”. ¡Porros! ¡En Harvad se usaron porros en junio de 1969! (Que álguien le pase las sales a la ciudadana Dresser…)
Pero eso no es lo más interesante, lectora. La verdadera transgresión no fue el discurso del representante de SDS, ni que las personas que se graduaron llevaban estampado un puño en sus togas, ni que saludasen con el puño izquierdo en alto al Señorrector (university president). Ocurrió en el discurso del californio Meldon E. Levine (n.1943) quien terminaba su posgrado en Derecho. Levine preguntó a académicos y estudiantes: ¿de qué se trata esta protesta? Y contestó: Es nuestra práctica de los principios de ustedes. Acusó a los profesores de enseñar ideales y luego prohibir su práctica.
Huntington empezó a escribir Promise of Disharmony cinco años más tarde, por 1974. Al escribirlo descubrió que la relación entre pensamiento político é instituciones políticas es siempre paradójica, llena de contradicciones –y de mutuas acusaciones de hipocresía desde los extremos del espectro.
Regresemos a Aguilar Camín y Escalante Gonzalbo. Acusan a López Obrador de acumular poder personal y destruir las instituciones. Desde el otro extremo, los obradoristas preguntamos: ¿qué tanto poder ha acumulado este presidente que las cámaras federales le han denegado reformas constitucionales que él consideró esenciales para su programa?, ¿qué tan destructor es si acató la decisión de la Suprema Corte de sostener la Ley Minera de 1992 luego de que su secretaria de Medio Ambiente y Recursos Naturales y su director general de Pueblos Indígenas enviaron sendos amicus curiæ señalando que esa Ley es inconstitucional y violenta el derecho a consulta previa de los pueblos originarios? Podríamos poner muchos más ejemplos. Justo ayer la Corte detuvo el traslado de la Guardia Nacional a Sedena, en sentido contrario al posicionamiento público de la Presidencia. El “dictador” del que habla Beatriz Pagés Rebollar y el “energúmeno” que sabotea instituciones ejerce su poder y su influencia sólo marginalmente.
Veamos el siguiente ejemplo: el 15 de marzo de 2023, la presidencia ejerció su facultad de veto sobre los nombramientos que el Senado acababa de hacer para dos comisionados del Instituto Nacional de Transparencia, Acceso a la Información Pública y Protección de Datos Personales (INAI). Todomundo sabía que las personas seleccionadas no eran las mejor calificadas y que las élites de los partidos políticos nacionales habían negociado en lo oscurito, que era “un ‘reparto de cuotas’ entre el presidente de la Jucopo, Ricardo Monreal Ávila [Morena] y gran parte de los integrantes del Partido Acción Nacional y el Partido Revolucionario Institucional”. De hecho, el senador Damián Zepeda (PAN) y César Cravioto (Morena) señalaron que el “Senado no debía seguir siendo rehén de los acuerdos de los coordinadores parlamentarios, sin tomar en cuenta a sus respectivas bancadas”, según reportó el medio electrónico Serendipia. (Liga 2.)
Ciertamente, el veto presidencial dejó al INAI con una mayoría de asientos vacíos en su órgano central. Pero ¿la urgente necesidad de los nombramientos condona la negociación pedestre de esas posiciones? La Administración López Obrador ha sido muy crítica del INAI (¿quién no?), pero para transformarlo requeriría una mayoría parlamentaria constitucional que no tiene. Así que lo que le queda es presionar en el margen, haciendo evidentes las graves contradicciones de las élites oligárquicas (en el INAI, en el Senado, y en otras instituciones).
Me disculparás otras dos notas académicas estadunidenses. Con ellas termino, lectora. Los politólogos yanquis han documentado que su Presidencia es constitucionalmente muy débil, por lo que los presidentes deben jugar en los márgenes para sacar adelante su agenda legislativa (George C. Edwards III, At The Margins, Yale, 1989) y deben saltar sobre la cabeza de los otros poderes hablando directamente al Pueblo desde su “bully pulpit” (Jeffrey Tulis K., The Rethorical Presidency, 1987).
Así que no. Yo opino (y me perdonarán don Héctor, don Fernando y doña Denise por atreverme a hacer lo mismo que Sus Señorías)… yo opino que Andrés Manuel López Obrador es un presidente constitucional y por lo mismo débil. Ha sabido sortear obstáculos, surfear oleajes complicados e influir en los márgenes de los otros poderes constitucionales y del establishment fáctico –aprovechando al máximo sus poderes constitucionales y usando como bully pulpit la tribuna democrática que ganó a la buena. Ha sido muy eficaz, ha tenido suerte y –sobre todo– ha mantenido su bono popular-democrático. Esas capacidades no se pueden heredar (advertencia para las y los morenistas que creen que hay un nuevo “partidazo”) y su praxis ha empoderado a todos los demás actores constitucionales (por eso la minoría parlamentaria activa a la Suprema Corte y el INE detiene reformas legales vía el Tribunal Electoral). Por eso las derechas salieron a la calle. Por eso los medios de comunicación tradicionales le atacan todo el tiempo.
Todo lo contrario a lo que afirma Aguilar Camín. Y una buena noticia para nosotras y nosotros, los verdaderos republicanos radicales.
Ligas usadas en este texto:
Liga 1:
https://www.milenio.com/opinion/hector-aguilar-camin/dia-con-dia/sobre-el-poder-del-presidente
Liga 2:
https://serendipia.digital/datos-y-mas/amlo-veta-a-comisionados-del-inai/
Liga 3:
https://www.milenio.com/opinion/ricardo-raphael/politica-zoom/la-falsa-nacionalizacion-electrica
Liga 4:
https://twitter.com/lopezobrador_/status/1643332836336992256





