david pérez

El rumor corrió primero en las asociaciones de aficionados y luego en los pasillos del club: el Fortuna Düsseldorf, de la Segunda División de Alemania, tenía prácticamente cerrado el fichaje de Shon Weissman, delantero israelí. De pronto, la negociación se enfrió. No fue una lesión ni un desacuerdo económico; fue algo más antiguo y más peligroso: palabras.

En redes circularon mensajes atribuidos al jugador tras el 7 de octubre de 2023. No eran opiniones sobre un sistema defensivo ni sobre un árbitro: eran sentencias totales. «Borrar Gaza del mapa». «Lanzar 200 toneladas de bombas». «No hay inocentes en Gaza». Después, los mensajes desaparecieron de su cuenta; llegaron las explicaciones: fue un error, un impulso en un momento de gran carga emotiva, la lealtad a los suyos. El diario alemán Bild da cuenta de todo ello.

La industria del futbol conoce de duelos y sabe explotar emociones. Pero hay líneas que ningún estadio puede convertir en espectáculo. Decir que “no hay inocentes en Gaza” anula de un plumazo la distinción básica que sostiene cualquier ética mínima: la diferencia entre combatientes y civiles. Convertir un territorio entero en objetivo legítimo de aniquilación —“borrar del mapa”— no es hipérbole pasajera; es un imaginario de retaliación absoluta. La retórica de la devastación total no se corrige con el botón de borrar.

Se dirá que todo sucedió “en caliente”, que el jugador perdió personas queridas, que habló el dolor antes que la cabeza. Se dirá que ya se disculpó. Escucho esos argumentos y concedo lo que corresponde: el duelo existe y muerde. Pero, justamente por eso, en espacios de altísima visibilidad, la responsabilidad es mayor. Las disculpas sin reparación verificable son comunicados para salir del paso. Reconocer el daño, formarse en derechos humanos, apoyar de manera pública a organizaciones que protegen a civiles, esa sería una ruta creíble. Borrar tuits no repara nada.

También vendrá el comodín de siempre: libertad de expresión. Y conviene recordar algo simple: la libertad de expresión protege las ideas, incluso las más incómodas; no ampara la incitación a la violencia masiva contra poblaciones enteras. Un club que fiche a quien legitima esa violencia no “defiende libertades”; normaliza un lenguaje que prepara los hechos. El deporte no está por encima de la democracia: es una extensión simbólica de ella.

Alguien objetará que Weissman “se refería a Hamás, no a los civiles”. Pero las frases citadas no hacen esa distinción; la niegan. “No hay inocentes en Gaza” equivale a decir: todo es objetivo. Toda escuela, todo hospital, todo mercado. Ese borrado de límites es el combustible de los peores incendios de la historia. Y ese combustible, cuando se arroja desde figuras públicas, corre más rápido.

Aquí asoma otra palabra que ha servido de escudo: lealtad. “La lealtad no se debate”, afirmó el futbolista para argumentar su apoyo a las acciones militares de su país. De acuerdo: la lealtad a los tuyos no está en discusión; lo que sí es debatible —y debe serlo— es el contenido de esa lealtad. Hay lealtades que sostienen la vida y otras que justifican su eliminación. Cuando la bandera se coloca por encima de los principios universales, lo que se levanta no es orgullo; es permiso. Y el permiso para deshumanizar siempre encuentra manos dispuestas.

No exageremos, dirán: esto no es fascismo. Cierto: aquí no aparecen, de forma explícita, ni un proyecto de “renacimiento nacional” ni un llamado a la movilización disciplinada de masas. Pero sí aparecen lógicas que históricamente han sido funcionales a los autoritarismos: la deshumanización del otro (“no hay inocentes”), la glorificación de la retaliación absoluta (“borrar del mapa”), la fe incuestionable en la nación como valor superior (“la lealtad no se debate”). Quien piense que esas lógicas no se traducen en prácticas no ha visto cómo se convierten los cánticos en golpes al salir de un estadio.

¿Qué le toca al club? Primero, claridad. No se trata de “geopolítica”, sino de límites éticos. La institución debe establecer una política pública y transparente: no habrá fichajes ni renovaciones para quienes legitimen la violencia indiscriminada contra poblaciones. Segundo, debida diligencia en derechos humanos para todas las contrataciones: revisión de antecedentes, cláusulas de conducta, protocolos de respuesta y reparación. Tercero, pedagogía: comunicar a la afición por qué estas líneas existen y qué protegen. El futbol profesional es una escuela de costumbres; enseñar también es su tarea.

¿Y al jugador? La oportunidad de un gesto que trascienda el borrado. Nombrar el error sin peros; reconocer a las víctimas civiles —todas—; comprometerse con iniciativas que protegen vidas en zonas de conflicto. Aquí la grandeza no es solo anotar goles; es entender cuándo las palabras meten autogoles a la humanidad.

Shon Weissman tendrá que continuar en su actual club, el Girona FC, institución de Primera División en España que forma parte del City Football Group, que es un fondo de inversión de los Emiratos Árabes Unidos; dicho fondo posee varios equipos de todo el mundo, incluido el Manchester City.

La afición del Fortuna Düsseldorf puede celebrar que sus acciones públicas para impedir que su club fiche a un jugador hayan sido efectivas. Una muestra más de que las organizaciones de aficionados al futbol pueden tener un peso específico en la vida pública cuando se lo proponen. Un pequeño respiro en medio de la barbarie de un genocidio.

IG: @davidperezglobal

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