Ilán Semo/ I

Die Linke (en alemán se pronuncia /di linke/ y significa La Izquierda) triunfó en las recientes elecciones para la alcaldía de Berlín. El “partido que sobrevivió a la tormenta”, tal y como lo definió alguna vez Günter Grass, y cuyos orígenes se remontan a la caída del Muro de Berlín y auspicia la Fundación Rosa Luxemburgo, obtuvo 25.8 por ciento de la votación general –el doble de lo que acumuló en 2023–, superando ampliamente a la Democracia Cristiana (18.8 por ciento), así como a AfD (Alternativa por Alemania), la formación neofascista que conquista cada día más escaños (16.2 por ciento) –hace poco logró una victoria contundente en Sajonia-Anhalt y también el domingo en Mecklemburgo–. El SPD, la socialdemocracia, sigue en su ruta descendente –cada vez más alarmante (12.1 por ciento)– y el Partido Verde (ecologista) cedió una parte de su electorado (14.2 por ciento). 

Lo que resulta incierto es si la candidata de izquierda, Elif Eralp, logrará convencer a los verdes y a la socialdemocracia para formar una coalición que la convierta en la alcaldesa de la capital alemana. Sería la primera vez que la izquierda gobierne la ciudad. Elif, hija de sindicalistas turcos que se refugiaron en Alemania durante los años 60, hizo una campaña basada en una plataforma con tres directrices: 1) socialización de la vivienda para regular los desorbitados precios de las rentas; 2) una política social destinada a apoyar guarderías para que madres solteras puedan dejar a cargo a sus hijos más pequeños en manos de educadoras profesionales mientras trabajan, y 3) un giro en la postura hacia la guerra en Ucrania para buscar una solución negociada y diplomática. 

“Socialización” significa en este caso adquirir, por parte del Estado, 250 mil departamentos actualmente en manos de nueve compañías arrendadoras, un proyecto de 14 mil millones de euros. En suma: dar un giro de 180 grados a las políticas oficiales cada día más restrictivas implementadas por las coaliciones entre la democracia cristiana y la socialdemocracia desde la crisis de la vivienda en 2010. En la actualidad, contar con una vivienda cuya renta no vampirice los salarios ha devenido la condición fundamental para hacer de la urbe moderna un lugar mínimamente habitable. 

Como decía Ulrike Schlendorf, que dio su voto a Elif: “Si la renta absorbe la mayor parte de mi salario, ya no logro cubrir el gasto para la guardería de mi hijo, y si yo tengo que cuidarlo todo el día, ya no puedo ir a trabajar y mi vida colapsa”. No se trata de la clase media, afirma Eralp, sino de las garantías sociales mínimas que requieren los trabajadores que hacen funcionar y dan vida a la ciudad. Cinco minutos después de concluidas las elecciones en Berlín, el canciller Friedrich Merz advirtió que enviaría una ley de emergencia al Bundestag para impedir que “nadie afecte la condición privada de la propiedad”. 

La propiedad no es una cosa, sino una relación de poder que permite conducir la conducta de otros. En realidad, en el triángulo que vincula la vivienda, la renta y el salario, lo que está en juego es, además, una técnica de control. Hoy la posibilidad de habitar se ha convertido en un dispositivo de seguridad: allí donde la renta absorbe el salario, no sólo se impide pagar la guardería; se precariza el circuito por el cual una población se reproduce, trabaja y circula. Peter Thiele, profeta de la tecnoautocracia, lo traduce al lenguaje de la autopreservación del sistema: sin vivienda propia, sin propiedad, el sujeto deja de potenciarse como capital humano y social, y podría volverse contra la lógica del capital mismo. 

Tal vez sea una afirmación exagerada, pero es el temor constante: que la contraconducta surja donde la vida ya no puede ser gobernada. Medio millón de manifestantes en Madrid y la campaña de Mamdani en Nueva York lo muestran con elocuencia: no piden prebendas, sino garantías mínimas. Decir que sin vivienda no hay ciudad ni gobierno de sí ni gobierno de los otros no es una extravagancia política, es un acto de sensatez aritmética. Sea como sea, en el subsuelo de todas estas iniciativas sociales, la candidatura de Elif concentró los múltiples afanes de enfrentar de manera colectiva el irresistible ascenso de la extrema derecha alemana, a la cual la Democracia Cristiana le ha abierto las puertas de su naturalización en la política nacional. 

En cierta manera, el propio canciller Merz ha ido cavando la tumba del llamado “centro alemán”. Su argumento principal en contra de la candidata de Die Linke es que los fondos del gasto social que hicieron del país un auténtico Estado de bienestar se requieren hoy para la industria del armamento y la “defensa contra la amenaza rusa”. Y así, las actuales élites financieras e industriales han ido reinstalando el año de 1933 en 2026, al convertir a la divisa de la defensa (léase: la guerra) como uno de los mecanismos centrales para hacer frente al impasse industrial y tecnológico de la otrora “locomotora de la economía europea”. 

¿Perdieron la cabeza los dirigentes liberales alemanes? Al menos saben que Estados Unidos ya renunció a representar una garantía para su seguridad nacional. ¿Qué papel desempeña AfD en todo este giro? Aparentemente ninguno, porque la extrema derecha alemana se maneja hoy con la bandera de una hipotética paz frente a Rusia y crecientes señales de gradual antiamericanismo. Y, sin embargo, la pregunta es: ¿no acaso en Alemania se repitió durante décadas el “nunca más” al fascismo? ¿Cómo es que este pasado retorna con tanta fuerza para seducir, una vez más, a amplias capas de la población?

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