Luis Ricardo Guerrero Romero
Te acabas de despertar, como ya es costumbre desde hace tres meses, en otra cama que no es la tuya, cuándo se te quitará lo golfa. ¡y ahora, este tipo quién es! No siento cansancio como otras mañanas en las que la vigorosidad del amante repercutía todavía al despertar, ¿quizás sólo me acosté desnuda al lado de este sujeto y no ocurrió nada? Es tardísimo y no tengo ni un whats app qué habrá sucedido si ayer recargué el celular. No despierta éste y no me atrevo a verle la cara, pero se antoja al mirarlo de espaldas. En fin, sea quien fuere tiene lindas nalgas. ¡Ay Renata! debes de bajarle a tu loquera de andar de cama en cama, pues si no mal recuerdo, con este acostón ya serían siete veces con distintos hombres de los cuales sólo cinco conocías desde hace tiempo y el resto puro chico nuevo. Se me antoja algo que refresque con un poco de picante, o al menos un suero para tranquilizar el dolor de cabeza. Este güey no se mueve, conque no vaya a ser que me acosté con un muerto y ahora todas mis amigas se burlen de mí diciendo que me gusta la del muerto. Pero no está muerto, se siente calientito. Bueno, basta de tanto diálogo interno y vístete, a ver si con el movimiento y el ruido se despierta el número 7. Pues no, ni siquiera se mueve, ha de tener el sueño muy pesado. Tal vez en su cartera venga quién es, pero no haya cartera en esta habitación, es más no hay ropa de hombre aquí, ni zapatos, nada. ¡Ni madres! yo me voy de este lugar ya se está poniendo raro el asunto. ¡está habitación no tiene puerta, ni es una habitación, es una bodega! Pues por dónde entré, el vitral está muy alto para haber accedido por ahí.
—¡Renata!, vuelve, suficiente hipnosis para ti, te estabas desesperando mucho y te sentías muy caliente, te veré en la próxima terapia y espero que la sesión de hoy te haya servido para sacar tus emociones y deseos frustrados. —¡Gracias!, señor Velásquez, las hermanas y yo lo esperamos con gusto a desayunar el domingo luego de la misa con el nuevo capellán, ya serían siete veces que nos cambian al cura, a ver si este dura más. —Gracias Renata, saludos a sus novicias.
El antojo mental de sor Renata, nos invita a divagar sobre varios asuntos, caprichos, motivos, deseos o quereres, que en sí mismos pueden ser antojos. La palabra antojo, es la combinación sencilla y llana de dos voces latinas: ante y oculum; ante: prioridad de tiempo y espacio, y oculum: ojo. Lo que está delante del ojo. Naturalmente, se nos antojan cosas o personas que vemos, sin embargo, aunque no veamos físicamente lo antojado tenemos el registro de ese deseo en la memoria. El antojo es parte de los motivos que nos invitan hacer algo, parafraseando a Savater sabemos que: “el motivo es la razón que tenemos o creemos tener para hacer algo, por ejemplo cuando alguien nos manda hacer algo, el motivo es la orden; al actuar porque la mayoría lo reconoce como aceptable y es algo habitual en nosotros, el motivo es la costumbre; y al motivo que parece carecer de motivo, que sólo se apetece sin más le nombramos capricho, y el capricho es porque nos sentimos inclinados a obedecer nuestros antojos”. En latín el antojo sexual se traduce como libido, con acepciones: ansia, deseo, fantasía, capricho. Es un impulso volitivo, un motivo. Algo similar a lo que Jung y Freud dijeran, la energía psíquica, y el orden a pulsiones y apetitos (respectivamente). A veces empleamos la palabra antojo para actividades que fuera de su contexto serían difíciles de entender, así podemos decir que la pintura de Les deux soeurs (las dos hermanas lectoras); del siglo XIX del pintor Renoir, se antoja para una biblioteca; asimismo, ir a la tienda de ropa y por antojo comprar una prenda: —mira esa tanga se me antoja para fin de año—; al externar una opinión sobre el clima: se antoja este frío para estar cobijadito; y pues clásico antojo de comidas, que es muy frecuente en estas próximas festividades decembrinas: antojo de tamales, atole, vino, cenas y demás antojables perversiones alimenticias.





