Marcela Ortiz Aznar *
El imaginario colectivo suele concebir la industria de la música digital bajo el mito de la democratización global. Nos vendieron la idea de que, extintas las viejas y leoninas disqueras transnacionales, cualquier creador independiente podía poner su obra al alcance del mundo entero con un par de clics. La realidad, sin embargo, se parece más a una distopía corporativa de despojo automatizado, donde los algoritmos fungen como los nuevos capataces de un sistema que cobra puntual y entrega ausencias.
A diferencia de figuras hiperbillonarias como Shakira, o de estrellas globales que emergieron de la resistencia, la vulnerabilidad y la lucha profunda —como la chilena Mon Laferte, cuyas obras cuentan con ejércitos de gestores, abogados y auditores tecnológicos vigilando cada reproducción segundo a segundo—, el artista independiente promedio es un trabajador multifuncional. Somos creadores que debemos sostener económicamente nuestra cotidianidad mediante otras profesiones y oficios cotidianos porque la música, bajo las tasas de miseria de las plataformas, no paga la renta. No disponemos del tiempo, ni del equipo humano, ni mucho menos de los recursos para auditar diariamente si las canciones que componemos o grabamos están realmente disponibles en los servidores de Tokio, París, Nueva York o la Ciudad de México.
Para solventar esa brecha técnica, firmamos contratos con empresas agregadoras digitales bajo la promesa de un servicio serio de distribución global. Pagamos anualidades fijas y tarifas individuales por licencias mecánicas de obra. Cumplimos con cada regla del juego. Sin embargo, del otro lado del espectro, topamos con corporaciones que han erradicado deliberadamente la mano de obra humana. Sustituidas las gerencias por bots y sistemas automatizados de inteligencia artificial incapaces de asumir responsabilidades operativas, los catálogos musicales independientes caen constantemente en limbos de indexación, exclusiones territoriales injustificadas o desapariciones silenciosas en plataformas como iTunes, iHeartRadio o Anghami.
¿Hasta dónde llega el daño real? Hace poco, al enviar mi propuesta artística a festivales internacionales, descubrí con horror que los enlaces de distribución oficiales que presenté estaban completamente vacíos en las tiendas globales. Mi catálogo estaba desindexado por un error técnico del que nadie me notificó. Esto no es una simple falla en un servidor; es un atentado directo contra la elegibilidad, la reputación profesional y el patrimonio de un artista que invierte sus recursos de buena fe.
La respuesta de estas plataformas ante el reclamo legítimo es el muro de contención de la “empatía artificial”: bucles interminables de plantillas automatizadas diseñadas para el desgaste del usuario, mientras sus leoninos términos y condiciones blindan legalmente a la empresa contra cualquier daño consecuente. Esto no es un mero error de sistemas; es un modelo de negocios basado en la negligencia y la irresponsabilidad social corporativa. Evoca los peores vicios de opacidad digital que ya hemos padecido históricamente con el tráfico de bases de datos en redes sociodigitales o los padrones telefónicos. Es el dolo de lucrar masivamente con el volumen de millones de suscripciones de creadores independientes desamparados, a sabiendas de que el algoritmo fallará y de que no hay un solo ser humano del otro lado dispuesto a responder.
Aprovechando el viaje, cuánta razón le asiste a la doctrina social de la Iglesia en la reciente encíclica del Papa León XIV, Magnifica Humanitas. El documento advierte con precisión que los peligros éticos de la Inteligencia Artificial no se limitan únicamente a la automatización de la maquinaria de guerra o al bombardeo de drones; el mal uso de esta tecnología también hiere en el día a día, precarizando el trabajo humano y despojando a las personas de las herramientas honestas con las que enfrentan la vida para subsistir. En la era de la Inteligencia Artificial, el verdadero peligro no es que las máquinas piensen como humanos, sino que los consorcios globales operen sin el menor rastro de humanidad.
* Marcela Ortiz Aznar es cantante, cuenta con cinco producciones independientes así como con varios sencillos; es locutora, ha trabajado en radio. También se ha desempeñado en el área de comunicación social dentro del servicio público.





